Opinión Nacional

Agravar como solución

Por siglos los médicos practicamos una medicina que menos que mágica era dramáticamente peligrosa. Ante enfermedades que no sabíamos de ellas más que lo que veíamos padecer al enfermo, practicábamos procedimientos que hoy consideramos salvajes. Una copiosa sangría tranquilizaba a un enfermo agitado, pero la recuperación de la anemia podía no darse y las consecuencias ser fatales. Una gallina yaciendo en una herida o una úlcera es grotesco y terminal. El uso de venenos y el consumo de drogas como el opio, eran tan frecuentes como perjudiciales. La temeridad ante las enfermedades infecciosas y la violentísima práctica de la cirugía, sin otro anestésico que el alcohol, eran tan peligrosas que podían ser peor que el mal que pretendían curar.

La evolución natural, espontánea, libre y autónoma, del quehacer médico, apoyado por la sociedad esperanzada, ofrece hoy soluciones seguras y confiables.

Pero no es sólo la medicina la que ha usado procedimientos extraordinarios, peligrosos y de resultados muy cuestionables; otras actividades sociales y políticas también lo han hecho.

Baste recordar las muchas veces que los humanos hemos recurrido a las guerras, el genocidio y a buscar y aceptar tiranos, dictadores, gobiernos de facto y otras formas aberradas de conducción social, para resolver situaciones cuya solución no era obvia y no contábamos con los conocimientos para hacerlo o no queríamos ni teníamos el deseo de profundizar y encontrarlos.

En ocasiones nos encontramos ante situaciones que en un primer momento no podemos resolver y puede ser que actuemos de manera intuitiva e impulsiva, sin darnos cuenta de que no tenemos la paciencia ni la disposición de meditar las posibles soluciones, buscar el adecuado consejo del experto o explorar nuevas formas de enfrentar y resolver el predicamento planteado.

Esa es la más frecuente de las explicaciones del divorcio, las guerras, los insultos, las represiones políticas y últimamente, en Venezuela, los sindicatos paralelos, los consejos revolucionarios de gobierno, las autoridades capitalinas, las expropiaciones, las decretorragias, los organismos internacionales paralelos con los mismos intereses y miembros, excepto los que no le gustan al proponente.

El plan es actuar por impulsos, sin solucionar, agravando, confundiendo y generando el caos.
El caos se organiza solo, no necesita de guía ni esquema. La regularidad, normada y bien estructurada es contraria a la impulsividad, a la puntada de rabo y por supuesto a la paciencia, el diálogo, el análisis y a la búsqueda de soluciones justas y equitativas.

Entender que las instituciones gubernamentales, las empresas y los organismos nacionales e internacionales tienen una vida propia que debería llevarles a su optimización estructural y adecuada gestión, es tan importante como entender que la Constitución y las leyes deben permanecer y ser objeto de vigilancia y mejoramiento continuo, para brindar al pueblo la seguridad de la estabilidad y eficacia que todos aspiramos.

Nuestra labor debe ser el estímulo del individuo y las comunidades, la protección de las instituciones y empresas, la vigilancia del cumplimiento de las normas y leyes nacionales y el fomento de las relaciones internacionales adecuadas y de mutua solidaridad.

Para nada queremos convivir con la discordia en lugar de buscar soluciones que acomoden al individuo y a la sociedad en un plano de convivencia estimulante y creativo.

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