Opinión Internacional

Rafael José Alfonzo: un universo catóptrico compartido

“En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora,
incomunicados. Eran, además, muy diversos;
no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas.
Ambos reinos, el especular y el humano,
vivían en paz, se entraba y se salía por los espejos.
Una noche, la gente del espejo invadió la tierra.
Su fuerza era grande, pero al cabo de sangrientas
batallas las artes mágicas del Emperador amarillo
prevalecieron. Éste rechazó a los invasores,
los encadenó en los espejos y les impuso la tarea
de repetir, como en una especie de sueño, todos los
actos de los hombres. Los privó de su fuerza
y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles.

Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo
mágico. El primero que despertará será el Pez.
En el fondo del espejo percibiremos una línea
muy tenue y el color de esa línea será un color no
parecido a ningún otro. Después, irán despertando
las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros,
gradualmente no nos imitarán. Romperán las
barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas (…)”

Jorge Luis Borges

Una vez, en un tiempo ya lejano, había una niña callada y solitaria, y cuya infancia transcurría dentro de un cuarto húmedo y sombrío. En él, en lugar de paredes, había estanterías repletas de libros, que de tan altas a la niña le parecía que traspasaban el techo y alcanzaban el cielo.

Mas era incierto que la niña estuviera triste y silenciosa, pues cuando ella tomaba alguno de aquellos libros y comenzaba a leerlo, ocurría un prodigio: el cuarto se iluminaba y los seres que estaban muertos o dormidos en las páginas volvían a la vida. Entonces, en ese espacio, ella simpatizaba y departía con centenares de personas. Las acompañaba en largos viajes a través de mundos conocidos y por conocer, y juntas corrían peligrosas aventuras al enfrentarse a malignos seres venidos del más allá y del más acá.

En ese paraíso, desaparecido tiempo atrás, descubrí mi natural inclinación “a leer aunque sean los papeles rotos de las calles” (1). Más adelante, gracias a Montaigne y a Borges, aprendí que uno sólo debe leer lo que le agrada y sólo debe escribir porque siente la necesidad de hacerlo.

Hoy, por esos libros de mi infancia y por éstos de mi acné, y por tener por mías las palabras de Joseph Conrad: “El mundo es tan extraño, tan fantástico, que buscar deliberadamente lo fantástico es una prueba de insensibilidad” (2), descarté cualquier posibilidad de aproximarme al libro Morir en los bordes de enero y otros relatos de Rafael José Alfonso (3) desde un punto de vista puramente metodológico, pues la vivisección del texto podría destruir el lirismo de su fantástico universo narrativo.

Procuré que del acercamiento a Morir en los bordes de enero y otros relatos de Rafael José Alfonzo —como toda ficción espejo de realidades, de vidas—, brotara un texto igualmente catóptrico en el cual, sin traicionar ni condescender, se reflejara la escritura ajena y se mirara la propia. Y, al resaltar la bondad y belleza del texto leído, reescribirlo y restablecer mis propias fabulaciones.

Los libros —como los espejos y la muerte—, son puertas de la vida, y el de Alfonzo lo es.

En Morir en los bordes de enero y otros relatos está reflejado el eterno humano signado por el desamparo y la debilidad ante la certeza de la muerte; por el temor a la locura, al Mal, a la pesadilla y el olvido; por la ambivalencia del arquetipo de la Madre.

Los personajes de Morir en los bordes de enero y otros relatos, en su mayoría, narran, como decía Cortázar, “con el sordo y persistente pedal de la primera persona” (4). Y, además, desde su omnipotente condición de agonizantes, de moribundos desandantes, de ánimas en pena, de monstruos engendrados en las malas noches y las duermevelas del yo, describen el terrífico atractivo de su universo fantasmal.

Son seres que, como dice Apuleyo, llegaron a la frontera de la muerte, pisaron el umbral de Proserpina —la de los aullidos nocturnos, la de la triple faz—, y a su regreso cruzaron todos los elementos. Son entes metapsíquicos, pneumáticos y, como las palabras y los sueños, incorpóreos. En consecuencia, pueden ser “un rumor que entra y sale sigilosamente de la casa”, girar “en cada palabra que ellos pronuncian(…)” y hacerse invisibles: “Toco el almagre de las paredes, reboto en los troches de las flores y nadie me ve”. Pueden, de igual modo, “traspasar con facilidad las paredes, andar por los aires y merodear los sueños(…)”. Y, en fin, les es dado “convertirse en un ser volátil (…)”.

