Opinión Internacional

Saudíes al rescate: ¿Espejismo o ilusión?

Durante el año 2008 la monarquía saudita ha trabajado silenciosamente para convertirse, de uno de los epicentros del fundamentalismo más violentos del planeta, a un promotor de la moderación y entendimiento entre musulmanes; entre grupos islámicos radicales, como los Talibanes, con el actual gobierno afgano, e incluso entre miembros de diversas religiones.

En julio, el monarca de Arabia Saudita encabezó una cumbre inter-confesional en Madrid en la cual dialogaron guías espirituales de varias religiones que firmaron un documento de clausura condenando la utilización de la religión como excusa para el terrorismo y la violencia. Esta iniciativa del rey Abdullah fue un tímido paso de acercamiento entre religiones, que aun deja mucho que desear, dada la escuálida y controlada presencia de mujeres invitadas y la ausencia de delegados emblemáticos como clérigos iraníes (¡uno solo asistió!), y rabinos israelíes (solo se invitó a uno que vive en Israel, David Rosen, invitado por tener también la nacionalidad de su país de origen, Estados Unidos).

Aun con estas limitaciones, es significativo que los millonarios dirigentes saudíes no se dediquen exclusivamente a preservar sus riquezas, sino también, que desde hace un tiempo les resulte prioritario promover la estabilidad del Medio Oriente con iniciativas de paz como los Acuerdos de Taif que en 1989 permitió un frágil entendimiento entre las rivales facciones de El Líbano; el plan de paz para Israel y sus vecinos que promovieron en una reunión de la Liga Árabe en Beirut en 2002, y que recientemente promovieran en Riad, previa a la Cumbre de Madrid, un encuentro entre clérigos de las dos ramas del Islam, históricamente confrontadas desde la muerte de Mahoma en el siglo siete: el sunismo y el chiísmo.

En septiembre, Abdullah recibió en La Meca a representantes de presidente afgano Hamid Karzai con delegados de un sector importante de los Talibanes – distanciado desde hace un tiempo de Al Qaeda – para dialogar en búsqueda de una solución pacífica para su país. Esta cumbre de iniciativa británica y auspiciada por varios gobiernos occidentales, incluyendo a Estados Unidos, intenta que el grupo identificado con Mullah Omar, líder del derrocado régimen Talibán y el actual gobierno secular se reconozcan mutuamente a cambio de la ruptura total de vínculos entre los estos islamistas con el grupo terrorista de Bin Laden.

¿Por qué Arabia Saudita, cuna de la versión más rígida y radical del Islam moderno – el wahabismo – cuyo “rostro” más perverso se ha visto en la Afganistán de los Talibanes (1996-2001), en el actual régimen sudanés del genocida Omar Bashir, y en el movimiento que nació con apoyo de su familia real, Al Qaeda, – comienza a desligarse de estos gobiernos y grupos radicales?
Un poco de contexto para este texto.

La Apuesta de las Apuestas

El control de la Península Arábiga es, como lo señala André Glucksmann en su libro Occidente Contra Occidente, la apuesta de las apuestas de todos los radicales islamistas y de quienes quieren convertirse en emperadores del Medio Oriente, desde Osama Bin Laden, pasando por los ayatolás iraníes, y por dictadores seculares como Sadam Hussein, cuando éste amenazó con invadirla luego de apropiarse de Kuwait en 1991.

La peregrinación a la Meca es uno de los pilares del Islam para todo musulmán que no tenga limitaciones físicas o económicas para hacerla. Por este factor religioso, y por sus grandes reservas de petróleo, Arabia es el lugar más codiciado por dirigentes de clanes, países, y grupos islamistas. El que posea a Arabia puede chantajear al mundo entero.

