Opinión Internacional

Padres E Hijos

Ernesto Cardenal, el sacerdote nicaragüense que luchó contra la tiranía de Somoza y sirvió como ministro de Cultura del gobierno sandinista desde 1979 a 1990, es un hombre controversial, pero, ciertamente, no se le puede acusar de falta de convicciones.

Durante su gestión como funcionario sandinista solo se arrodilló, literalmente, ante Juan Pablo II, cuando éste lo amonestó públicamente en la pista del aeropuerto en donde ambos se encontraron, pero no renunció a su cargo ni a su convicción política a pesar de aquel supremo sermón. Sin embargo, Cardenal sí dimitió del Frente Sandinista (FSLN) en 1994, y –junto al ex vicepresidente del gobierno sandinista Sergio Ramírez y otros compañeros– fundó el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS) para intentar detener la ambición de poder de Daniel Ortega, quien los había decepcionado por su acercamiento al ex presidente liberal Arnoldo Alemán.

La alianza Alemán–Ortega determinó un modus vivendi entre dos oponentes acérrimos que hoy se necesitan: el primero ha obtenido un permiso judicial de libre circulación por la ciudad de Managua, a pesar de haber sido sentenciado por corrupción y lavado de dinero, y el hoy presidente fue perdonado por un tribunal por la “supuesta prescripción” de su delito por abusos sexuales y agresiones físicas a su hijastra Zoila América Narváez. (Si inescrutables son los caminos del Señor, pensará Cardenal, más misteriosas son las ideologías de estos “señores feudales”).

Cardenal cometió el “pecado” de solidarizarse con la hijastra de Ortega – quien se “avergüenza” de las injusticias que, según él, se cometen contra Cuba, y no de las que como padre, le hace él, a América, su propia hija. Cardenal, también acusó al mandamás de someter a Nicaragua a la dictadura y el nepotismo de la pareja presidencial, Ortega y Rosario Murillo, y por eso entró en desgracia a su regreso de la toma de posesión de Fernando Lugo, en Paraguay, cuando magistrados lacayos del presidente congelaron sus humildes cuentas bancarias tras condenarlo a pagar una multa de mil dólares bajo una extraña acusación.

Una de las muchas ironías de esta historia es que la ira del violento padre (putativo), Ortega, contra el decente padre (clerical), Cardenal, se desató porque el ex sandinista hizo sus declaraciones en Asunción, durante la ascensión al poder de Lugo, de quien hoy sabemos que es un irresponsable padre (progenitor y clerical).

El escritor Sergio Ramírez, hoy censurado en su propio país, ha documentado varios casos de vejaciones contra ex sandinistas, que como a Cardenal, los están condenando con intimidación e injurias, como suele ocurrir desde que Robespierre ordenaba la guillotina contra los “malos hijos” de la revolución.

Es evidente que no se puede confiar ni en la castidad ni en la integridad de algunos padres e hijos, cuando hablamos de revoluciones o iglesias, cuyos feligreses se parecen mucho más de lo que se atreverían a reconocer, a la hora de depositar una fe ciega en sus dirigentes y luego, recibir castigos ejemplares por sus “pecados”.

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