Son seres que han adquirido la capacidad de situarse del otro lado —más allá del límite—, y desde allí consiguen no sólo mirar mejor el mundo, sino también mirarse a sí mismos tal cual los ven los demás. De ahí que para el personaje narrador del relato “Morir en los bordes de enero”, el mundo “se agranda esplendorosamente, rebasa sus límites”; que el de “Asediantes” confiese sus poderes de vigilancia e intrusión: “Ellos no saben que desde este ángulo espiamos, conocemos sus sueños, la densidad de sus rabias, sus tristezas, cada sonido de sus corazones (…)” y el de “Desandante” se lamente: “Y yo, desde esta intemperie que soy, miro cómo se desesperan y trastean de un lado a otro(…)”. Pero a la vez, esos mismos personajes narradores adquieren la facultad de mirarse a sí mismos tal como los ven los demás, es decir, de desdoblarse, de ser otro. De modo que, en el relato “Morir en los bordes de enero” leemos: “Y fue en ese preciso momento en que entré a la sala y vi mi cuerpo tendido en un ataúd rodeado de cirios parpadeantes. En ese ataúd me veo más pálido que antes(…)”. Igualmente, lo hacemos en “Desandante”: “Allí, entre las hojas y la caña brava húmeda, estoy yo amortajado de frío y con parte de la cara comida por los peces”.

Los personajes de Morir en los bordes de enero y otros relatos conocen del terror ligado a la muerte; de la certeza de su advenimiento nunca querido y siempre intempestivo, y de la incertidumbre de lo que vendrá después…

La muerte, lo desconocido por antonomasia, el mysterium terrificum, tremendum, es lo más cercano y reconocido que tenemos. Ellos, al igual que todos nosotros, la han llevado oculta dentro de sí, debajo de la piel, como la sangre, los músculos y los huesos; por eso, la (pre)sienten familiar.

De ahí que el narrador del relato “Morir en los bordes de enero” diga: “Presentí que iba a morir antes de enero”. O, “muchas veces he presentido que la primera sensación de la muerte comienza por los oídos”. O, “en varias oportunidades creía ver a la muerte esperándome cerca de mi casa, desde el espejo retrovisor de mi carro la miraba leer detenidamente una carpeta, sonreír y señalarme con su dedo índice como si yo estuviera en su lista de futuras víctimas”. Saben, como nosotros, que la muerte es un acreedor implacable cuyos plazos son ineluctables. Por consecuencia, en el relato “Los hilos de la muerte” el narrador omnisciente cuenta que la muerte “hasta ese sitio lo ha perseguido y por más que se esconda siempre lo estará acechando, llenándolo de miedo por todas partes”.

Los seres que habitan las páginas de Morir en los bordes de enero y otros relatos, como todos los seres humanos, asocian a la muerte con el terror, pues —como me (nos) lo hizo ver Rafael Llopis en su memorable conferencia sobre el cuento de terror y el instinto de la muerte—, de ella lo que siempre hemos conocido ha sido el cadáver, el cuerpo sin vida de una persona que hasta ese momento fue nuestro igual. El muerto es el Mismo, que de pronto se ha transformado en el Otro, es decir, en un ser absurdo; extraño al equilibrio habitual de las cosas y perteneciente al mundo de lo mágico-religioso. Por tanto, la vivencia de la muerte resulta absolutamente sicalíptica, como nos lo hace ver Jean Baudrillard desde el epígrafe del relato “Los hilos de la muerte: «(…) el sexo es legal, sólo la muerte es pornográfica»”, pues, su obscenidad es más reprochable y vergonzosa que la del sexo.

Además, junto al temor a la muerte está el que tenemos a la locura. Ésta, al igual que aquella, libera al otro que llevamos dentro, pero, a diferencia —como también lo señaló Llopis—, nos permite seguir viviendo para observarlo. Por consiguiente, tanto la locura como la muerte son vivencias terríficas e insoportables que, al manifestar la alteridad, destruyen la unidad consciente.

En este sentido, en el relato “Morir en los bordes de enero”, la madre vive atormentada por los monstruos que engendra su adormecida razón: “Esa mañana despertó con la obsesión de que un perro furioso la estaba devorando sin clemencia. Según ella el animal salió veloz de uno de sus sueños y había saltado las tapias del solar para venir más tarde a desgarrar su cuerpo”. Su locura, “ese fuego perenne que la hace hervir en un tiempo impalpable y bestial”, golpea al narrador quien, desde su inmaterialidad, no soporta “escuchar los vaporosos giros de sus sueños atormentados”.

