Opinión Internacional

Matón prepotente y descarado

Resulta desde todo punto de vista inaceptable y afrentoso para la dignidad nacional que el ministro de Relaciones Exteriores de otro Estado se permita la osadía de mandar convocar a los más altos mandos de las Fuerzas Armadas del Paraguay a la sede del Poder Ejecutivo, en momentos en que el Congreso, en ejercicio de sus facultades constitucionales, debatía el enjuiciamiento político del entonces presidente Fernando Lugo, para arengarlos a favor de un atropello a nuestra Ley Fundamental.

Tamaña directa intervención en los asuntos internos, realizada con tanto desparpajo por el matón prepotente y descarado Nicolás Maduro, es absolutamente inadmisible para una nación libre e independiente como la nuestra.

Hasta los imperios más intervencionistas que conoció la historia de nuestra región se cuidaron de guardar ciertas apariencias en sus épocas de mayor incidencia política en el hemisferio y en el mismo Paraguay, donde nunca se llegó a registrar el caso de un ministro de Relaciones Exteriores de otra potencia que se instalara en el mismísimo Palacio de López para decidir y definir desde allí los destinos de la patria.

Esta posibilidad solo pudo ser pensada y llevada a la práctica por un gobierno populista y patotero como el de Venezuela, por un gorila intervencionista de la calaña del bolivariano Hugo Chávez, y gente de baja estofa como su camorrero ministro “del poder popular” para las Relaciones Exteriores, Nicolás Maduro.

Y si la actitud del bravucón Maduro es condenable por donde se la mire, el entreguismo de aquellos paraguayos que le permitieron infligir tal ultraje a la dignidad nacional merece el desprecio de quienes aman al Paraguay soberano. Para el eterno repudio de su memoria, la historia no debe olvidar los nombres de los legionarios de nuevo cuño que posibilitaron este alevoso ultraje bolivariano infligido a nuestra patria, entre ellos, el expresidente Fernando Lugo, su secretario Miguel Rojas y el exministro de Relaciones Exteriores Jorge Lara Castro.

Lugo y Lara Castro deberían ser considerados por las generaciones presentes y futuras como verdaderos traidores a la patria no solamente por permitir la insolente injerencia de Venezuela en nuestros asuntos internos el día en que se sustanciaba el juicio político al primero de ellos, sino también por propiciarla mediante la suscripción de acuerdos regionales que suponen una miserable entrega de nuestra soberanía, como son los nefastos protocolos sobre un supuesto Compromiso con la Democracia de Unasur y Mercosur, firmados en noviembre de 2010 y diciembre de 2011, respectivamente.

Existen muchas razones para seguir hasta las últimas consecuencias una investigación que deslinde responsabilidades, tanto penales como políticas, de aquellos que ejecutaron y/o facilitaron la flagrante intromisión de una nación extranjera en los asuntos internos de la República del Paraguay. Debe caer sobre los culpables todo el peso de la ley.

A los paraguayos deben servirnos los graves acontecimientos registrados en el Palacio de Gobierno el 22 de junio, cuando el payaso Maduro pretendió torcer en beneficio de su entrometido jefe los caminos de la historia paraguaya, instando a los militares a rebelarse contra las instituciones republicanas, para nunca más permitir que nadie se arrogue el derecho de meter sus voraces fauces en los asuntos internos de la República.

Afortunadamente para los paraguayos, nuestro país se libró de ser incorporado por la fuerza al siniestro eje de naciones bolivarianas comandado por el gorila Hugo Chávez. Allá querían conducirnos Fernando Lugo y su minúscula camarilla de seguidores.

Nos salvó el patriotismo de paraguayos y una cúpula militar consciente de su compromiso con el Paraguay en un momento crítico de su historia. Sabían a cabalidad cuál era el sentimiento mayoritario del pueblo paraguayo, conocían sus ansias de vivir en libertad para bregar soberanamente por su progreso y el bienestar futuro de sus hijos, y no permitieron que la bota extranjera pisoteara impunemente la causa de la dignidad nacional.

 

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