Opinión Internacional

Los presidentes “democráticos” latinoamericanos en la isla del Dr. No

Había, además, otro detalle que conviene subrayar: el encuentro se celebraba en Cuba, isla cuyo sistema político y económico totalitario ha sometido al pueblo a una dictadura en la cual los Derechos Humanos no se mencionan ni siquiera, e ir a La Habana a abogar por ellos, era como “mentar la soga”, no en casa del ahorcado, sino del ahorcador.

Pero si, digamos por alguna excentricidad, alguno de los jefes de Estado asistente, como Sebastián Piñera, de Chile, se le hubiera ocurrido salirse de la norma, ahí estaba el presidente protémpore saliente de la CELAC, Raúl Castro, para impedirlo quitándole la palabra, o los abucheos de aliados del totalitarismo como los presidentes de los naciones del ALBA.

De modo que, en La Habana, y en la isla del “Doctor No”, silencio total sobre los Derechos Humanos, la democracia, la libertad y los miles de disidentes que luchan con heroísmo sin par, para que el mundo sepa que en Cuba la batalla continúa y sin rendimientos, ni claudicaciones.

Y no importa a este respecto que coincidieran en el cónclave “perfectos idiotas” de tomo y lomo como Raúl Castro y sus socios en el ALBA (Maduro, Ortega, Correa, y Morales); otros que son menos, pero lo son (Dilma Rousseff, José Mujica, Cristina Kirchner y Ollanta Humala); y otros que creen que no lo son y si lo son (Sebastián Piñera, Juan Manuel Santos, Laura Chinchilla, Enrique Peña Nieto y Michelle Bachelet), para solo hablar de los más connotados.

Todo un funcionarado variopinto, donde se mezclan marxistas convictos y confesos como los primeros, populistas radicales y no tan radicales como los segundos, y demócratas confusos, indecisos, ambiguos, y que no aguantan dos pedidas, como los terceros.

Pero con una característica: todos son mandatarios (menos Mujica, Peña Nieto, y Chinchilla) que aspiran a una primera, segunda, tercera o varias reelecciones, por lo que, enfrentarse con electorados contaminados por la demagogia de la izquierda de sus países, es sencillamente riesgoso.

La otra marca de fábrica es que, desde el Río Grande hasta La Patagonia, desde el stalinismo más puro, hasta al liberalismo más recalcitrante, desde la sociedad más cerrada hasta la más anarquista, todos los jefes de estado presentes en el aquelarre (que también se llamó III Cumbre), son antiimperialistas, y muy en especial antinorteamericanos, ya que por razones no develadas “por ahora” en los afanes de la ciencia, el realismo mágico, la antropología, la psicología y la historia, todos podrían gritar en algún momento de sus días: “Yankee go Home!”

Y, por último, todos, con excepción de Peña Nieto y tal vez la señora Chinchilla, están al frente de naciones con economías primarias, que dependen de sus exportaciones de materias primas para subsistir, que tienen un comprador hoy y otro mañana, por lo que, la política de sus gobiernos, tiende a bailar al son que les toquen.

También son presidentes y gobiernos a los que les gustan las dádivas (recibirlas, más que darlas), el paternalismo, el estatismo, y pensar que la justicia social deviene de la distribución de una riqueza que no es producto del esfuerzo de toda la sociedad, sino de los recursos del sector privado, que es acusado de capitalista, egoísta, explotador y hambreador.

En estos días, el imperialismo a la mode, apetecible, digerible, y hasta simpático para la mayoría del ¨Grupo de los 33¨, es el chino, que, con su agresivo desarrollo capitalista, y su inmensa población de casi 2000 millones, importa desde materias primas agroganaderas, hasta energéticas, pasando por todo lo que pueda ofrecer la minería en oro, diamantes, plata, hierro, aluminio, cobre, platino, coltrán y pare de contar.