Igualmente, en Morir en los bordes de enero y otros relatos podemos apreciar que aunque el ser humano siempre ha conocido la existencia de la conjunción entre lo diabólico y lo divino, es decir, la “consanguinidad entre el bien y el mal” (5), como dice Mircea Eliade, no por ello ha dejado de impetrar a Dios: “¡Y líbrame Señor de todo mal!”. Porque el Mal está siempre al acecho, esperando el momento para irrumpir y manifestarse en nuestra vida y, como la serpiente del Jardín de Éden, se camufla y seduce con la belleza.

No de otra manera, en el relato “Asediantes” el Mal se manifiesta a través del Encanto que, desde la enmarcada litografía victoriana de la “mujer recostada en la góndola, los querubines y el niño que alza entre las flores”, invade la cotidianidad del personaje narrador y su familia. Además, el cuadro ha sido “un regalo de mi Tío (siempre nos obsequiaba algo en vísperas de pascua) (…)”, con lo cual se corrobora que en el Encanto se da la coincidentia oppositorum, es decir, la fusión de lo bueno y lo malo, de lo hermoso y lo terrible y, en fin, de lo diabólico y lo divino.

El Encanto, como el Diablo, es un ser creado por Dios, pero, por su maldad, condenado a carecer de alma. Por eso, para fortalecerse debe apoderarse de la de los humanos; tal como lo decían los peones en mi infancia: “El Encanto, niña, es un espíritu viviente que no tiene ánima y para hacerse fuerte y cumplir los designios del Maligno, necesita beberse la de los inocentes como vusté”. Y, siendo así, uno, al igual que el personaje narrador del relato “Asediantes”, corre el riesgo de ser “invadido y arrastrado, a este sitio donde permanecerá disuelto para siempre”. Pues, al ser poseídos y esclavizados por el Encanto, todos “obedecemos, ondulamos en el vaivén de los deseos de nuestros captores, sentimos la oquedad del cuerpo, la intemperie, el letargo de haber caído en una red invisible”, y, desde la cual, hasta el fin de los tiempos, al servicio del Mal cumpliremos sus designios: “(…)invadiremos otra casa convertidos en rumor, sonaja y lumbre de duermevela”.

Por otra parte, los personajes de Morir en los bordes de enero y otros relatos pertenecen al reino de la Noche —madre de Tánato e Hipno— y al reino de Mab, la diosa de los sueños, que son, como dice Shakespeare, “engendros de la loca fantasía, /Sutil y vaporosa como el aire” (6). De ahí que muchas veces, como Morfeo u Oniro, convertidos en aladas, silenciosas y vaporosas formas, los personajes, narradores o no, se introduzcan en el sueño o la durmevela de los otros personajes.

De esta manera, el personaje narrador del relato “Morir en los bordes de enero” puede “penetrar con una agilidad increíble en el cauce tumultuoso del pensamiento”; ver como la madre “acaricia ese perro furioso que habita tenazmente su duermevela”. Igualmente, en el relato “Asediantes” el narrador y sus hermanos —cautivos por el Encanto que mora en la litografía victoriana— observan el sueño de la madre, se sientan “en el quicio de la pesadilla(…) y se convierten “en un rumor suave que se va entretejiendo en su duermevela”. A su vez, el personaje narrador de “Desandante” sabe que estará “naufragando todas las noches(…)” en los sueños de su madre y entrará “en el claroscuro de sus sueños delirantes hasta que la noche sea disuelta por la lluvia y nadie pueda sostenerse de su propio susto”.

Pero otras veces, la reina Mab “cruza por las narices de los hombres /Cuando dormidos en el lecho yacen” (7) y le provoca terroríficas pesadillas a la enloquecida madre del narrador del relato “Morir en los bordes de enero”, o al narrador de “Oficio de escritura”. Para éste, la pesadilla es la angustia que le oprime el corazón y le ahoga la respiración, o, lo que es igual, “el grito que rebota en las paredes, el sudor que corre por mi frente y moja la punta de esa pesadilla hostil, el tartamudeo, mi boca se contrae, expulsa el terror arremolinado en mi garganta reseca (…)”.

