Opinión Internacional

Vientos de cambio

Tragó, abrió desmesuradamente sus ojos, puso un pie adelante y otro atrás. Sus ojos estaban llenos de pesadumbre o de miedo, tal vez porque acababa de estrechar mi mano y había osado saludarme. O tal vez sólo eran los ojos de un hombre encolerizado que desprecia a toda persona que apenas llegue a mencionar el nombre del enemigo. Yo no sabía qué decir. Cualquier cosa que quisiera decir, se trataba de la reacción de un Árabe ante el hecho de que yo, una Palestina, le diera la bienvenida a su grupo en el Museo Memorial del Holocausto en los Estados Unidos. Esto fue lo que ocurrió cuando yo le dije que era de Israel.

El grupo se reunió alrededor de una mesa y allí les brindé café, te y galletas: El silencio conquistó la sala mientras el leve sonido de alientos preocupados llenaba el aire —el aliento de años de diáspora palestina y árabe y de la desesperación; el aliento de años de rabia y de sentimientos de traición; el aliento de agonía sobre refugiados por doquier, y la memoria imborrable de la catástrofe Palestina. Pues allí estaba yo, una joven mujer israelita-palestina, representando un nuevo paradigma que conmueve y sacude todo el sufrimiento de mi propia gente por el hecho de trabajar con el “enemigo” en un museo del Holocausto.

Me observaban ojos sospechosos desde todas las esquinas, que parecían preguntarse en qué clase de tránsfuga al sionismo yo me había convertido. Esta es la reacción que observo con frecuencia, en el museo del Holocausto, en particular por parte de hombres árabes. Me hacen sentir cómo si yo hubiese cometido un crimen contra la humanidad por haber pronunciado la palabra “Israel” con tanta comodidad. Es una rara realidad la que vivo. Me reúno con gente de todas partes del mundo, y usualmente me acogen con mucho respeto y con una sonrisa amplia. Pero hay algo acerca de una palabra que derrumba a los hombres y mujeres árabes. Hay realidades políticas obvias que explican por qué hay tanta hostilidad frente a la existencia de esta “entidad”. La zona de guerra inestable en el Medio Oriente conduce a la corrupción, a la destrucción, y a un ciclo insoportable de violencia impulsada por el hecho de inculpar y por la humillación en nombre de cada una de las partes. Nadie quiere oír al “otro”, ni siquiera a si mismo. Sólo hay un reclamo: Israel es responsable de todos y cada uno de los fusilamientos e incendios.

Hoy en día el mundo árabe está lleno de miseria, y constantemente quiere colocarse una máscara para proteger su dignidad y su honor. Tiene ansias de reconocimiento. Para lo bueno o lo malo, se trata de una región llena de las víctimas de las víctimas. Su gente jugará siempre el juego del huevo y la gallina, persiguiendo la historia en círculos y deseando vehementemente la victoria. Lo que es más, Israel está siempre en el frente de batalla, listo para atacar o defenderse. El mundo árabe no llegará a compromiso alguno mientras Israel no deje su intransigencia y mientras él mismo mantenga la suya. Pero, Israel provoca al mundo árabe a través de la humillación, humillando a los padres árabes frente a sus hijos y jactándose de su democracia “exitosa”, una democracia que no me incluye a mi en pie de igualdad.

Como parte de mi trabajo como una mujer palestina-israelí en el Museo, he tenido la experiencia única de introducir a audiencias de todo el mundo a la materia del Holocausto. Me parece que son pocos los que distinguen entre el Holocausto como una historia humana e Israel como una historia política: ciertamente, para el mundo árabe ambos están entrelazados. En el mundo árabe, el Holocausto no es una historia sobre el sufrimiento humano, sobre la capacidad de maldad o indiferencia. Es entendido sólo como una excusa para que exista Israel. Es percibido como un vehículo político a través del cual Israel recibe ayuda de los EU y así se le paga para que sea fuerte, estable y molesto para los vecinos árabes. Entre los académicos, los intelectuales, los educadores, los líderes políticos, y la persona común en el mundo árabe, el Holocausto es considerado como una herramienta para inducir engañosamente al mundo a legitimar la ocupación israelí.

Eso es lo que carga a la mente árabe. No hay lugar para sufrimiento judío cuando ese sufrimiento se asocia a Israel, a la ocupación de los palestinos por Israel, la historia de 1948. A pesar de todas mis quejas y mis puntos de vistas con la reacción árabe, hay buenas razones por las que no pueden oír el sufrimiento “del otro”.

Pero oyen a través míos y de la anomalía que yo represento. Trato de llevar a la idea de un modelo de sufrimiento en el que hay lugar para que las personas expresen, enfrenten, y relaten el sufrimiento desde un punto de vista humanista. No combato el odio con odio, ni la violencia con violencia. Si hay una lección que hay que aprender del Holocausto es cómo el odio condujo a la Alemania nazi y a otros países a que cometieran atrocidades humanas. Creo que todos debemos enfrentar nuestros errores, pasados y presentes, y compartir responsabilidad por nuestro papel en la tragedia humana. El dolor no debe ser algo que divida sino más bien un puente —que nos permita identificarnos con el sufrimiento humano, que nos permita humanizar a nuestros enemigos y promover un mundo mucho más sano en el que podamos vivir y crecer.

Es bastante algo observar a los hombres árabes que visitan el Museo del Holocausto. A pesar de mis críticas a sus reacciones sesgadas, su visita al Museo del Holocausto es una declaración que desecha cualquier acusación de extremismo o de antisemitismo. Su visita es un gesto para un cambio positivo.

Cuando les llegó el momento de partir, estrecharon mi mano, esta vez con confianza, uno a uno, con su otra mano en su pecho, casi como una reverencia, un gesto de respeto. Fue una experiencia asombrosa para una joven mujer árabe recibir ese signo no verbal de respeto en medio de tanta controversia. Pero el hecho es que están aquí y que yo estoy aquí, incluso cuando ambos mantenemos nuestro compromiso frente a una solución justa para los palestinos, es prueba de que hay un viento de cambio que mueve a la gente a enfrentar la historia, a dar la cara frente a sus enemigos, y, lo que es más importante, frente a si mismos.

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*Manar Fawakhry, una facilitadota en más de cincuenta diálogos entre palestinos e israelíes, es una estudiante de postgrado de Análisis y Resolución de Conflicto en el Instituto para Análisis y Resolución de Conflicto en George Mason University. Este artículo es distribuido por el Common Ground News Service (CGNews) y hay acceso al mismo en (%=Link(«http://www.commongrouundnews.org»,»www.commongrouundnews.org»)%).

Fuente: Common Ground News Service, 27 de septiembre de 2007.

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Se concede permiso de derecho de autor para volver a publicarlo.

Traducción: Carlos Armando Figueredo

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