Opinión Internacional

¿Existe todavía Al Qaeda?

La pregunta tiene su miga, porque si la respuesta fuera negativa quedaría desmantelada gran parte de la retórica antiterrorista que rige estos días la política interior y exterior de algunos gobiernos. Pues ocurre que esto puede ser cierto, según comentaba Jason Burke en la revista Foreign Policy hace unos meses.

Proponía que la estructura que Al Qaeda había construido durante años en Afganistán fue desbaratada durante la invasión, porque Ben Laden y su grupo de fieles más inmediatos han muerto, han sido apresados o andan huidos e incapaces de coordinar a distancia la acción de sus seguidores. Por el contrario, la ideología de la organización se extiende y sus tentáculos parecen crecer sin fin. Afirmaba que “se trata de una ideología radical, internacionalista, apoyada en una retórica antioccidental, antisionista y antisemita (sic)”, que ha sido adoptada por muy diversos grupos terroristas que poco tienen ya que ver con Ben Laden y con el reducido círculo de sus auxiliares próximos. Son varios los grupos terroristas que cumplen con los designios originales de Ben Laden y siguen sus métodos, pero este nombre no significa mucho más que una especie de relajada franquicia, como muestra el hecho de que los servicios secretos israelíes ya no lo utilizan sino que, en su lugar, aluden a la yihad internacional.

La estrategia antiterrorista de EEUU, y la de los países que la siguen sin reflexionar mucho sobre ella, tiene como motivo básico la obsesión por perseguir redes clandestinas extendidas por el mundo, para buscar y aniquilar su núcleo central, con la idea de que, una vez decapitado éste, todo el sistema terrorista que sostiene se hundiría enseguida. La frase a la que Bush recurre sistemáticamente para justificar su aberrante teoría de la guerra preventiva es: “destruyámosles fuera, para que no nos ataquen dentro”. Por eso invadió Iraq, con los consiguientes errores: el pueblo iraquí no recibió a los invasores con arcos triunfales; el inexistente terrorismo iraquí creció como la espuma; y EEUU se enfangó en una dura lucha contra la resistencia, para la que no estaba preparado.

Necesitado de atender a las inquietudes de sus votantes, el Gobierno de Bush intenta montar un perfecto escudo antiterrorista, parecido al escudo antimisiles de la “guerra de las galaxias”. Se habla ya de modernos sistemas de vigilancia y observación en las ciudades de EEUU, para controlar zonas sensibles, las actividades sospechosas de ciertas personas (los que pasean sin rumbo fijo, los detenidos en actitud sospechosa frente a edificios críticos, los provistos de bultos o paquetes de desusada apariencia, etc.). Todo esto se pondrá en servicio para garantizar esa seguridad interior que demandan sectores de la sociedad, para después perseguir sin límites a los terroristas, atacándolos militarmente en los países donde se sospechase su presencia.

Tal planteamiento parte de un error inicial. No hay duda de que las democracias modernas del mundo desarrollado son extremadamente vulnerables al terrorismo. Pero la propia democracia en sí es tan sensible a los ataques terroristas como pueden serlo las refinerías, los aeropuertos o las centrales nucleares. Cuando un Gobierno se deja llevar por la tentación del secreto; cuando empieza a considerar a los gobernados como seres infantiles, amedrentables y temerosos, que necesitan ver en él a un protector; o cuando sospecha en principio de todos ellos y les somete a extremados sistemas de control y vigilancia, entonces es cuando la democracia sufre realmente los efectos del terrorismo, se ven recortadas las libertades y vulnerados los más elementales derechos de los ciudadanos. De este modo, sin sufrir siquiera el ataque terrorista, la democracia empieza a padecer sus efectos más perniciosos.

El problema que afrontan los Estados democráticos no puede resolverse de ese modo. Sin rendirse ante el terrorismo, sino manteniendo activa una eficaz y polivalente política contraterrorista, la sociedad necesita desarrollar una nueva mentalidad. Hay que asumir que las acciones terroristas, en el mundo de hoy, han de ser consideradas como graves perturbaciones inherentes a la actividad humana, como las catástrofes aéreas, los accidentes de tráfico o los desastres naturales. El terrorismo, como la delincuencia, nunca desaparecerá totalmente, aunque han de ser perseguidos con intensidad y sin descanso.

Cualquier democracia puede sobrevivir al terrorismo, si dispone de los mecanismos necesarios para afrontarlo y es capaz de prever algunas de sus acciones. A lo que no sobrevivirá será a una epidemia de miedo, en la que unos ciudadanos desconcertados y sorprendidos permitan sumisamente que se les arrebaten sus más elementales derechos democráticos.

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