Al mismo tiempo, los personajes de Morir en los bordes de enero y otros relatos son seres que, como todos nosotros, padecen del miedo al olvido, pues, Lethe, además de hija de Eris, es el agua que borra las vivencias tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos. Es la desmemoria que, como la muerte, la locura y el sueño, destruye la propia identidad consciente. Por eso, el personaje narrador del relato “Morir en los bordes de enero” dice: “Quizá recuerde algo”. O, lo que es peor, el olvido lo lleva a considerarse una ficción, un simulacro producto de la creación de otro: “De pronto he perdido la memoria y puede ser que esto sea la invención de otro que me sigue los rastros y borra mis huellas con la fiereza de sus palabras”. Por su lado, el de “Asediantes” dice con resignación: “Ya no estamos en el recuerdo de nadie(…).

Además, en casi todos las fabulaciones de Morir en los bordes de enero y otros relatos, las vivencias de la muerte, la locura, el asedio del Mal, la pesadilla y el olvido, están asociadas con la figura de la madre. De ahí que el personaje narrador del relato “Oficio de escritura” exprese: “La huidiza imagen de mi madre perdurará en todas mis historias; (…) mi madre escondiéndose de un perro que sale de sus sueños para devorarla sin clemencia, mi madre barriendo las huellas de las ánimas que entraban todas las noches por la puerta del fondo de nuestra casita de pueblo. En una oportunidad la describí como un ave enorme de cola peluda que andaba por la casa martirizando a sus hijos(…)”.

En efecto, al nacer salimos del vientre de la madre y al morir retornamos al vientre de la Gran Madre: la tierra. Para el hijo la madre es su alimento, su calor, su seguridad y ternura; pero, como todo arquetipo, el de la Madre también tiene aspectos contrarios y nefastos: lo oculto y abismal, lo que castra y devora, lo que aterroriza y aprisiona. Por eso, en las historias de Morir en los bordes de enero y otros relatos, la madre, como dice Marisela Gonzalo Febres, “invade y es invadida por los hijos(…)” (8), lo cual se evidencia con mayor fuerza en el relato “Los vuelos de Mamá”.

En este relato, la madre del narrador es una especie de Grifo, es decir, un animal fabuloso con pico y alas de ave de rapiña y cuerpo y cola peludos de mamífero carnívoro.

De esa extraña criatura, en la cual la realidad y el mito se juntan para engendrar una madre protectora y represiva a la vez, nacen unos hijos atormentados por esta ambivalencia. Así, el hijo narrador denuncia su condición de víctima devorada en el abrazo: “nos besa con su pico y caemos bruscamente entre sus plumas cenicientas”; de víctima alimentada para el sacrificio: “Cuando regreso de la universidad ella me espera en el umbral jadeante y sudorosa con un gorrión en el pico”; de víctima de una vigilante y represiva sobreprotección: “Cuando ella duerme y en el momento menos esperado siento su mirada fría en la nuca. (…)Yo ya no resisto, dondequiera veo sus ojos, su sombra me persigue y estoy enloqueciendo(…)”; de víctima condenada a cumplir pena de cadena perpetua: “Cada vez que preparo mi huida mamá se aparece y se posa en la puerta y me amenaza con su pico y sus garras. (…)Pienso que jamás escaparé de sus garras, estaré toda la vida en su cerco, a disposición de su aliento y de sus miradas que se van tejiendo como una maldición a mi paso(…)”. Y, ante la manipulación ejercida por la madre a través de su abnegación y sacrificios: “A pesar de su vejez, mamá (…) barre, zurce nuestras ropas, escucha nuestros problemas, recorre los sitios donde nos reunimos con los amigos(…). (…) Ella sueña, con toda seguridad soñará con nosotros, con sus adorados hijos que ha criado con muchos sacrificios(…)”, el narrador esgrime la ironía e idealiza el matricidio como única forma de liberación.

Desde otro punto de vista, los personajes, narradores o no, de Morir en los bordes de enero y otros relatos se mueven indistintamente en los espacios estrechamente vinculados de su propio medio y del reino de lo numinoso. Es un mundo donde los seres vivos —humanos y animales— conviven con los santos, con los familiares difuntos y su caterva de ánimas en pena, con la Mesnada del Maligno encabezada por el Ánima Sola, la Mula Barcina y María La Onza, con el Encanto, con los duendes que moran en los remolinos o en la boca del arco iris y con un animal fabuloso que “sale todas las mañanas del espejo que está cerca del lavamanos”. Son espacios húmedos, desteñidos, nebulosos, donde el tiempo se mide por la inmediación de lo que va a suceder, o por las cosas y los hechos relacionados con los muertos y el otro mundo: la lluvia y los días miércoles y viernes.

