Opinión Nacional

Abuelos en casa

El 70 % de los abuelos cuida de forma habitual de sus nietos, un dato llamativo que pone de relieve la importancia de los mayores en los nuevos contextos familiares
El nuevo rol de la mujer como trabajadora fuera de casa, la concepción del matrimonio como una sociedad simétrica de iguales, la fragilidad del vínculo conyugal con el consiguiente incremento de las rupturas, las crisis económicas que de forma cíclica zarandean la estabilidad de las familias. En tales circunstancias, un número cada vez mayor de abuelos se está convirtiendo, como “cuidadores” de sus nietos, en elementos esenciales del equilibrio familiar y en piezas clave en el plano social y económico. En efecto, suplen importantes deficiencias en el terreno del cuidado infantil y, al realizar de forma gratuita su servicio, permiten a las parejas jóvenes que soportan, frecuentemente, hipotecas abrumadoras, un ahorro sustancial que les ayuda a vivir con mayor desahogo y a eliminar un factor de estrés que podría ser negativo para la estabilidad de su relación.
El contacto entre nietos y abuelos es tan enriquecedor para ambos. A unos les estimula a crecer y a los otros les sirve para descubrir un nuevo sentido a sus vidas. Los abuelos aportan a sus nietos cariño, les trasmiten valores, les hacen partícipes de experiencias vitales que les ayudan a madurar, a distinguir, desde la sabiduría que aportan los años vividos, lo importante de lo que no lo es tanto, a saber esperar, a tolerar, a relativizar.
Representan la referencia histórica de las raíces de la propia familia. Trasmiten el testimonio de otras épocas, el sentimiento de continuidad generacional y el sentido de pertenencia a un árbol familiar, aspectos todos ellos de gran relevancia para el desarrollo psicológico de los niños. Y, desde luego, cuando la estructura familiar se resquebraja o salta por los aires. Son ellos quienes con más coherencia encarnan los valores esenciales de pertenencia, origen y cohesión de la propia familia.
Los abuelos nos refieren que el contacto con sus nietos se convierte en una vivencia única que llega a trasformar, en cierta medida, su propia percepción de la vida. Se sienten estimulados por los pequeños, viven la experiencia de saberse útiles, reciben de ellos ternura y confianza.
Estar incorporados de forma tan activa al contexto familiar, y de forma tan positiva, no les exime del deber de extremar el cuidado para no invadir terrenos que no les son propios o asumir responsabilidades que en ningún caso les corresponden. Es el secreto de “saber estar”, de mantener la más exquisita de las delicadezas para no convertirse en un obstáculo que dificulte las relaciones de pareja de sus hijos. Su papel, es subsidiario. Deberán acreditar la más exquisita prudencia respecto a los objetivos educativos que los padres hayan propuesto para sus hijos. De ahí la importancia de que queden precisados, desde los primeros momentos, las reglas y los límites que afectan a los niños. Sería funesto, desde el punto de vista educativo, incurrir en contradicciones graves que pudieran instalar a los menores en el terreno de la inseguridad y la confusión.
Un abuelo discreto se cuidará muy mucho de emitir delante de los niños juicios que puedan poner en entredicho los criterios de sus papás. Aunque entiendan que las pautas educativas que éstos utilizan sean, según sus puntos de vista y su experiencia, inadecuadas.
Quizás deban aprender también a “decir no”, a poner condiciones y a marcar límites. Movidos por su generosidad y por el amor inmenso que suscitan en ellos los hijos de sus hijos, asumen frecuentemente compromisos que enajenan su libertad e hipotecan, hasta extremos nada razonables, su propia vida. Pueden así incurrir en lo que ya empieza a conocerse como “síndrome de los abuelos ausentes”. Abuelos que viven sólo para los demás y que son incapaces de decir “no puedo” o- mucho menos- “no quiero”.
“Quiero mucho a mis hijos y adoro a mis nietos –me decía una jubilada de 70 años-, pero tengo, a veces, la penosa impresión de que mis hijos no son conscientes de mis límites y, de forma un tanto sutil, me exigen una entrega que va más allá de mis propias capacidades”.
No se les debe pedir en exceso. También ellos tienen derecho a disfrutar de una bien merecida tranquilidad y de un tiempo de ocio que han ido ganando a lo largo de toda su vida.
 

Catedrático de Filosofía, terapeuta familiar y vicepresidente internacional del Teléfono de la Esperanza
www.telefonodelaesperanza.org

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