Opinión Internacional

La espada de Lula

«Estoy pagando un precio alto. No he peleado con Bush, no he peleado con nadie y no voy a pelear con usted. Pero no quiero tener una espada sobre mi cabeza». Las palabras son adjudicadas por la prensa brasileña al presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Así, amargamente, se habría expresado el mandatario carioca ante su par boliviano, Evo Morales, en la reunión que sostuvieron en Viena, al referirse a las consecuencias que sobre su país arroja la nacionalización de los yacimientos gasíferos de Bolivia.

Brasil dispone de 180 días para negociar las nuevas condiciones que tendrá la relación bilateral en torno al suministro de gas boliviano, que abastece a más de la mitad de la población del gigante del Sur. Por lo pronto, más allá de las amenazas del canciller Celso Amorim de que Bolivia tendrá que compensar a Petrobrás, o que puede llegar a retirar a su embajador de La Paz, o que acudirá a la justicia internacional si Bolivia no cumple sus compromisos, o que Brasil no participará en el Gasoducto del Sur, Morales, curtido dirigente sindical, campesino y político, ha demostrado que puede endurecer su discurso y sus decisiones cada vez que lo presionen, y hablar de diálogo si de aumentar el precio del gas se trata, tal como ocurrirá finalmente.

Morales fue más allá. A Brasil le recordó que muchos de los contratos que se habían ejecutado entre Petrobrás y el Estado boliviano eran ilegales porque no habían pasado por el Congreso. A Repsol-YPF (España y Argentina) le señaló que todavía estaba esperando que se cumpliera la promesa de Rodríguez Zapatero de condonar la deuda boliviana. Llamó a las petroleras «contrabandistas». A los angustiados sobrevivientes de la CAN les advirtió que Bolivia no abandonaría (por ahora) «ese muerto» que le había endosado Chávez, pero que la transformaría en una «Comunidad Antiimperialista de Naciones».

En la llamada «Cumbre Alternativa América LatinaEuropa» («Enlazando Alternativas II») realizada en Viena en forma paralela a la reunión de 60 jefes de Estado y de gobiernos de Europa y de Latinoamérica, bajo la conducción de los presidentes Chávez y Morales, el vicepresidente cubano José Lange, el presidente de la Vía Campesina de Francia, José Bové, y miembros del Movimiento Sin Tierra de Brasil, del Pachakutik ecuatoriano, de la agrupación francesa Attac y de la Alianza Social Continental (organizadora del encuentro), entre otros 200 movimientos representados, Evo Morales señaló a Fidel Castro como «nuestro abuelo, nuestro sabio que nos orienta».

Después de Viena se producirá la «acción coordinada» intercontinental «para enfrentar al imperio estadounidense» que, de acuerdo a Chávez, hay que «desmontar, neutralizar y hacer que desaparezca».

La espada de la que habla Lula no es la de Damocles. Es la de Evo Morales, Hugo Chávez y Fidel Castro, quienes han volteado el tablero político americano y ahora buscan hacer pie en Europa.

Algunos jefes de Estado europeos, todavía atontados, esperan que la dama socialista («moderada») Bachelet sirva de colchón frente a lo que viene. Algunos opositores locales esperaban que el Papa hiciera el mismo papel con Chávez.

Muy a pesar de Lula, es la hora de las espadas.

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