Opinión Nacional

Al revés

Todo el mundo persigue un ideal. El otro día alguien mencionaba que su sueño era convertirse en un magnífico pianista. Mi sobrino, que apenas tiene doce años, quiere ser el gran piloto. Otros se queman las pestañas porque la fulana beca es para los mejores, e incluso algunos han pactado con el diablo para conservar su cánon de perfección, que es la eterna juventud. Y así.

Yo, como los demás, también guardo mis anhelos. De un tiempo para acá me ha dado por imaginar un mundo diferente, verá usted. Uno en el que ciertas cosas –los ideales, pongo por caso- se pusieran de patas para arriba. Entonces me pregunto: ¿qué tal si a los sueños de grandeza se les asesta un golpe en plena nuca?
Un golpe en plena nuca significa lo que para mí viene siendo el afán de lo peor. Me explico: entre tanta gente con ganas de subirse al pedestal más alto, me carcome el afán por ocupar los últimos lugares. Y es que para ser el peor, muy contrariamente a lo que la mayoría supone, hay que empeñarse de lo lindo. Es verdad que hay gente buena, excelente incluso, en esto o en aquello, pero tarde o temprano tiene uno que aceptar lo irremediable, es decir, que competir por el rezague cuesta también Dios y su ayuda.

Porque una cosa es apuntar al cielo y otra es dar el tiro al suelo. Eso lo hace cualquiera. Pero erigirse en el último escritor, en un patético esgrimista o en arquitecto postrero, no me negará que implica un reto de lo más interesante, sobre todo por la competencia que engorda cada día sin frenos -no pasa una semana en la que no se rompan las mejores marcas-. Un ejemplillo ilustrativo: si el presidente, que se esmera como nadie en hacer las cosas bien, no acierta ni por carambolas, imagine el adversario en que se convertiría si decidiera ser el peor. Para ganarle habría que emplearse a fondo, y pienso que ni así. De modo que la antítesis de lo mejor requiere vocación, talento y trabajo, quizás más del que con gran nobleza hace sudar a un medallista de las Olimpíadas.

Me ha dado, pues, por ser el peor. Como juego muy mal al ajedrez, decidí participar en un torneo. Salí contento porque ocupé el penúltimo lugar, nada malo si consideramos que apenas fue el primer intento. Estoy convencido de que los sueños de bajeza no tienen por qué avergonzar a nadie. Todo lo contrario, sus cuotas de exigencia superan con creces las de los trillados de grandeza, aparte de que van siendo menos aburridos. En el fondo, sin embargo, terminan por compartir nicho, culminan en un abrazo profundísimo y de lo más unificador, pues los hermana el sacrificio, el esfuerzo por alcanzar un objetivo, las ansias de acceder a lo mejor -sí: lo mejor de lo mejor y lo mejor de lo peor-. La serpiente, pues, mordiéndose otra vez la cola.

Si un presidente, un ministro, un gobernador, un alcalde, un puñado de concejales, pobrecitos, a quienes todo les sale de la patada cuando en realidad lo que pretenden es un resultado óptimo, cambian de perfil, de óptica, de horizonte, y deciden enfrascarse en rollos para los que muestran un talento natural, o sea, deciden esforzarse por conquistar elevadas posiciones en el campo de las mediocridades, quién quita, a lo mejor por estar buscando hacer las cosas mal éstas empiezan a salirles bien. Eureka. Hasta para eso serviría mi sueño, a favor de semejantes personajes, malos entre los malos en este pobre país, obraría mi afán por colocar de cabeza esas elevadas ansias que en líneas generales cualquiera manifiesta.

En cuanto a mí concierne, seguiré en mis trece. Estoy a la caza de un nuevo trofeo, no otro que escribir el peor de lo artículos. El peor de los peores, que ya es mucho decir. Si usted no entiende éste, o lo va aborreciendo a medida que se adentra en la lectura, entonces voy por buen camino. Mientras tanto, gracias por leerme.

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