Opinión Internacional

Socialismo

Santiago de Chile (AIPE)- Hay que tener comprensión con los socialistas de todos los partidos, pero no hacerles caso. Su proyecto e ideología colapsaron. La URSS se desintegró, quedando la pobreza, la ineficiencia productiva, el caos político, las mafias y los intentos de volver al capitalismo. Lenin, Stalin y Tito no eran inmortales, y nuestro Fidel es sólo un dictador viejo. Las sucesivas terceras vías valen hongo y el estado benefactor se derrumba entre ciudadanos reprimidos, el desempleo y el crecimiento que tiende a cero, con poblaciones que reducen su tamaño. La inevitable, científica y automática crisis del capitalismo se esfumó, y sólo queda la desaparición paulatina de las personas, promovida por políticas antifamilia, programas oficiales de «educación», sexo abierto y otras gracias del Estado nodriza, de elevados tributos que se reparten a los amigos, compañeros y grupos corporativos, mediante programas inútiles y regulaciones contra las innovaciones, trabajo y riesgo creador.

Un fracaso sin proyecciones, como lo fue el chileno de la Unidad Popular, nos dejó en la ruina, nos metió en una batalla campal y terminó con la democracia decadente que teníamos, pero democracia al fin. Los socialistas instalaron a los militares en el poder y éstos hicieron una revolución – ¡oh, sorpresa!- liberal, que dura hasta hoy.

Los cuatro o cinco partidos socialistas que gobiernan ya no tienen nada que ofrecer: el viejo cuento de la igualdad -que llaman equidad, para confundir- y, ¡claro!, los derechos humanos. Con éstos ganan las elecciones, así como con ciertas reformas constitucionales, cosa que no entienden los que mal interpretan las encuestas de opinión. Sus programas sociales estatistas son un desastre y el aumento de los tributos –totalitarismo que limita la libertad personal– nos está llevando al viejo crecimiento mediocre, con alto desempleo.

Si fueran estadistas serios, ya habrían resuelto las peleas de la cuasi-guerra civil del 73. Además, propondrían ideas en torno al desastre de la educación, la salud, los inútiles gastos estatales, la mejoría de la justicia y la seguridad interna o la fracasada guerra contra las drogas. Dirían algo sobre el desarrollo basado en más apertura y libertad y menos regulaciones y favores a grupos de interés, tipo sindicatos, agricultores o Colegio Médico. Es que no comprenden que la creatividad y el conocimiento están en las personas, que interactuando con libertad y reglas claras hacen el progreso. Hablan de derechos humanos, pero sin entender que ellos, partiendo por la libertad, son prioritarios respecto del Estado, la clase trabajadora, los gremios u otros agregados sociales que consideran a las personas como hormigas a pisar.

Todo hay que regularlo porque somos tontos. Programas y textos oficiales, consejo de televisión censurador, empresas estatales y ley para casarse y divorciarse, en vez de permitirnos contratos en libertad. Servicio Nacional del Consumidor, consejos «pa’la cultura», películas «oficiales», superintendencias hasta para el gato y casi cero libertad para el trabajo, jornadas y sueldos.

Pena el totalitarismo, aunque -es cierto- ahora hablan de la persona digna y los derechos humanos. Pero juegan con estos conceptos, así como con la democracia, en la que muchos nunca creyeron. No los toman en serio y sólo los usan electoralmente y para tener más poder. Mercado libre sí, pero regulado por leyes y superintendencias. Apertura sí, pero con protecciones para grupos corporativos. Propiedad privada sí, pero con expropiación por la vía tributaria y variadas prohibiciones. Estado de Derecho sí, pero no para militares y, pronto, tampoco para ciertos civiles. Dictadura judicial, al aguaite.

Falta alternancia en el poder. Socialismo, “¡váyate!”, como dice mi nieto Tomás.

(*): Profesor de economía, Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile.

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