Opinión Internacional

Que Hacer por Israel

“Llegué a Viena, cuando tenía 4 años, procedente de una pequeña ciudad de Moravia. Después de 78 años de asiduo trabajo hube de dejar mi hogar, vi disuelta la sociedad científica que había fundado, nuestras instituciones destruidas, nuestra editora ocupada por los invasores, los libros que había publicado confiscados o reducidos a pulpa, mis hijos expulsados de sus ocupaciones. ¿No piensa usted que debería reservar las columnas de su número especial para las manifestaciones de los no-judíos, menos afectados personalmente que yo?

En relación con esto recuerdo un viejo verso francés: ‘El ruido es para el fatuo; /la queja es para el tonto; /el hombre honrado engañado /se va sin decir palabra.’

Me siento profundamente conmovido por el pasaje de su carta reconociendo un cierto crecimiento del antisemitismo también en este país. La actual persecución, ¿no debería dar lugar más bien a una oleada de simpatía en esta nación?”

Con esta brevísima carta, que fue publicada el 26 de noviembre de 1938, contestaba Sigmund Freud la invitación que le hiciera la revista británica “Time & Tide” para participar en una edición especial dedicada al antisemitismo.

Como se ve, considera que deberían ser más bien los no-judíos quienes tomaran la palabra para pronunciarse al respecto. Esto no es sólo una obligación moral, impuesta por la simple solidaridad humana; como tampoco sólo se basa en la apreciación un tanto egoísta que se describe en aquel texto atribuido a Bertold Brecht, que se ha repetido tantas veces hasta nuestros días, según el cual las personas tienden a pensar primero en sí mismas y si la cuestión no les afecta, pues, la dejan pasar sin hacer nada; hasta que les toca el turno a ellas, cuando fatalmente ya es demasiado tarde para reaccionar.

Esta obligación es tanto más apremiante cuando se observa que ciertos dirigentes de la comunidad judía venezolana reinciden en la táctica del apaciguamiento, cuando no en la simple negación de hechos que son incontrovertibles. En un ejemplo reciente, directivos de la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela desautorizaron a una institución tan respetable como el Centro Weisenthal, por haber llamado la atención sobre ciertas manifestaciones inequívocamente antisemitas del régimen. A estas alturas, los directivos de la CAIV deberían haber admitido su error aunque el Centro Weisenthal no tenga nada que celebrar por haber tenido la razón una vez más.

Pero no es sólo en Venezuela, incluso en Francia, país vanguardia en la actual ola de “judeofobia”, algunos dirigentes de la comunidad judía certifican que ese no es un país antisemita, que la emigración precipitada de miles de judíos no es significativa para una colectividad tan grande y que las crecientes agresiones contra los judíos no se distingue de la violencia ejercida contra cualesquiera otros ciudadanos.

Sin embargo, el caso de Venezuela requiere especial atención por múltiples razones, que resultarían difíciles de resumir en unos cuantos renglones, pero se pueden mencionar según saltan a la vista. Lo primero, aunque ya suene a lugar común, es que esto nunca había ocurrido en este país. El antisemitismo en Francia tiene una larguísima tradición incluso intelectual que culmina con el famoso caso Dreyfus, con los panfletos de Celine y que llegó a ser gobierno durante la ocupación alemana y el régimen de Vichy.

En Venezuela, en cambio, desde que existe como República, siempre hemos convivido todas las colectividades en armonía, sean de españoles (en todas sus variantes: vascos, catalanes, gallegos, canarios, que no lo hacen así ni en la propia España), árabes, judíos, italianos, portugueses, franceses y corzos, sin que nunca se haya sido de relevancia la procedencia de cada quien. Nunca han existido regímenes de privilegio ni de exclusión legalmente establecidos para diferenciar a una minoría del resto de la población.

