Opinión Internacional

Para salir del atraso en América Latina

Asunción (AIPE)- Una de las dificultades que enfrentan los países pobres para impulsar su crecimiento es que poca gente sabe qué se requiere para ello. Los más optimistas piensan que se precisa mejorar la educación y la salud, construir rutas y nuevas infraestructuras, diseñar buenas políticas agrícolas e industriales y elegir gobernantes más capaces y honestos. Los más pesimistas piensan que para progresar se necesita crear un “hombre nuevo”, pensando equivocadamente que la pobreza de nuestros pueblos está enraizada en la cultura, religión, raza y costumbres.

La realidad es más sencilla, aunque no por ello menos difícil de cambiar. Para impulsar el crecimiento se necesitan inversiones. Mientras que el mejoramiento de la educación y la salud, la construcción de nuevas rutas e infraestructuras y la industrialización no son las causas del crecimiento, sino parte del crecimiento mismo. Es lo que ocurre cuando los países crecen y prosperan. Lo que promueve el crecimiento en la economía es la inversión y acumulación de capitales. La producción y el empleo crecen y la pobreza se reduce cuando aumentan las inversiones.

La diferencia entre un país pobre y un país rico es la inversión. Los países ricos tienen mayor capital invertido por habitante que los países pobres, lo cual incrementa su productividad y el ingreso de los trabajadores. Un agricultor canadiense tiene mayores ingresos que un agricultor paraguayo, no por su mayor cultura o apego al trabajo, sino por que su productividad es mayor. En Canadá hay más de 70 tractores por cada 50 trabajadores rurales, mientras que en Paraguay hay más de 50 trabajadores por cada tractor.

¿Cuáles son los factores más importantes para incrementar la inversión? Los más importantes son la libertad económica y la protección de la propiedad. Sin derechos de propiedad sólidos, claros y seguros, el riesgo crece y los inversores trasladan sus capitales a otros mercados. Así se alejan también los inversores de los gobiernos que restringen la libertad de producir, comprar y vender, que establecen altos impuestos y regulaciones excesivas y no cuentan con una justicia independiente y capaz de hacer cumplir los contratos.

Pero no toda inversión trae prosperidad. Durante gran parte del siglo XX, los economistas recomendaron la planificación central para definir los sectores más apropiados para la inversión. El Banco Mundial, el FMI, el BID y otros volcaron durante décadas enormes recursos en los países para mejorar las infraestructuras y transferir tecnologías. Pero los países pobres continuaron en el atraso, con el agravante de una pesada deuda externa que dificultaba su crecimiento.

La ayuda externa fue un fracaso. No solo alimentó la corrupción sino mantuvo en el gobierno a regímenes opresores y opuestos a la economía libre, aplazando las reformas y perpetuando el atraso de los pueblos. Las restricciones a la libertad económica por la planificación estatal desalentaron la inversión e impidieron la acumulación de capital. La solución, por ende, no está en radicar inversiones, simplemente, sino en atraer capitales al sector privado. Para ello es preciso crear instituciones legales favorables a la producción y al comercio.

Los latinoamericanos deben comprender que lo único que impide a sus países a salir del atraso son las políticas estatistas que ahuyentan la inversión. El populismo atropella los derechos de propiedad. Poco se adelanta en deshacer monopolios estatales y abrir el agua, petróleo y energía a la competencia y a la inversión privada. No se ataca la informalidad haciendo más fácil el acceso a la formalidad. Se mantienen sistemas provisionales y laborales anacrónicos. Y la reforma del Estado se prorroga indefinidamente. Mientras no abracemos la libertad económica, no habrá crecimiento.

(*): Corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.

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