Opinión Nacional

Ángela y los siete enanitos

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Había una vez una mujer que dirigía el destino de los pobladores nacidos en la tierra de Blancanieves, Germania, que se llamaba Ángela, pero a diferencia de la doncella del otro cuento, fue ella quien hospedó a siete enanitos invitándolos a conversar sobre asuntos que ocurrían en un mundo lleno de tiranuelos a quienes les gustaba mirarse a los espejos de sus delirios.

Estos encuentros se conocían como “La Cumbre de los G-8”, y aunque no todos sus miembros se llevaban muy bien, sí tenían intereses en común y compartían felizmente un cuento de hadas alejado de aquellos de cuyos problemas y tragedias, ellos no padecían.

Uno de los temas de sus debates solía ser el de los millones de cazadores – que a diferencia de aquel benévolo que se negó a matar a Blancanieves – utilizaban sus armas contra todo blanco, negro y colorido personaje, a quien le ordenaran hacerlo. Hablaban sobre cómo evitar matanzas aunque todos sabían que luego seguirían vendiendo las armas, que construían a granel en sus propios reinos, a cualquier cazador que se las comprara.

Ángela y los enanitos tenían una responsabilidad, inversamente proporcional a las de su altura, en la multiplicación de manzanas y otras frutas venenosas en la tierra, producto de los cambios climáticos e intereses económicos que por largo tiempo sus antecesores y ellos habían ignorado. También, habían provocado hambrunas y caos en un continente del sur, muy pobre, cuyas minas habían explotado indiscriminadamente, sin permiso de sus verdaderos propietarios.

Ángela tenía intenciones de lograr un consenso entre los enanitos, en especial, el líder de la Confederación del Noroeste, Doc George Jr – aquel que se creía el jefe del grupo, – y el caudillo del Gran Reino del Noreste, antes centro de un imperio rojo, Gruñon Vladimir, que se veía, distorsionadamente, como un gigante respetuoso de la libertad.

El grupo hizo promesas que en su mayoría no cumplirían, para así volver a hacerlas en el próximo encuentro a realizar en la isla del Samurai, próxima a un gigante reino amarillo que permaneció dormido por largo tiempo pero que despertó y hace temblar a todos los protagonistas de este cuento de nunca acabar.

La mayoría de los trovadores encargados de proclamar lo que allí se conversaba – más interesados en divulgar “la tragedia” de una traviesa moza llamada Paris que sería conducida a una mazmorra desde una confortable habitación de un Hilton – se limitaron a difundir la noticia de que el G-8 había acordado reducir las emisiones de sus gases.

¡Cómo habrán sido entonces los banquetes que disfrutaron!

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