Opinión Internacional

Se agudiza situación del Medio Oriente

Tres eventos recientes, sucedidos en el trascurso de pocos días, dejan entrever las grandes dificultades para hallar un camino a la paz y el progreso en el mediano oriente. Por una parte están los atentados y sabotajes en Irak y por la otra los inesperados ataques suicidas en Israel en plena implementación de la ‘hoja de ruta’, hechos que muestran nuevamente que hay grupos interesados en perpetuar la violencia y la anarquía en la región, para avanzar sus intereses egoístas, destructivos y anarquizantes.

(%=Image(1704151,»R»)%) Empezando por la tensa situación de Irak, los trágicos incidentes de mediados de agosto indican que la reconstrucción y democratización del país no serán tareas tan fáciles como lo creyeron los planificadores de la guerra, convencidos que con eliminar el régimen de Saddam Hussein todo se arreglaría en pocos meses. Ante todo está el continuo descontento de la falta de servicios esenciales, producto de los devastadores bombardeos, los saqueos y el caos administrativo, sin olvidar la falta de empleo y la escasa actividad comercial y turística. Parece que las potencias ocupantes estaban preparados para la guerra, pero no para las arduas tareas que vendrían después de la supuesta ‘victoria’, que sirvió apenas como una prueba de fuerza hasta ahora a pesar de las obvias consecuencias geopolíticas.

Además de los asesinatos diarios de soldados, está el frecuente sabotaje de los oleoductos y plantas eléctricas, algo que va a convertir a Irak en un desaguadero de dinero. El mismo administrador civil, Bremer, estimó en 100 millardos de dólares la inversión necesaria para restituir el país a una relativa normalidad, o sea la cuarta parte del actual presupuesto militar de EE.UU., fondos que todavía no se sabe de dónde procederán. Y quizás se necesitará mucho más que eso si se quiere proteger a todas las embajadas, oficinas gubernamentales, hoteles y sitios turísticos, además de las residencias de los llamados ‘colaboradores’ iraquíes, expuestos a venganzas y hostigamiento. A veces es lícito preguntarse si no se hubiera logrado mucho más invirtiendo el costo de la guerra y la reconstrucción en planes constructivos en el mediano oriente, tales como ayuda tecnológica, intercambio cultural, los cuerpos de paz, préstamos a pequeños empresarios y subsidio de programas sociales. Para muchos observadores, no se termina de entender esa política de destruir a un país para luego reconstruirlo, a menos que eso convenga a intereses financieros de los promotores de la guerra
Ya es evidente que no podrán contar mucho con la venta de petróleo iraquí, por la vulnerabilidad de las instalaciones petroleras. No será posible establecer una vigilancia militar permanente de los extensos oleoductos al Mediterráneo o el Golfo Pérsico. Si el dinero para pagar la ocupación vendrá de los impuestos y de abultar los déficit fiscales de Washington y Londres, habrá seguramente una reacción adversa a la hora de las elecciones. Mientras tanto, habrá cada vez más presión para retirar los efectivos, al acercarse las emotivas fiestas de fin de año y el posterior período electoral. El proyecto de ampliar el grupo de potencias ocupantes o traspasar la responsabilidad del orden a las fuerzas de paz de la ONU, tuvo un fuerte golpe con el sangriento atentado al edificio de esa organización en Bagdad, donde murió incluso el prestigioso diplomático Vieira de Mello. El mensaje parece ser que la ONU se estaba plegando demasiado a los deseos anglosajones sin liderar enérgicamente el esfuerzo antibélico antes de la ocupación o sancionar luego a las fuerzas invasoras por ‘operar sin permiso’. Será difícil ahora que la ONU prosiga su labor de ayuda a los refugiados y a la reconstrucción del país, pues habrá pocos funcionarios dispuestos a trabajar allá. Y lo mismo está sucediendo con los empleados de empresas privadas, preocupados por su seguridad. Así, la ansiada recuperación económica, se alejará cada vez más mientras no se pueda garantizar la integridad de personas y edificaciones.

