Opinión Internacional

El imperio se cuenta

Dada la influencia y poderío de la única megapotencia sobreviviente de la Guerra Fría, la elección de su presidente nos atañe a todos. Algunos han llegado a decir que deberíamos tener derecho al voto, en esa escogencia, todos los ciudadanos del mundo. Como tal cosa no es posible, nos debemos conformar con esperar los resultados para saber si el pueblo gringo ratifica a Bush junior o elige al senador Kerry para el período 2005-2009.

Pareciera paradójico que un país de tanto progreso tecnológico y de producción constante de innovaciones, haga honor al cumplimiento de sus tradiciones políticas. El milagro de su estabilidad política le debe mucho a la fortaleza de su Constitución, proclamada en 1787, que sirve de verdadero eje de todo el sistema político.

El procedimiento para elegir el presidente y el vicepresidente de la Unión fue levemente modificado por una enmienda en 1804. Así, se estableció un sistema electoral indirecto de segundo grado. Los electores de todo el país votan por la dupla de su preferencia, pero esos votos no eligen directamente al presidente y al vicepresidente. En cada estado se cuentan los votos de cada pareja de candidatos y se le asigna la totalidad de los votos electorales de ese estado a aquella que obtenga la mayoría. Esos votos electorales serán representados por unos compromisarios presidenciales. Los compromisarios serán quienes elegirán oficialmente al presidente y al vicepresidente en el momento de su reunión. El número de compromisarios es igual al de representantes que tiene cada estado en la Cámara. Como cada uno de los compromisarios está identificado con la fórmula que lo ha propuesto, su voto no cambiará en el colegio electoral. Por lo tanto, al conocerse los resultados de la elección popular se puede saber quienes serán el presidente y el vicepresidente.

Los estados más poblados cuentan con más votos para la elección: California tiene 55, seguido de Texas con 34, Nueva York con 31, Florida con 27 y Pennsylvania e Illinois con 21. Los que tienen menos votos son los menos poblados como Alaska, Montana, Wyoming, las Dakotas y Vermont, cada uno con 3 votos. Para ganar basta con 270 votos, que representan la mayoría absoluta (la mitad más uno) de un total de 538.

Si hubiera un empate, la Cámara de Representantes tendría la responsabilidad de elegir el Presidente. Entonces, el Partido Republicano haría valer su mayoría para reelegir a Bush.

Las últimas encuestas dan una leve ventaja a Bush, pero esa ventaja es tan pequeña que está, casi siempre, dentro del error calculado de las mediciones. (Por ejemplo, un 3% de ventaja en una encuesta de más o menos 4% de error es un empate técnico). Esto hace pensar que la elección será tan reñida como la de 2000, en la cual fue derrotado Al Gore.

Hay una especie de empate ideológico en la sociedad estadounidense, por lo menos en la que se expresa electoralmente. Se encuentra dividida en dos mitades casi iguales entre quienes tienen posiciones conservadoras cercanas al Partido Republicano y posiciones más progresistas, llamadas liberales allá, cercanas al Partido Demócrata. Las posiciones más radicales de izquierda como la que encarna Ralph Nader no consiguen sumar mayores voluntades. Esto hace que cualquier mínimo cambio en los apoyos a los candidatos tenga una importancia capital. Por ello los candidatos han tratado de dirigir mensajes a grupos específicos con la intención de hacer variar las simpatías. John Kerry ha tratado de mantener el favoritismo histórico que han tenido los demócratas entre la clase obrera y los hispanos y a buscado atraer la mayoría del voto femenino. Bush se ha esforzado en acentuar su perfil conservador para complacer también a los votantes tradicionales del GOP, el gran viejo partido, como también se le llama a su agrupación.

Las ofertas electorales han estado centradas en el tratamiento de la lucha contra el terrorismo y sus implicaciones como la guerra de Irak. Kerry se ha mostrado implacable en la crítica a Bush por los tropiezos que la ilegal intervención norteamericana ha encontrado en el anterior coto de Sadam. Le ha repetido que EEUU no tiene una política para la paz y ha subrayado las fallas del aparato de inteligencia como la falaz información sobre armas de destrucción masiva, que sirvió de pretexto para la invasión, y los errores militares cometidos que han significado más de mil muertos para las tropas estadounidenses. Bush ha contestado reiteradamente que Kerry sería un comandante en jefe débil y que no está preparado para conducir la fuerza militar estadounidense.

América Latina ha estado ausente de los debates de los candidatos. Aunque los asesores tratan de hacerle ver al electorado de origen hispanoamericano que tal ausencia no significa despreocupación, ha sido por lo menos un error de estrategia en la búsqueda del afecto de la ya primera minoría en EEUU. Kerry y Bush han tratado de remediar el problema, hablando en español en diferentes mítines y esbozando algunas etéreas promesas sobre la situación de los emigrantes. Ninguno de los dos ha presentado una iniciativa clara y contundente para resolver este problema.

En cuanto a Venezuela, ambos candidatos han mostrado su preocupación por la cercanía del régimen a la dictadura castrista y las amenazas a las libertades públicas. Un relevo en la Presidencia, a pesar del imprudente y momentáneo “kerrismo” hecho público por Chávez, no traería consigo mudanzas relevantes en la política de EEUU hacia Venezuela.

Dar un pronóstico es muy difícil, pero Kerry ha tenido un buen augurio en estos días: después de ochenta y seis años, han triunfado en la serie mundial los Medias Rojas de Boston, el equipo de su estado Massachussets.

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