Opinión Internacional

Hay moros en la costa

No iba a escribir sobre la propuesta de construir una mezquita cerca de la «Zona Cero», donde se erguían los rascacielos destruidos en el trágico 11 de septiembre, porque pensé que ya se ha dicho todo lo que tenía que decirse al respecto. Sin embargo, a veces, una frase corta es suficiente para dar una perspectiva nueva a un debate público. Hace unos días escuché una que me hizo estremecer, pero la dejaré para el final.
 
Los defensores de la propuesta de construir el Centro Islámico a dos cuadras del sitio donde los terroristas árabes cometieron su acto criminal, sostienen que el proyecto está patrocinado por una facción tolerante y liberal del Islam y que su propósito es promover el entendimiento multicultural y multirreligioso.
 
Recientemente, el nombre del proyecto fue cambiado de la significativa “Iniciativa de Córdoba” a la neutral «Park 51». ¿Por qué? Probablemente con la intención de camuflar el simbolismo histórico del proyecto. Para poder comprender lo que pueda haber detrás de una “iniciativa” llamada Córdoba, busqué en la enciclopedia información sobre la conquista morisca de España.
 
En el año 711 DC, obedeciendo órdenes del Califa Omeya  Al-Walid I, Tariq Ibn-Ziyad conquistó lo que era entonces conocido como la España visigoda, estableciendo su gobierno en Toledo.  Abd al-Rahman I, hijo de un  príncipe de la dinastía Omeya, uno de los pocos miembros de la familia que logró escapar de ser masacrado por los Abasí en Damasco, partió rumbo al occidente islámico para establecer el dominio de la dinastía Omeya en al-Andalus, nombre dado por los musulmanes a las regiones de la Península Ibérica que estaban bajo su dominio. La dinastía Omeya duró casi tres siglos. Abd al-Rahmán I, quien estableció su base de poder formando alianzas en la región (particularmente con las tribus berberiscas), fue uno de esos personajes que aparecen de vez en cuando en la historia para aterrorizar a sus contemporáneos.
 
La era morisca llegó al auge en el año 750, bajo el gobierno de Abd al-Rahmán III, cuando al-Andalus se declaró un estado independiente con Rahmán como su califa y Córdoba como su capital. El período del Califato de Córdoba es considerado por los historiadores musulmanes como la edad de oro de al-Andalus. Abd al-Rahman III construyó varios edificios monumentales, entre ellos la Gran Mezquita de Córdoba, erigida en el sitio de una antigua iglesia dedicada a San Vicente. Esta estructura masiva era considerada la mayor obra en al-Andalus, el símbolo de la huella del Islam en Europa, el primer paso hacia la inevitable conquista islámica de la Cristiandad.
 
En 1469 el matrimonio entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla marcó el inicio del asalto decisivo contra el Emirato de Granada. El ejército cristiano aplastó un centro de resistencia tras otro, hasta que Mohammed XII,  el  último  Sultán, finalmente se rindió en 1492.
 
He contado brevemente este capítulo de la historia porque quiero poner en perspectiva la Gran Mezquita de Córdoba que, como ya señalé, era el monumento de la victoria del Islam sobre la Cristiandad. No hay nada de nuevo en el hecho de que el Islam construya una mezquita en un sitio importante para señalar su victoria sobre los infieles. Aquí, en Jerusalén, construyeron la Cúpula de la Roca y la Mezquita de El Aksa en la cima del Monte del Templo, justamente encima de donde una vez se erguía el Templo Sagrado de los judíos. “Estamos por encima de ustedes”, es el mensaje que transmiten al “Pequeño Satanás”, el peor enemigo actual del Islam. Ahora surge la iniciativa de construir una mezquita para señalar (no oficialmente) la victoria del Islam sobre el “Gran Satanás”, el segundo peor enemigo del Islam radical.
 
No hay duda de que detrás de la planificación del Centro Islámico no todas las intenciones son maquiavélicas. Entre los promotores del proyecto hay muchas personas buenas que tienen loables intenciones. Tampoco cabe duda de que la comunidad musulmana tiene todo el derecho de construir el Centro. Sin embargo, hay algunas preguntas válidas que deben hacerse:
 
1-     Si, de acuerdo a las encuestas, dos terceras partes del pueblo norteamericano se oponen al proyecto ¿Es apropiado construirlo?

2-     Si tanta gente lo ve (aun erróneamente) como una afrenta a la memoria de las víctimas del ataque del 11 de setiembr, ¿Es sabio, desde el punto de vista islámico, llevar a cabo el proyecto?

3-     ¿Cuántos musulmanes viven o trabajan alrededor de la Zona Cero como para justificar la construcción de una mezquita para más de 1000 creyentes?

4-     Los musulmanes que viven en los suburbios de Nueva York o en otras partes de los EE.UU. ¿Viajarán regularmente para orar en la mezquita?

5-     ¿Quién puede asegurar que en el futuro extremistas islámicos no se tomarán la administración y dirección del Centro Islámico?

6-     ¿De dónde provienen los 100 millones de dólares necesarios para financiar el proyecto?
 
En su respuesta a esa última pregunta, el Imán Feisal Abdul Rauf, quien encabeza la campaña para construir el Centro, no ha sido muy claro. Si llegase a ocurrir que el dinero proviene del Golfo Pérsico o de Arabia Saudita, donde les es prohibido a los cristianos construir iglesias… Bueno, las palabras de Rauf de que el Centro será una “plataforma para el dialogo multirreligioso… para promocionar la paz, la tolerancia y el entendimiento entre las comunidades” suenan huecas, por decir lo menos.
 
El haber asistido a eventos de la ONU me ha enseñado que los obstáculos políticos pueden ser superados en algún momento, pero los conflictos que surgen del odio religioso y de la intolerancia, no tienen solución. Como la historia ha demostrado, “tolerancia” es una palabra que no tiene exactamente el mismo significado en el Occidente democrático que en el mundo islámico.
 
Esto me lleva a la frase que mencioné al principio del artículo. Hay algo que caracteriza a los niños de todas las edades, especialmente a los más pequeños: ellos dicen la verdad. Los lectores seguramente recuerdan el cuento que termina con la exclamación del niño: “¡Miren, el rey está desnudo!” Bueno, una de mis nietas, la que cuando era muy pequeña me preguntó inocentemente: “Abuelita, ¿cuándo te vas a morir?»  y que ahora está en los principios de la adolescencia, viajó en julio a un campamento de verano en el extranjero. Había allí niños de todo el mundo y ella hizo amistad con algunos de Sudamérica, de Francia, de países del Golfo Pérsico y de un chico de Irán. Al final del campamento el chico de Irán se le acercó y le dijo: “Espero que sobrevivas”.

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