Opinión Internacional

Los emigrantes ya son un buen negocio

Los emigrantes han pasado de ser un problema a convertirse en un gran negocio, y los bancos no han tardado mucho en darse cuenta de ello. Antes, cuando acudían a sus sucursales a pedir un crédito o abrir una cuenta, les cerraban la puerta en las narices; les exigían documentos, una casa a su nombre y una solvencia alejada de sus posibilidades. Ahora, a modo de sketch humorístico, se los disputan con una sonrisa en los labios cuando salen a recibirlos a la puerta: “entre usted primero”, “no, por favor, pase usted, de verdad, ya verá como mi banco le gusta más que ese de enfrente”. La razón de este cambio de actitud no es otra que el creciente poder económico que han adquirido las remesas.

Bancos, cajas de ahorros y cooperativas de crédito no entendieron a tiempo las potencialidades económicas del fenómeno migratorio. Por eso tratan ahora de recuperar el terreno ganado por las agencias de envío de dinero como Western Union y MoneyGram y se disputan el botín en una guerra abierta. Han entrado en una disputa que fácilmente podría titularse “pon un pobre en tu lista, que ya verás como engordan tus beneficios”.

El dinero no tiene procedencia, no tiene color ni fisonomía, siempre es recibido con una sonrisa de oreja a oreja. La suma del ahorro de muchos pobres supone una gran fortuna, y no hay nada mejor que proporcionar beneficios para ser respetado.

Las remesas son un fenómeno en constante aumento. Han pasado de los 17.700 millones de dólares en 1980 a los 100.000 millones actuales. Más del doble de la ayuda exterior destinada a Latinoamérica. En varios países de esta región, el dinero enviado por los emigrantes representa más del 10% del ingreso nacional. En México, las remesas superan a los ingresos por turismo y, en El Salvador, equivalen a la mitad del valor de las exportaciones.

El negocio que supone manejar estas sumas de dinero no pasa inadvertido para los bancos. Si además tenemos en cuenta el tiempo que transcurre desde que el dinero es enviado hasta que se recibe y lo multiplicamos por las numerosas operaciones bursátiles que se pueden realizar, los números no dejan de crecer.

Detrás de estas grandes sumas se esconden personas que sudan cada euro que ahorran para poder enviárselo a sus familias. Personas que abandonan sus países porque no les ofrecen las garantías mínimas para una supervivencia digna. Es necesario ponerle rostro a este gran negocio para que no se quede sólo en eso, en el beneficio de unos pocos. Consiste en una demostración más del poder que tenemos en grupo para la negociación de las condiciones con las que somos tratados.

La asignatura pendiente es ahora invertir este dinero en desarrollo. La mayor parte de las remesas se destina a la supervivencia en lugar de invertirse en actividades que generen beneficios en el país receptor. Una vez tomada conciencia del potencial que tienen estos recursos unidos, es el momento de desarrollar sistemas que favorezcan una utilización que vaya más allá del corto plazo.

La pugna establecida entre los bancos también tiene su parte positiva para el emigrante. Por lo pronto, supone el abaratamiento de los envíos hasta una cuantía que ronda el 6% de cada remesa. En el futuro, los bancos tendrán que mejorar sus servicios, reducir los plazos de entrega y desarrollar diferentes opciones de inversión.

Otra consecuencia positiva es que, ahora que los emigrantes son aceptados y mimados por los bancos, la sociedad no tendrá más remedio que admitir que abandonan su país para ganarse la vida y no para robar, traficar o mendigar, como muchas personas sostienen aún en su cerrazón. Habrá que agradecérselo a los bancos, pues.

No podemos seguir condenando la inmigración mientras nos lucramos com ella. Es el momento de abandonar la actitud hipócrita de mantener a miles de indocumentados sin derechos que trabajan duro para ganarse un sueldo inferior al establecido. Es una realidad, países como España no podrían mantener su seguridad social sin la contribución de los inmigantes. Si necesitamos su trabajo, su dinero, aceptemos de una vez su condición de ciudadanos iguales en derechos, ya que de los deberes no se les pasa ni uno.

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias

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