Un aspecto alarmante del nuevo antisemitismo es la connotación política e ideológica que se le quiere dar. El fenómeno se ha querido introducir en Venezuela junto con un alineamiento del país en política internacional con el “Eje del Mal”. Esta circunstancia no sólo está agriando las relaciones entre venezolanos de distinta procedencia, sino que lo está haciendo también con países vecinos, que tienen razón para sentirse amenazados.

Como primera potencia del Eje aparece Irán, que ha trazado como principal lineamiento de su política internacional, claramente expresado, en el marco de un antiamericanismo furibundo, “borrar a Israel del mapa”. Para este fin ha invertido sus mayores esfuerzos en el desarrollo balístico junto con la tecnología nuclear. Esta combinación debería ser suficientemente explícita para quien quiera verla, sin embargo, algunos países, incluso occidentales, insisten en tratar de ocultar esta realidad y darle largas a la controversia hasta que sea demasiado tarde y comience a operar el viejo principio de la “destrucción mutuamente asegurada”. En el caso de Irán esta lógica no funcionará como con la URSS, sencillamente porque aquellos eran comunistas y no creían en el más allá y estos son fundamentalistas islámicos y creen en el más allá como premio a la inmolación en este mundo. Aunque parecería un chiste de humor negro, es una crudísima realidad que nos está tocando la puerta. Ya hoy la tenemos dentro de la casa.

Resulta imperativo para los venezolanos de buena voluntad, alinearse con Israel en la lucha contra el totalitarismo, el terrorismo y el genocidio, no sólo porque los israelitas han desarrollado poderosos anticuerpos por haberlos sufrido y estar sufriéndolos en carne propia y nosotros apenas estamos en camino de sufrirlos, sino porque en lo más profundo del conflicto actual Israel es un dique muy eficaz contra estas maldiciones. Veamos si es posible explicarlo en muy pocas palabras.

Desde la época de los faraones de Egipto, pasando por el establecimiento del régimen absolutista en España, las tiranías de Hitler y Stalin, hasta dictaduras modernas como la de Saddam Hussein o regímenes retrógrados como el de los Ayatollahs de Irán, todos sin excepción, han tropezado con los judíos y han optado por expulsarlos y últimamente por aniquilarlos: ¿Por qué todos los déspotas absolutistas la emprenden contra los judíos como una cuestión existencial? Podrían ensayarse muchas respuestas a esta pregunta, veamos las que resultan más obvias.

Por su singular vinculación con Dios, el creador. Este nexo prohíbe cualquier tipo de idolatría, la adoración no sólo del becerro de oro sino de cualquier figura humana. Todos los monarcas absolutos pretenden ser dioses redivivos y aspiran a una veneración y alabanza que los judíos destinan sólo a Dios, el creador. Frente a las pretensiones de los déspotas, los judíos responden: “del polvo provienes, al polvo volverás”. Esto no le puede agradar a ningún prepotente monarca absoluto o dictador totalitario.

La Alianza con Dios se expresa a través de la Ley. Pero no puede ser cualquier ley dictada por el capricho de un déspota o de una asamblea servil, sino de la Ley Divina. Los tiranos tienden a creer firmemente que su voluntad es la ley. En el fondo, creen que la fuerza es la única fuente del derecho. Los judíos acatan la legislación de cualquier Estado en que se encuentren, se aprenden de memoria incluso leyes estrafalarias e irracionales que se acatan exteriormente; pero íntimamente sólo responden a la Ley dictada por Dios. Esto tampoco puede ser del agrado de los déspotas y sus acólitos.

¿Por qué se cree que el antisemitismo es una táctica política que puede producir réditos? ¿Por qué una tiranía languideciente como la de Fidel Castro, que después de 50 años de fracasos ya no tiene nada que ofrecer, considera oportuno volcarse al ataque contra Israel como el centro de su política exterior? Más amplio aún. ¿Por qué el antisemitismo puede convertirse en un instrumento para nuclear, organizar y movilizar a un gran número de personas que no en balde se llaman “masas”? Este punto es muy importante, porque no es sólo el déspota quien repudia al judaísmo sino que puede extender o aprovechar este sentimiento para manipular a muchas otras personas a su vez oprimidas, que pasan de la simple desconfianza, del recelo, al odio, con tan relativa facilidad.