De ahí que a través de las páginas de Morir en los bordes de enero y otros relatos, uno traspase el umbral y se adentre en la atmósfera umbría de lo arquetípico y lo catóptrico que envuelve todo imaginario. Pues para cristalizar sus fabulaciones, además de sumergirse en “el inmenso repertorio de imágenes simbólicas que —según Marchese y Forradellas—, aparecen en el folklore y la literatura de todos los tiempos” (9), Rafael José Alfonzo tuvo que presenciar también el advenimiento de la victoriosa irrupción de los habitantes del país de los espejos en el de los humanos.

Ciertamente, Rafael José Alfonzo haciendo uso del lirismo, la cadencia y el poder sincrético de su expresión verbal ha amalgamado las supersticiones, las creencias, los mitos y las leyendas, es decir, lo ya visto, reconocido y almacenado en la Gran Memoria, y ha creado un universo narrativo donde los vivos y los muertos, lo local y universal, la realidad y la ficción, son una misma esencia. Un universo donde, una vez más, las especies humana y especular conviven libremente.

En conclusión, por creer, como lo he expresado, que sólo creamos con lo que llevamos dentro, que nos identificamos con lo que nos atañe y que la ficción que se nos presenta, conforme nos lo hace ver Jorge Luis Borges, es una idea ya desarrollada en otro texto que, al leerlo con placer, reescribimos y enriquecemos, puedo confesar que Morir en los bordes de enero y otros relatos de Rafael José Alfonzo es un libro en cuyas páginas me miro porque las siento profundamente mías.

NOTAS

(1) CERVANTES, Miguel. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha. Imprenta de Gabriel Alhambra, Madrid, 1870, Tomo I, 1ª, IX, p. 67.

(2) El volumen XXXIII de la «Biblioteca de Babel» contiene la recopilación “en orden o ficción alfabética de algunas de las ocurrencias de Borges” que, para complacer a Jacobo Martínez de Irujo, Marqués de Siruela, hizo Antonio Fernández Ferrer. En él, al hablar sobre la literatura fantástica, Jorge Luis Borges sostiene: “la literatura fantástica es casi tautológica, porque toda literatura es fantástica(…) La literatura por, lo general, ha sido fantástica: cosmogonías, mitologías, cuentos de hadas… (…) Todo lo que se escribe es fantástico (…)”. Y, para corroborar sus dichos, cita a Joseph Conrad. Ver BORGES, Jorge Luis. Borges A/Z. Ediciones Siruela, Madrid, 1988, p.167.

(3) ALFONZO, José Rafael. Morir en los bordes de enero y otros relatos. Fundación “Rómulo Gallegos”, El Tigre – Edo. Anzoátegui, Venezuela, 1992, 74 pp. Todas las citas en cursiva pertenecen a los relatos “Morir en los bordes de enero”, “Asediantes”, “Desandante”, “Oficio de escritura”, “Los hilos de la muerte” y “Los vuelos de mamá” que forman parte de este texto. Ver pp. 9 a la 39 y pp. 61 a la 74, respectivamente.

(4) CORTÁZAR, Julio. “Carta en Mano Propia”. En: HERNÁNDEZ, Felisberto. Novelas y cuentos. Fundación “Biblioteca Ayacucho”, Caracas, 1985, p. XII.

(5) ELIADE, Mircea. Mefistófeles y el Andrógino. Ed. Labor, S.A., Barcelona, 1984, 2ª edición, p. 106.

(6) SHAKESPEARE, William. Romeo y Julieta. Edición a cargo de Alfonso Reyes y traducción de Jacinto Benavente. Edit. Cumbre, S.A, México, 1945, p. 22.

(7) Ibídem, p. 24.

(8) GONZALO FEBRES, Marisela. “Rafael José Alfonzo; Morir en los bordes de enero y otros relatos (…)”. En: “Textuales”. Revista de Cultura Cifra Nueva Nº 2. Universidad de Los Andes, Núcleo Universitario “Rafael Rangel”, Trujillo – Edo. Trujillo, Venezuela, Mayo de 1994, p. 134.

(9) MARCHESE, Angelo y FORRADELLAS, Joaquín. Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria. Ed. Ariel, S.A, Barcelona, 1986, p. 207.

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