Opinión Internacional

Yeltsin fue un Peligro Para el Mundo

VAN pocos días del año para comprobar si la renuncia de Yeltsin es un regalo de año nuevo a los rusos y a la política internacional, y si el Presidente interino de Rusia y a la par autorreconfirmado Jefe de Gobierno, Vladimir Putin, significa algo más que un cambio del inestable ocupante del sillón principal del Kremlin o su continuidad en condiciones sobrias y un comportamiento personal diferente, rostro adusto marcado por una mayor profundidad en las ideas sobre el mismo proyecto de hacer de la inmensa Rusia, con sus territorios federados o agregados, la potencia que fue bajo los zares y como Unión Soviética. Las circunstancias personales del Yeltsin considerado como el gran reformador del sistema socialista, para su pase acelerado al capitalista, ya no se acomodaban a ese propósito.

Quien era su dirigente principal ya no podía conducirlo entre la cama del hospital y la barra de las inhibiciones alcohólicas que aligeran la carga, entre la enfermedad y el alcoholismo. Era inconcebible que, en manos y mentes tan alteradas, pudiera encontrarse un maletín con las claves o botones que pueden poner en marcha el subsistente sistema de destrucción nuclear, y con el que incluso podría entretenerse su hija Tatiana, dada su responsabilidad oficial en el manejo de la imagen del padre, y su vinculación, según acusaciones, a los escándalos bancarios de la familia. La corrupción oficial y privada no tenía antecedentes ni siquiera en las mayores veleidades propiciatorias de la decadencia en niveles burocráticos soviéticos.

Ese Yeltsin, desprovisto de aquella aparente imagen bolchevique, aunque de signo contrario, que se subió a un tanque para hacer fracasar el golpe de Estado de los veteranos y decadentes comunistas contra el renovador Gorbachov, era ya un peligro para Rusia y planeta; para el mismo mundo occidental -valga decir en el caso capitalista- que lo apoyó y exaltó como quien daría -y no se equivocó- la puntilla al oso antes bravo y que volvía a su condición de pacifista circense. Se le apoyó incluso cuando con los cañones atacó uno de los fundamentos de la democracia que modernizaría a la Rusia anacrónica; el parlamento, la Duma, y no porque el edificio en ruso se llame la Casa Blanca. Ese error idiomático estaba excluido de las confusiones mentales del nuevo líder que, efectivamente, legalizaría su poder democrático al uso moderno en las elecciones que lo hicieron Presidente de la República federada donde la nueva libertad devolvía viejos nombres a las ciudades, entre nostálgicas banderas zaristas y derrumbes de las superabundantes estatuas de Lenin y Stalin. También, con los cañonazos que dispara a tiempo y a blanco fijo el Fondo Monetario Internacional.

¿POR QUE LOS CAMBIOS?

Quizá no esté todavía claro para la historia por qué los cambios en la Rusia y aledaños soviéticos no siguieron el nuevo curso que apuntaba la «perestroika», y fue Yeltsin y no Gorbachov quien lo condujera, conservando muchos de los valores y avances sociales, cuya pérdida hoy se lamentan, y excluyera cuanto de malo se les había agregado por errores, desviaciones y conservadurismo inmovilista. El desemboque a favor de Yeltsin, con su culminación caótica, y no de Gorbachov -quien desde luego tampoco puede sacudirse su responsabilidad histórica-, incluye, por supuesto, la veleidad acelerada y la deslealtad del primero. Pero menos anecdóticamente puede quizás advertirse también un error de fondo en los «perestroikos», pues abordaron las reformas implícitas en la sociedad sin hacerlas antes en el interior mismo del partido gobernante, cuando Estado, gobierno y partido eran parte de un mismo cuerpo, y el partido, sin grandes cambios, perdía capacidad y credibilidad para ser su indicado ejecutor. Naturalmente, los factores sociales y los éticos tampoco pueden ser caprichosamente controlables mucho tiempo.

Entretanto, la historia y sus personajes vivos, u otros testimonios auténticos, aportan luces para entender un proceso irreversible, que tampoco podía seguir bajo la impronta escandalosa de Yeltsin y su grupo, la designación de P yin como Presidente, y su candidatura para las próximas elecciones presidenciales -que al parecer él se propone anticipar-, tiene diversas interpretaciones. Para algunas de ellas se trata de un golpe de Estado pacífico cometido por el mismo Yeltsin. No un autogol, aunque al Presidente provisional le resulta indispensable agarrar la escoba para limpiar el Kremlin de algunas herencias, como Tatiana la hija, y los funcionarios presidenciales más directamente ligados al mando de Yeltsin. Para Gorbachov, es la entrega del poder a una oligarquía: forma de gobierno ejercido por un reducido grupo de personas pertenecientes a una misma clase social, y más extensiva y concretamente a los dueños de los negocios y de la riqueza.

LA SUCESION

La primera acepción corresponde inequívocamente a esta sucesión. Ese pequeño grupo depositó su confianza en Putin, quien, por su formación en los órganos de seguridad del Estado, conoce perfectamente reciedumbres y debilidades de personas encumbradas y de grupos nuevos y antiguos. En cuanto a la más habitual de un puñado de asociados en los negocios, también parece increíble que en tan escaso tiempo del desmoronamiento del llamado socialismo real, en Rusia haya surgido una oligarquía tan poderosa como para imponer qué tipo de gobierno debe haber y qué personas integrarlo. Pero también eso es real, cuando las mafias y las complicidades han producido la emergencia de una clase social que no ha tenido que seguir el proceso larvario de la integración capitalista en otros países de régimen distinto o de mayor atraso.

El arrasamiento no sólo de los defectos o injusticias del socialismo real, sino de cuanto era perdurable y corregible como contenido de la primera revolución socialista del mundo, explica que hoy el Partido Comunista ruso sea el más votado en elecciones democráticas, el grupo partidista mayor en el parlamento, y que sólo no tenga la mayoría parlamentaria por la alianza de otros partidos creada gracias a la habilidad de Putin para garantizar su triunfo.

La aparición de ese capitalismo real en la Rusia ex soviética ha contado con un fuerte elemento psicológico que refleja la nostalgia zarista del principio del derrumbe: la guerra implacable contra Chechenia. Entre tantas desgracias, el sueño imperial, la grandeza perdida, es una fuerte trampa emocional que, al mismo tiempo, favorece a las mafias, a los traficantes de armas, parte de la nueva oligarquía. Y fortalece al ejército con nuevas arengas. Sin embargo, todo ello junto, sin descartar nuevas fases del escándalo por las presuntas cuentas de la familia Yeltsin en Suiza, ofrece un panorama complejo donde la aparente frialdad que comunica la imagen de Vladimir Putin tendrá mucho de qué ocuparse.

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