Todo esto indica que, a pesar de los alardes de Washington y Londres -y de la misma ONU- de que ‘no serán intimidados’, su labor de reconstrucción del país va a ser muy cuesta arriba. En una nación tan sensible a la opinión pública como EE.UU., poco a poco puede verse afectado el financiamiento de las operaciones y eventualmente el deseo de quedarse por un tiempo. Los espectros de Vietnam y Somalia vuelven a presentarse en el ambiente, temores que son explotados sin contemplaciones por la oposición demócrata, que desea coartar las posibilidades de reelección de Bush. En el Reino Unido sucede algo similar, con un Blair aún más vulnerable a raíz del escándalo generado por el ‘affaire Kelly-BBC’, provocado por el suicidio del experto en armas de destrucción masiva. Las manifestaciones de protesta y el asesinato cotidiano de efectivos, mantiene en los titulares los riesgos que corren las fuerzas militares, claramente insuficientes y continuamente expuestas a los incesantes ataques de guerrilleros y terroristas, mientras realizan las ingratas labores de vigilancia y represión en el calor abrasador de la región.

Encima de todo eso, están los conflictos religiosos y tribales, y las ambiciones políticas de los grupos chiítas –seguramente infiltrados por activistas iraníes- aumentan la confusión reinante, en un país cuya cultura no es comprendida por los ocupantes y cuya población los ha recibido con la hostilidad típica contra quienes destruyeron no sólo la relativa gobernabilidad que proporcionaba la dictadura de Hussein –a pesar de su sangrienta represión- sino su funcional infraestructura de servicios y producción.

A pesar de todo esto, es obvio que las potencias ocupantes no tienen mucha alternativa sino tratar de resistir y hacerlo mejor, aún invirtiendo más dinero por un tiempo, pues una retirada en estos momentos sería humillante e impensable, además de acrecentar los problemas regionales en el futuro previsible. Ante el hecho cumplido, sólo resta cooperar y esforzarse más, pues aunque sería un alivio en el plano económico, produciría una debacle política tanto para Bush como para Blair, sin olvidar el efecto en los países que se cuadraron con ellos en el plan invasor. En retrospectiva, aunque se pudo vender inicialmente la polémica ‘guerra preventiva’ –ahora considerada como una jugada estratégica para el control regional- Washington y Londres terminaron con meterse en ‘camisa de once varas’ de la cual será difícil zafarse sin cuantiosas erogaciones y una mayor presencia militar. Muchos observadores sospechan quecon una escalada de recursos militares se podría estar repitiendo el error de Vietnam y que al final tendrán que emprender la retirada, forzada por las realidades políticas y económicas en sus metrópolis.

Ahora, a unos meses de la guerra, trasluce que el plan inicial era un control militar y político de Irak, que a su vez debilitaría a las fuerzas hostiles del mediano oriente, especialmente en Irán y Siria (y Líbano, por supuesto) mientras les facilitaba la guerra a los grupos terroristas que pululan en la región. Se pensaba que Irán, al verse rodeada de países afectos a Occidente, mitigaría sus ambiciones geopolíticas y su militarismo, pero el acoso parece haber avivado la determinación de fastidiar a la coalición anglosajona, intensificando sus planes de tener un armamento nuclear y misilístico, a juzgar por los informes emanados desde entonces de Teherán. Por su parte, Siria sigue con un doble discurso, y ambas naciones –clasificadas como ‘parias’ por Bush- le siguen dando un apoyo subrepticio a los activistas radicales que laboran tanto en Líbano como en Palestina, Pakistán y Arabia Saudita (y en Irak, por supuesto.)
Mientras tanto, el plan de paz para Palestina se estancó nuevamente con los recientes ataques terroristas en Israel, con sus responsables en abierto desafío para ‘vengar’ un supuesto acoso a sus dirigentes. Aunque puedan argumentar, con cierta razón, la lentitud con que Tel Aviv ha liberado los prisioneros políticos y el irrisorio retiro de los asentamientos en zonas ocupadas –además de la construcción de un muro que se apropia abusivamente de territorio palestino-, nada justifica una masacre donde muere tanta gente inocente, incluso muchas mujeres y niños. En consecuencia, pronto habrá presiones de grupos ultra-derechistas judíos para desechar la ‘hoja de ruta’ y volver a una ocupación formal, aunque las autoridades de ambos lados insistan en atenerse al frágil plan inicial.
Aunque la situación no se presta a soluciones fáciles, es obvio que la iniciativa debe partir de las potencias occidentales, y en especial de Israel. Pero cualquier plan debe contar con la ayuda activa de organismos internacionales, la Unión Europea y naciones clave como Rusia, también afectada por un terrorismo inclemente. Mientras tanto, EE.UU., como la superpotencia metida de lleno en la tormenta debería atenuar su arrogante postura unilateral, reconocer sus limitaciones y solicitar ayuda tanto de la ONU y sus aliados como de los pueblos afectados, sin pretender arreglar todo a fuerza de dólares y bombas. Afortunadamente, se vislumbra una tardía resolución de la ONU que legaliza la ocupación, le concede un mandato auténtico a EEUU y UK y organiza un plan de reconstrucción con la participación de muchos países, ansiosos de ayudar pero frenados por la absurda actitud de autosuficiencia del dúo anglosajón. Más correcto sería poner todo a cargo de la ONU pero su proverbial lentitud conspira contra las urgencias de Irak, además de que la coalición no quiere ceder el control del país.