En 1932 la tribu Al Saud, – hoy, de unos 25 mil miembros y 200 príncipes, – conformó la monarquía que lleva su nombre luego de conquistar varias regiones desérticas de la península arábiga, y desde entonces, sus líderes manejan sus negocios en Riad, capital política del país, y se erigieron como los protectores del centro religioso del Islam, La Meca. La alianza sellada entre Roosevelt y los miembros de esta dinastía, hizo que desde entonces, este régimen tomara una posición pragmática en cuanto a su relación con occidente, que les garantiza mantenerse en el poder, e incluso, como demostró la Guerra del Golfo (1990-1991), ser defendidos por las grandes potencias en caso de amenaza a permanencia en el poder. La estrecha relación geopolítica entre los familia real de Arabia y los gobiernos occidentales no influye en lo mas mínimo en que la población de ese reino viva bajo una de las doctrinas más fanáticas del Islam sunita – el wahabismo – adoptada por los saudíes desde el siglo 18.

Si bien los saudíes y estadounidenses colaboraron con extremistas wahabitas de Pakistán al financiar, armar y entrenar a quienes luego conformarían Al Qaeda, en su guerra contra la Unión Soviética en Afganistán (1979- 1989), desde el 11-S, bajo el liderazgo del entonces príncipe, y ahora rey, Abdullah, fueron cortando su asistencia y apoyo a la corporación islamista de Bin Laden y a sus aliados palestinos, Hamas; a La Hermandad Musulmana egipcia, y a otros grupos fundamentalistas sunitas. En cambio, Arabia Saudita, busca ahora un acomodo con los gobiernos seculares de sus vecinos regionales – Egipto, Jordania, El Líbano, Siria, Irak y la Autoridad Palestina en Cisjordania – ante la amenaza de un islamismo aun más radical que el que ellos profesan, y ante el posicionamiento de la Irán fundamentalista chiíta como potencia regional del Medio Oriente.

Los saudíes no tiene la mínima intención de liberalizar su rígido sistema legal-religioso (shaaría) para sus súbditos, pero con el mismo pragmatismo con que intentan estabilizar el precio del petróleo para impedir que naciones como Irán y Venezuela lo utilicen como arma política, puesto que atenta contra sus intereses, se toman en serio deslindarse de sus ex aliados islamistas, que consideran a que los miembros de la tribu Al Saud se han convertido en “traidores vendidos a intereses de occidente” y corruptores del Islam.

Son estos los antecedentes que condujeron a la organización de la cumbre inter-confesional de Madrid y la de Talibanes y gobernantes seculares afganos en la Meca, con la cual Arabia Saudita intenta presentarse, no solo como mediador de conflictos de su región, sino también, a escala mundial, como conciliadores de todas las religiones, para así, intentar que la los musulmanes hagan caso omiso a los llamados a “guerras santas” promovidos por grupos extremistas.

El encuentro de Madrid demuestra, por sus ausencias, la brecha entre la intención propagandística del Rey Abdullah (y de alguna manera del gobierno español como promotor de lo que Rodríguez Zapatero llama “La Alianza de Civilizaciones”), y lo mucho que falta para acercar a las partes en conflicto. Solo el día en que los saudíes propicien, en su propia tierra, un dialogo amplio entre clérigos sunitas y chiítas; entre ambas corrientes del Islam con dirigentes judíos israelíes, y cuando las mujeres sean tratadas con el mismo estatus que los hombres, entonces sabremos que la tolerancia entre las religiones no solo se tratará de un espejismo sino de una ilusión asequible, justamente porque las razones que la motivan son tan terrenales como la necesidad de estabilidad política y económica.

Por lo pronto, un logro concreto: el dialogo entre enemigos afganos en La Meca, que de convertirse en un acuerdo, transformará lo que ahora se ve como un espejismo en una ilusión asequible.

Por lo pronto, también, un logro simbólico: la presencia en Madrid de un rabino israelí – aunque lo invitaran por su origen norteamericano – y la de un solo clérigo iraní – aunque no represente a los más prominentes miembros del régimen islamista chiíta de Irán – logra que ambos países, Israel e Irán, compartan algo en común: una mesa para dialogar en la cual ambos se sienten tan incomprendidos como sus gobiernos aducen serlo.

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