Para hay otra línea de cruce o empatía entre estos compradores y vendedores: el de China es un gobierno fuerte, políticamente dictatorial, de un solo partido (que por razones de táctica se autodefine como “comunista”), profundamente antidemocrático, que tiene fobia a los Derechos Humanos, y donde el capitalismo salvaje atropella todas las libertades, con un enorme déficit en materia de protección social y ambiental, pero en el cual el crecimiento económico (como en los países industriales de la Europa y América del siglo XIX), alcanza cifras del 8, 9 y hasta el 10 por ciento anual

De este lado de los dos océanos -y entre los 33 mandatarios participantes en el cónclave de La Habana-, se pretende una democracia laxa, de un día si y otro tampoco, donde el paradigma de la justicia social no se combina con el crecimiento económico, por lo cual, la equidad se convierte en una aspiración retórica, declarativa, y en el origen de todas las tensiones que conducen, al medio año de estar instaurados los demagogos en el poder, a que de todas partes salten los resortes de los indignados que hierven con la impaciencia de derrocarlos .

Ello abre las esclusas de los grandes males de la región, que no son otros que desigualdad extrema, injusticias a granel, corrupción sin juicos ni castigos, e incompetencia, que son distorsiones promovidas desde los Estados y que concluyen en guerras de baja, media o alta intensidad, como la que la alianza de narcotraficantes y delincuencia organizada lleva a cabo en el México de Peña Nieto, o la de la FARC contra los gobiernos colombianos y que, lenta pero implacablemente, pueden estarse escalando en subrregiones de Centro y Suramérica.

O los conflictos propiamente políticos (aunque no dejan de enlazarse con la delincuencia organizada) como los que la retroizquierda, que dirigen los hermanos Castro desde Cuba y financia el sucesor de Chávez, Maduro, con petrodólares venezolanos, buscan implantar regímenes neototalitarios para que nuevas dictaduras sean las puertas de ingreso a una suerte de restauración del socialismo y el comunismo en el continente y en el mundos.

En otras palabras que, dado el complejo contexto juridicopolítico, y la inestabilidad económica y social, minados de populismo, socialismo y fobia a la democracia y a la modernidad, no puede extrañar que el “Grupo de los 33” haya asistido a Cuba a rendírsele a la dictadura más vieja y mohosa del hemisferio occidental, a la que más crímenes ha cometido en el pasado siglo y el actual, dirigida por dos octogenarios sin posible reinserción en los paradigmas del siglo XXI, y culpables de que uno de los pueblos más dotados del continente, puntal en la creación de una cultura latinoamericana (si es que la hay), haya pasado 55 años de sufrimientos inenarrables por la vesania de dos ancianos y sus acólitos, igual de vetustos y achacosos.

Un pueblo cuyos auténticos dirigentes, cuyos héroes con reconocimiento entre los demócratas que luchan y triunfan en los cinco continentes, fueron apartados e ignorados como “cortanotas” en un festín donde parece que lo importante era que las señoras Chinchilla y Bachelet lucieran sus trajes de marca.

Pero no es que los caballeros no estuvieran también a la moda, ansiosos de presentárseles y doblárseles a los dictadores más longevos del planeta, los que ni antes, ni ahora, ni después le harán concesiones -ni siquiera mínimas-a la democracia, a la libertad y al Estado de Derecho.

Lo demás fueron las fruslerías de este tipo de encuentro, las generalidades que nunca se harán realidad como que la CELAC no tiene presupuesto, juridicidad, ni otra misión que reunirse cada año para decirle a los dictadores cubanos que no están solos, y que en el orden de continuar destruyendo a su pueblo, el “Grupo de los 33” los acompaña.

Las farsas de la política latinoamericana siempre llamaron la atención de propios y extraños, y ahora solo se me ocurre pensar en Joseph Conrad, escritor inglés de origen polaco, autor de aquella obra maestra, “Nostromo”, que es una de las mejores sátiras sobre los gobiernos civiles y militares de la región que he leído, pero que creo, de estar el también creador de “El Corazón de las Tinieblas”, presente en la III Cumbre de la CELAC, de La Habana, habría superado, según fueron los esperpentos, idioteces, absurdos, ilegalidades, corruptelas, desafueros y dislates que allí se cometieron.

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