Por otra parte, Washington debería sincerar sus relaciones con ciertos países que han entorpecido los planes de paz, no tanto con acciones directas sino por sostener regímenes antidemocráticos y represivos, tales como Egipto y Arabia Saudita. El primero por ser subvencionado fuertemente por el erario público estadounidense, pues recibe 3 millardos de dólares anuales en ayuda, sin dar mucho a cambio, sólo como premio por haber acordado la paz con Israel en 1980 (ya han recibido 66 mil millones.) Y el segundo país, por mantener un emblemático y anacrónico régimen feudal, muy distinto a lo que se quiere hacer en Irak, sin olvidar el hecho que la presencia militar estadounidense en el suelo Saudita ofende a muchos fieles islámicos. Por otra parte, el apoyo oportunista de Washington al régimen militarista de Pakistán arroja duda sobre las convicciones democráticas de la superpotencial. No se puede tener posiciones ambiguas y apoyar a estos regímenes mientras se promueve la democracia en otras partes, todo a cuentas de la dichosa ‘lucha antiterrorista’. Y si bien ninguno de los países islámicos abrazará total y rápidamente la democracia, acostumbrados como están a regímenes fuertes y personalistas, se debería ser consistente con el mensaje que se transmite a la región y exigir al menos un plan para liberalizar sus instituciones.

El trato con Israel también debería ser más neutral y equitativo –sin dejarse influenciar mucho por los cómodos grupos de presión en EE.UU. y Europa-, pues los países de la región sienten lógicamente un apoyo automático y un trato preferencial de Washington a las acciones de Tel Aviv y dudan de la sinceridad de los mandatarios estadounidense en cualquier plan de paz. Aunque esto es más difícil hacerlo que decirlo, es hora que haya un poco más independencia en la política exterior estadounidense para darle la credibilidad que se requiere en una zona tan sensible como el mediano oriente a estas posiciones ambiguas. Igualmente sería hora que la región empezara a disfrutar de una política coherente de Occidente, sin irreales intenciones hegemónicas, ocultos intereses económicos o absurdas muestras de superioridad cultural, si se quiere iniciar el camino a la paz.

Por su parte, los líderes de países musulmanes, que siempre han usado el sentimiento anti-occidental para llegar al poder o mantenerse en el mismo, deberían usar otras excusas para explicar el evidente atraso de sus países, sin culpar siempre a factores externos sino a su cultura retrógrada, incongruente con la globalización que vive el mundo. Se puede mantener un cierto grado de orgullo étnico e identidad cultural mientras se adopta gradualmente lo mejor de la cultura occidental, sin pretender aislarse del mundo como lo hacen países como Libia, Siria, Sudán e Irán, mayormente para que se mantengan en el poder camarillas teocráticas y populistas, o liderazgos personalistas. Mientras tanto, los grupos extremistas que acuden al terrorismo, pueden ser aislados y desactivados por las mismas comunidades árabes, si se les persuade con un sincero mensaje progresista y se les concede la cooperación adecuada, mientras comprenden que el problema de la región no es tanto la intromisión extranjera sino la incapacidad administrativa y corrupción gubernamental de la mayoría de los gobiernos de la región, que han dado lugar a una evidente inequidad social, incomprensible especialmente en los países petroleros. Algo que sucede en muchas otras regiones del mundo, como bien lo sabemos nosotros en Latinoamérica… y especialmente en Venezuela.

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