Opinión Internacional

Robocop

Hay algo que destaca al presidente Barack Obama sobre sus predecesores: la política de la paralización. Obama proclama un día la necesidad de que los palestinos tengan un hogar nacional, y de que los israelíes se retiren a las fronteras de 1967 una suave intimación de que devuelvan los territorios ocupados  y al día siguiente abandona completamente esa postura, y su gobierno anuncia que piensa vetar en las Naciones Unidas toda resolución a favor de un estado palestino. Otro día, Obama se planta con firmeza ante sus opositores, los republicanos, indicando que sólo aceptará recortes en programas sociales si los ricos aceptan compartir las cargas del resto de los norteamericanos pagando impuestos más altos.

Veinticuatro horas después, Obama abandona toda lucha y acepta sin chistar las condiciones de los republicanos (Entre las palabras que más se usan para calificar los llamados «compromisos» de Obama figuran los términos «rendición», o «claudicación»).

La otra estrategia que distingue a Obama de sus predecesores es la total falta de flexibilidad cuando trata de concretar una de sus ideas fijas. Por ejemplo, la reforma de los programas para el cuidado de la salud estaba «dead in the water», a la deriva, luego que los republicanos la repudiaron, en el 2010. Obama, el rey del compromiso, por primera y única  vez en su presidencia, presionó para que fuera aprobada. Y lo logró. Pero sólo los demócratas votaron por ella. Todos los analistas sabían que eso conllevaba pagar un alto precio político. Y los demócratas lo solventaron en las elecciones de noviembre de 2010, cuando perdieron el control de la Cámara de Representantes, varias bancas en el Senado, y la mayoría de las gobernaciones estatales.

Esa mezcla de paralización y de rigidez había sido atribuida hasta ahora a una personalidad esquizofrénica. Pero Charles M. Blow, columnista del New York Times y afroamericano  ha ofrecido una interesante interpretación alternativa: en realidad, Obama no actúa como un ser humano, sino como un robot.

LA NARANJA MECÁNICA Blow recuerda que en 1970 Masahiro Mori, un japonés experto en robots, exploró la siniestra faceta de los entes mecánicos.

Al principio, los seres humanos sienten simpatía por los robots, dijo Mori. Pero luego, cuando se descubre que si bien los robots parecen reales, en realidad no lo son, el ser humano comienza a rechazarlos. Basta observar la evolución de los robots en las películas de ciencia ficción norteamericanas. Hay un simpático robot en Forbidden Planet , un clásico de la sci-fi de la década del cincuenta. Y hay un robot aterrador en2001: Odisea del Espacio. El robot Hal es tal vez lo más parecido a un ser humano en su decisión de vengarse de quienes intentan radiarlo de servicio, pero sigue siendo un robot.

El columnista Blow cree que Obama forma parte de una nueva generación de robots políticos, entre los cuales se destacan tres precandidatos presidenciales republicanos: Michele Bachmann, dirigente del Tea Party, Rick Perry, en la actualidad gobernador de Texas, y Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts.

Según Blow, cada vez que Bachman abre la boca, es como si alguien le diera cuerda para repetir «las mismas respuestas trilladas, sin importar la pregunta que le han formulado». Cuando a Perry le tiran de la cuerdita, surge un robot «con ilusiones de grandeza». Y Romney ni siquiera necesita que le formulen alguna pregunta para que repita como un disco rayado «Yo, Republicano. Yo, Republicano».

En todos esos casos, dijo Blow, lo siniestro es que si bien esos políticos se ligan hasta cierto punto con sus potenciales electores, «hay también algo intangible, poco creíble, imposible de conectar, y que produce una sensación de inquietud».

Bueno, en general, así son los políticos republicanos. Tironeados entre sus bases y las corporaciones que les donan dinero para que triunfen en los comicios y acaten religiosamente sus postulados, los dirigentes del que una vez fue el partido de Abraham Lincoln tienen la tendencia a ser siniestros. Pero ¿por qué Blow hace ingresar en esa lista a Barack Obama? Después de todo, Obama era un candidato carismático, que parecía estar por encima de las banderías políticas y que tenía el sueño de recuperar la grandeza de Estados Unidos.

Lamentablemente, en estos días, dijo Blow, «cuando Obama lucha por conectarse con el pueblo norteamericano, falla» en su intento. «Cada vez más, algunas personas lo consideran un ser carente de pasión, y otras, sin ambages, como un ser repelente».

La indecisión, la timidez, la falta de espinazo que muestra Obama, hace cada día más lejanas sus esperanzas de reelección.

Estados Unidos está al borde de una segunda recesión. Aunque la tasa oficial de desempleo es del 9,1 por ciento, «podría llegar al 16,1 por ciento, o 25,1 millones de persona, si se incluye a aquellos que sólo pueden conseguir tareas de medio tiempo, o que han abandonado las esperanzas de hallar trabajo», dijo The New York Times.

Durante los dos años y medio pasados toda la presidencia de Obama  «han existido cuatro desempleados por cada oportunidad de trabajo», indicó el periódico en un editorial.

La excusa de Obama es que los republicanos no lo han ayudado a demostrar sus cualidades de líder. Pero, ¿de qué se asombra? Si los republicanos pudieran hacerle mañana un juicio político a Obama, se lo harían. Si pudieran fraguar documentos de plausible autenticidad para demostrar que ni siquiera es norteamericano de nacimiento, también lo harían.

¿Por qué entonces Obama sigue comprometiéndose con aquellos que sólo están obsesionados con su fracaso? ¿Cree que negociando con sus declarados enemigos muestra su capacidad de liderazgo? Blow dice que «los grandes líderes no surgen gracias a la ausencia de una oposición, sino en presencia de ella. Ellos nos unen en nuestra universal humanidad y galvanizan la voluntad de los dispuestos a concretar cosas».

Pero cuando el líder es un robot, «su espeluznante inhumanidad no podrá satisfacer a nadie», añade el columnista. Lamentablemente, esa es una de las características de los robots. La otra es una amable capacidad para la destrucción y para proclamar: «Después de mí, el diluvio».

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