Opinión Nacional

Aquí mando yo

No se trata de calificarla como la mujer inteligente, con carácter y
agraciada que es. No es cuestión de resaltar sus dotes de torera o de hábil
esgrimista. No es asunto de alabar a quien poco precisa de halagos, pues
bien que ha sabido siempre trabajar con denuedo y administrar con tino sus
virtudes. Se trata sí de aprender todos de esta experiencia de Ana Beatriz
entrevistando a Esteban de Jesús, quien al menos en su fuero interno y aun
cuando la soberbia que se anida en su alma no se lo permita reconocerlo,
bien sabe que hoy, en esta noche de números astronómicos de audiencia, en
esta noche en que millones ojos concentraron su mirada en la pantalla
electrónica, en esta noche en la que cientos de miles de venezolanos
duermen en la calle con el único cobijo de la mano de Dios, esta noche
Esteban de Jesús perdió el juego.

A esta escribidora de oficio le toca ser honesta y confesar que le entró un
fresquito, que fue como tomarse una vaso de agua fresca al mediodía en los
Puertos de Altagracia. Reconozco que me sentí reivindicada. Confieso
también que en más de una oportunidad sentí lástima por este hombre, que
por sentirse tan alto, no se percata de lo frágil que puede llegar a ser.

Pero, al fin de cuentas, decido en esta madrugada de insomnio pertinaz,
dejar de lado esta sensación de triunfo, para hacer lo que me toca: poner
en blanco y negro un análisis, so riesgo de, por tratar de huir de la
subjetividad, caer en la provocación de la fría y tan inútil documentación,
que toca a otros mucho más hábiles en las ciencias historiográficas. De
cualquier manera, ahí van estas líneas. Se escaparán detalles o frases
importantes. Esto pretende ser un artículo, no un libro. Quizás con el paso
de los años, cuando ya Nitu sea abuela, se topará con unas amarillentas
hojas, habrá de cerrar los ojos, y recordará esa noche del 5 de junio de
2000, cuando se lució como profesional, cuando hizo su trabajo, y lo hizo
bien.

Una mujer menuda se enfrenta al hombre más poderoso del país. El día
anterior la había increpado, la había retado públicamente. La vida suele
ser muy angosta para inventariar aciertos, y muy ancha para contabilizar
errores. Lo recibió con donaire de dama sencilla de buenos modales, pero
con la mirada directa de quien no acepta que se pretenda amedrentarla.

Desde las primeras frases lo hace patinar, derrapar en unas cuantas curvas.

El hombre cae, vuelve a levantarse. Se enreda en su propia palabras, se
convierte en esclavo de sus propias metáforas. Su rostro se ve desencajado.

Está incómodo. Cierre del primer negro. 1 a 0 . Gana la Catira, pierde
Sabaneta.

Segundo negro. Prueba del café. El hombre vuelve a pisar en falso cuando
ella hace alusión a que ese café que le ha sido servido, y que él insiste
en que ella pruebe, está rico y no contiene nada extraño. Ya medio país se
había enterado que en su visita a Plomovisión el viernes anterior, había
puesto en evidencia su paranoia al obligar a que varios de sus acólitos (un
exagerado número de 12, se rumorea por ahí) probasen el líquido. La
conversación prosigue, los ánimos siguen caldeados. Ella lo tiene tan
hipnotizado, tan atrapado en sus redes de arañita, que el hombre ni
siquiera habla a la cámara, como suele hacerlo, cuando se siente dominador
de las circunstancias. Lo obliga a dar explicaciones, lo conmina a
responder cómo se sintió cuando recibió el sable de manos de su tan
denostado Carlos Andrés Pérez, El Tirano, como él mismo lo había
calificado. El hombre pretende recuperar terreno por la vía del misticismo.

«Tú sabes que yo he nacido varias veces…». Entramos en peligrosos
terrenos de por qué concurre tanto a actos y eventos militares. El hombre
se manda en una larga y detallada narración que incluye un listado de sus
supuestas responsabilidades como Comandante en Jefe. Y ahí vino el
escardillazo: «Presidente, ¿y en qué momento gobierna?». Siguen frases
trémulas. El hombre sigue enredándose. «¿Quién va a hablar mal de quien
tiene que poner la firma para el ascenso? Ataque indisimulable por ser
hija de quien es. Paradigma puntofijista. La Catira le recuerda que Don
Chávez también lo fue, por veintiún años. