Opinión Nacional

A dos años de la Independencia

Estamos ante dos bicentenarios cruciales, el del 19 de abril (2010) y el del 5 de julio (2011). La guerra fue extremadamente destructiva. Construir repúblicas sobre las ruinas es tarea harto difícil, como quedó demostrado.

Sobre las ruinas tendremos que construir una república. A un año y a dos años, no podemos esperar para comenzar la tarea edificadora. Debemos al mismo tiempo erigir independencia y las bases del nuevo edificio republicano, misión compleja para la cual debemos apelar a la imaginación creadora.

No puede ninguno de los dos bicentenarios envolverse en la muestra de misiles o en el desfile de milicianos. Resultaría insólito degenerar la palabra celebración a una muestra de militarización, no sólo por el ejercicio impúdico del poder por parte de una logia salida de las Fuerzas Armadas, sino también por la presencia de la militarización de una parte de la sociedad civil convertida en Guardia Pretoriana como la que acompañó hasta su final al dictador iraquí.

Los venezolanos estamos obligados con la historia y con los Padres Libertadores a que ambos bicentenarios se celebren en la civilidad, con actos de manifestación de la cultura, quizás como aquella célebre muestra que mi querido Juan Liscano montó en el Nuevo Circo de Caracas para agasajar la llegada al poder de Rómulo Gallegos.

Los venezolanos no podemos permitir la afrenta de celebrar ambos bicentenarios en medio de la distorsión y falsificación de la verdad histórica. Los venezolanos no podemos permitir, so pena de deshacernos en la ignominia, celebrar ambos aniversarios bajo un yugo. Si así lo permitiésemos habríamos perdido el derecho de honrar nuestro pasado.

Las leyes que se anuncian, las declaraciones que se pronuncian, la renovada aparición de muchos “Pedro Estrada” que ahora no ejercen desde las “Seguridad Nacional” sino desde los curules de un parlamento que no merece tal nombre, deben conllevar al surgimiento de un gran movimiento nacional de rescate que me permito denominar “Operación Bicentenario”.

“Vuelvan carajos”, gritó Páez, no “Vuelvan caras”, como a algún historiador gazmoño se le ocurrió en mal momento. Quizás desde allí no llamemos a las cosas por su nombre y busquemos edulcorantes y recurramos a viejos elementos definitorios obsoletos. “Unidad, Unidad”, grita algún grupo en un strip tease elocuente, pero sin plantear para que se quiere tal unidad y cuales son los propósitos de esa unidad y que se va construir a partir de esa unidad. La “unidad” por sí misma no resuelve nada. En alguna ocasión titulé un artículo “La unidad es nociva para la salud”, queriendo remarcar un ángulo específico, el del silencio contemporizador en aras de evitar el choque de las ideas. Pero allí no queda todo, a pesar de Arturo Uslar Pietri lanzar la palabra “pendejo” como válida en unos medios de comunicación regulados por mojigatos en los cuales “no se permiten malas palabras”, todavía no se puede decir allí mismo para definir a algunos “invitados predilectos” que van a las entrevistas sin tener nada que decir, o peor, que van a las entrevistas a torear, a evitar comprometerse, a pasearse en la estratosfera de las evasiones criminales y creativas de confusión en un país en precario estado psicológico.

Si nos permitimos la aberración en los bicentenarios ya ni Bolívar ni Sucre serían capaces de redactar constituciones para reacomodar las piedras y Andrés Bello terminaría en Chile y Vargas no tendría garganta para poner en su sitio a Carujo. Seríamos indignos de todos ellos. El pensamiento debe manifestarse delineando lo que será la democracia de este siglo. La acción debe manifestarse sin desesperaciones, pero constante y sin la evocación enojosa y condenable de “trapos rojos”. No se combate lanzando masas a la represión. Hay que saber que el poder de fuego del régimen es infinitamente superior. Hay que mellar, con objetivos alejados de lo grandilocuente, pero buscando el objetivo final: la celebración de los Bicentenarios en civilidad, en cultura y en libertad.

Se llama tácticas, por si alguno no lo sabía. Todas ellas envueltas en lo que se llama estrategia, por si alguno no lo sabía. El envoltorio que propongo es el arribo a los bicentenarios. Hagamos de los bicentenarios el gran objetivo nacional. Qué los bicentenarios inspiren al país. Que el espíritu de los bicentenarios sirva para inflamar la voluntad republicana que aún ve a Emparan uniformado de Capitán General pasando revista a las tropas de ocupación interna.

Se lo debemos a los padres de la república. Démosle de regalo a ellos y a su herencia dos grandes celebraciones de la inteligencia, de la cultura, de un nuevo aliento de país que busca la ciencia y la tecnología, el espíritu y nuevas concepciones, la política redimida de la mediocridad, unos hombres dignos dirigiéndonos hacia el futuro.

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