Opinión Internacional

Reculazo en Bolivia

Lo ha dicho un comentarista de la televisión boliviana: a Evo Morales le ha derrotado el capitalismo. El presidente indigenista había decretado un aumento del precio de los combustibles de entre un 57% y un 83% -la gasolina a casi un euro el litro-, lo que para el bolsillo de los bolivianos y en especial para el transporte colectivo era mucho más que una cuesta de enero. Pero lo masivo de la protesta y sobre todo del núcleo duro de su apoyo político, los cocaleros del Chapare, han obligado al presidente a hacer de la necesidad virtud derogando la medida. Pero tras el reculazo, que sucede al gasolinazo, difícilmente va a ser todo igual en el país del altiplano. Morales siempre había dicho que estaba allí para «obedecer al pueblo», pero tanto y de esa forma dicen muy poco de la autoridad presidencial.

El Gobierno justificaba la subida para combatir el contrabando con los países limítrofes, donde el fuel se paga mucho más caro -el barril para consumo interno fue congelado por el presidente Mesa, a quien Morales tildaba de neoliberal, en 27 dólares-, lo que es cierto y le cuesta al erario más de cien millones de euros al año; pero la razón de fondo, como luego se reconoció, es que el mercado boliviano no da para que las multinacionales quieran invertir en material ni en prospección, porque dicen que no ganan lo suficiente para ello. La nacionalización de la industria de los hidrocarburos fue solo una operación contable para aumentar los ingresos del Estado, pero Bolivia carece de medios para explotar sus vastas riquezas, con lo que las grandes firmas seguían siendo las únicas capaces de extraer el oro negro y el gas del subsuelo, y lo vienen haciendo con la mayor parsimonia y sin sustituir una tuerca.

Pero desde muchos puntos de vista el mal ya está hecho. Los precios se dispararon (no solo del transporte) en cuanto se conoció la noticia en los días navideños y será difícil que vuelvan a la cota del 25 de diciembre. Y aún peor parece la erosión del poder del líder aymara que, aunque elegido democráticamente en 2005 y 2009, quiere ser tanto el soberano constitucional como telúrico, en nombre de la pachamama -la madre tierra- de una nación que contabiliza 36 etnias. Muchas de ellas creen, por todo lo anterior, tener motivo para temer que algunas, precisamente las del altiplano de donde procede el propio Evo Morales, sean más iguales que las otras.

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