Opinión Internacional

¿Hacia un enfrentamiento entre Washington y Ankara?

Las relaciones entre los Gobiernos de Washington y Ankara están atravesando un período de fuertes e inusuales turbulencias. Cabe preguntarse si se trata de un simple malestar coyuntural o, por el contrario, si el cúmulo de señales negativas presagian un enfrentamiento entre dos aliados estratégicos que han compartido en el pasado los mismos temores, la misma obsesión: el indeseado resurgimiento del expansionismo ruso. La situación estratégica de Turquía, último baluarte la Alianza Atlántica en los confines con la madre Rusia, ofrecía a los políticos turcos un sinfín de ventajas a la hora de negociar sus acuerdos con la Administración estadounidense. Ni que decir tiene que, a la hora de plantearse la adhesión de Turquía a la Unión Europea, la aparente complicidad entre los dos socios generó cierta suspicacia en las capitales europeas. Para muchos políticos occidentales, la relación especial de los otomanos con el «otro imperio» supone un obstáculo importante, pues cuestiona la credibilidad del discurso europeísta de Ankara. El deterioro de las relaciones turco-estadounidenses podría convertirse en una coartada para un posible empeoramiento de las frágiles relaciones de Turquía con «los 27».

La actual crisis tiene dos vertientes. Por una parte, Washington trata por todos los medios de impedir el operativo bélico ideado por el Estado Mayor de Ankara contra las bases del PKK situadas en el Kurdistán iraquí, que los turcos tildan de simple operación de castigo destinada a vengar la muerte de una treintena de militares y civiles asesinados por los separatistas kurdos. Por otra parte, el establishment turco no disimula su malestar ante la aprobación, el pasado día 10, en el Comité de relaciones Exteriores del Congreso de los EE.UU. de una resolución que reconoce y condena el genocidio de la comunidad armenia turca, perpetrado por las huestes del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial.

Todos los Gobiernos de la Turquía moderna se empeñaron a negar la existencia de llamado «holocausto armenio», alegando que se trataba, en realidad, de una desafortunada ofensiva contra elementos «hostiles» a la estructura del Imperio. La posible ratificación de la condena por el pleno del Congreso, prevista para mediados de noviembre, levanta ampollas en Ankara. El Primer Ministro Erdogan llamó al embajador turco en Washington para evacuar consultas urgentes; el propio Presidente Bush se apresuró a advertir que la actuación de los congresistas supone un peligro para las relaciones bilaterales.

El dilema planteado por el recrudecimiento de la violencia en el interior del país resulta aún más complicado. Hasta el sangriento atentado del mes de septiembre, el estamento castrense otomano se vanagloriaba de haber acabado con la guerrilla del PKK, haciendo hincapié en el hecho de que el conflicto interno generado por el grupúsculo marxista, que contaba con el apoyo de la KGB y de los servicios de inteligencia de Alemania oriental, se había cobrado más de 30.000 víctimas. Para combatir a los kurdos del PKK, el Estado no sólo movilizó al ejército y a la policía, sino también a grupúsculos integrados por militantes de la extrema derecha o algunas agrupaciones radicales de corte islámico. La complejidad de esa extraña alianza aún no ha sido analizada con detenimiento por los politólogos.

En el caso del operativo contra las bases del PKK en la región iraquí de Kandil, los estrategas de Ankara lamentan la inexplicable pasividad de las tropas estadounidenses acantonadas en el país vecino. Los americanos hicieron oídos sordos a las quejas del Estado Mayor turco, que solicitó su intervención contra la guerrilla. Ante la negativa norteamericana, los militares otomanos optaron por un operativo transfronterizo que, según fuentes del Pentágono, podría poner en peligro la estabilidad política del Kurdistán iraquí, único oasis de paz cuyos pobladores no contestan la presencia estadounidense en suelo del Islam.

Los turcos confían en una solución de compromiso, que les permitiría atacar a los guerrilleros del PKK con el apoyo logístico de las tropas americanas. Sin embargo, el Pentágono advierte que, llegado el momento, el contingente estadounidense podría enfrentarse a las unidades del ejército de Ankara.

Aunque los americanos no disimulan su preocupación ante las posibles medidas del Gobierno Erdogan, los estrategas de Washington confían en que dichos actos podrían tener efectos negativos para las ya de por sí difíciles negociaciones sobre el ingreso de Turquía en la UE. Malos presagios, pues, para la política exterior de Ankara, si tenemos en cuenta la oleada de antiamericanismo que se ha apoderado de la opinión pública después de la ocupación del Irak por las tropas estadounidenses y del creciente porcentaje de detractores de la UE registrado en la población turca.

Analista político internacional

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