Opinión Internacional

¿Otra vez Que se vayan todos?

El diario La Nación, en su edición del lunes pasado, publicó una nota referida a las más recientes encuestas de opinión pública sobre la imagen de los políticos en la Argentina, obviamente tanto del Gobierno cuanto de la oposición.

Por su parte, Luis Pico Estrada, en sus Evidencias N° 412, amplió esa información incorporando resultados de otras empresas dedicadas a los mismos menesteres.

El primer dato que salta a la vista, y mueve a la más honda preocupación, es la constatación de que hoy ninguno de los referentes importantes de la cosa pública local tiene una imagen positiva que supere a su imagen negativa, tal como ha informado Ipsos Mora y Araujo. Es decir, ninguno de nuestros políticos, o al menos aquellos cuyos nombres figuran en las grillas de preguntas, recoge aprobaciones superiores a los rechazos que genera.

Por supuesto, en quienes más se nota ese efecto es en la pareja imperial, cuyas imágenes favorables no alcanzan ya ni al 20%, y que sólo recogen en la actualidad algo parecido al 9% en intención de voto.

Los índices señalados parecen revivir aquéllos de diciembre del 2001, cuando las cacerolas gritaban ese anárquico lema que da título a esta nota.

Otro dato interesante, pero ajeno al objetivo de esta columna, es la fuerte imagen negativa de quien, al menos en el imaginario oficial, debiera llevar exitosamente adelante nuestra reinserción en los mercados voluntarios de crédito, don Amadito; tal como surge de la compulsa efectuada por Giacobbe y Asociados, la confianza de la población en su persona y en su gestión alcanza, sumando «ninguna» y «poca», a 74,9%. Si a este joven Ministro de Economía no le creemos los argentinos, resulta iluso pensar que puede despertar una confianza mayor en el exterior.

Entonces, volvamos al meollo del problema. Y este consiste en la enorme responsabilidad que le cabe a los opositores, que no han sabido ponerse de acuerdo, postergando personalismos y posturas extremas, para ofrecer a la ciudadanía una clara alternativa al proyecto de poder absoluto que don Néstor encara, conduciendo al país, desde su madriguera de Olivos, a una verdadera hecatombe, sea porque logre consagrarlo, sea porque fracase en su intento y, en el camino, arrase con lo que queda de Argentina.

Lo curioso es que ninguno de nuestros políticos no kirchneristas parece darse por enterado, ya que todos ellos siguen bailando al son de la música que don Néstor les impone pese a que, como disc-jockey, les cambia el ritmo cada dos minutos.

Desde ningún sector del arco opositor, cada vez más numeroso por cierto, se ofrece a la ciudadanía una plataforma de ideas que sirva, que no es poco, para comenzar a discutir cómo saldremos de esta crisis infernal que, como digo, Kirchner nos legará cualquiera sea el resultado de la estrategia que ha diseñado para conservar el poder a cualquier precio.

Esos opositores, que parecen dedicarse simplemente a denostarse unos a otros, o a levantar banderas pretendidamente morales para poner límites a sus alianzas, no se muestran como merecedores del indispensable respaldo que se requerirá para enfrentar los enormes costos que implicará desmontar el aparato clientelista que, como única alternativa posible, ha construido don Néstor de cara al futuro, y para lo cual no ha dudado en manotear todas y cada una de las cajas (léase el campo, las AFJP’s, la ANSES, el PAMI, el Banco Nación o las reservas del Banco Central), aunque con ello comprometa aún más ese porvenir.

No resultará fácil para nadie conducir al país en su indispensable camino hacia la superficie del mundo, desde las profundidades en que nos ha sumido esta negra etapa de seis años -¿y los dos que faltan?- de disparates y retrocesos sin fin, de fragmentaciones y enfrentamientos.

Por eso, me permito decir a los opositores, una vez más, que «no es hora de nombres, sino de hombres», entendiendo por éstos a quienes sean capaces de olvidar su propio protagonismo para ofrecer ideas, plataformas, políticas de Estado, para promover consensos mínimos, para asumir y pagar el precio de explicar a la población, en su conjunto, cuál es el verdadero retrato de la Argentina de hoy, y qué se debe hacer para reinsertarla en el mundo.

Todos debemos ser conscientes de que los Kirchner no salieron de un repollo, sino de nosotros mismos, y que la famosa frase «cada pueblo tiene el gobierno que se merece» es falsa, puesto que la verdad es que «cada pueblo tiene el gobierno que se le parece». Y don Néstor es, mal que nos pese, un argentino típico, como se puede comprobar al ver cómo nos comportamos.

Los opositores deben construir sobre dos pilares fundamentales. El primero de ellos, garantizar que, a partir de ahora mismo, en Argentina habrá una Justicia independiente ya que, con ella, todo es posible y, sin ella, nada lo es. Y el segundo, recrear la excelencia de la educación pública, que fue la base que permitió, hace 90 años, que nuestro país fuera considerado como uno de los dos candidatos a asumir el liderazgo mundial.

Todo lo demás -la seguridad, el empleo, la estabilidad monetaria, el crédito internacional, las inversiones- nos será dado por añadidura, porque habremos demostrado al concierto internacional que Argentina se ha vuelto a poner de pie, y respeta sus instituciones republicanas y sus compromisos, que somos dignos y considerados, y que hemos dejado atrás décadas de infantilismo político y de visión cortoplacista, de desuniones y enfrentamientos internos, de maltrato a la comunidad de naciones, y miles de esos etcéteras que hacen que, hoy, hayamos dejado de figurar en cualquier análisis global, salvo el del humor.

Kirchner -más allá del daño que intentará seguir haciendo- ya es pasado, y quienes pretendan nuestros votos para administrar la cosa pública deberán, primero, demostrar que se encuentran a tono con las dramáticas circunstancias en que nuestro país se encuentra. Y ese requerido tono pasa, necesariamente, por la construcción de consensos y de propuestas de futuro.

Si los opositores no entendieran esto, ¡qué tristes seguirán siendo los próximos años!

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