Esto podría dar lugar a una controversia indefinida, que tiene muchas raíces históricas, religiosas y hasta raciales, por lo que conviene limitarse a la respuesta que nos parece más plausible, la que pone el acento en el particularismo de los judíos. Esa tendencia invencible a tener un pensamiento independiente. Generalmente, donde se reúnen dos judíos usted tendrá tres opiniones, perfectamente válidas y defendibles. De hecho, las controversias más agrias se dan entre los mismos judíos, que se tratan sin ningún miramiento. Por este motivo los judíos jamás serán “masa” y aunque son los inventores del mesianismo, siempre terminan denostando de los falsos profetas y falsos mesías.

Por último, no puede dejarse de lado el que tradicionalmente los judíos han tenido en la mayor estimación las actividades intelectuales, la superioridad del estudio sobre todas las demás actividades vitales. Esto los enfrenta naturalmente con el antiintelectualismo característico de los tiranos, en lo que éstos se hermanan con las masas. El odio contra los judíos sólo puede ser una ideología propia del populacho, del lumpen proletariado, de las masas incultas, que detestan principalmente lo que no pueden comprender.

Aunque ahora nos sorprende la estridencia de una orquesta internacional de ruidosa difamación contra el Estado de Israel, esto no es nuevo en absoluto. De hecho se repiten casi al calco los mismos argumentos que utilizaban los nazis contra los judíos, cuando ni siquiera existía el Estado de Israel. El mito de la dominación judía mundial, de los banqueros judíos, de los agentes del Wall Street, del gobierno en la sombra, de los protocolos de los sabios de Sión, incluso los crímenes de guerra supuestamente cometidos por los judíos, aún cuando todavía no tenían un Estado; pero sin embargo manejarían secretamente a los gobiernos aliados. Todas estas burdas supercherías son repetidas actualmente con la mayor solemnidad o subsisten en el trasfondo de las declaraciones incluso de Jefes de Estado, diplomáticos de carrera y organizaciones supuestamente defensoras de los derechos humanos. Los medios de comunicación masiva se han hecho eco de toda esta propaganda que favorece los propósitos del terrorismo islámico con una parcialidad que sólo es superada por su irresponsabilidad y falta de sentido de las consecuencias que implican estos puntos de vista.

Dado el poder que despliega la alianza contra natura de la izquierda internacional con el fundamentalismo islámico y la extrema derecha europea, de corte neo nazi, hay que ponerse a pensar, nosotros, simples mortales ¿qué podemos hacer por Israel?

Por lo pronto orar, confiar en el inmenso poder realizador de la plegaria desinteresada. Tener fe en que nuestro destino final está en manos de Dios y no en las veleidades humanas. Escuchar, hablar, leer, escribir, prestar mucha atención para desmontar las mentiras y tergiversaciones buscando sin descanso la verdad. No hay que mostrar ni sentir miedo, vergüenza o vacilación alguna para expresar nuestro apoyo a la causa de Israel, por los medios que estén a nuestro alcance, entendiendo concientemente que es nuestra propia causa: enfrentar y derrotar al totalitarismo, al terrorismo, al genocidio, no cederles un palmo de terreno, ni dejarse apabullar por vocingleros.

Finalmente, es indispensable recordar que el objetivo de la violencia terrorista, la agresividad y el desplante histriónico de sus líderes, es doblegar la voluntad de sus eventuales oponentes y victimas potenciales, para que no se les oponga resistencia. La ideología que profesan es la del poder absoluto, por lo que, desde ya, están derrotados. Mientras se mantenga la conciencia despierta, el totalitarismo nunca podrá avasallarnos.

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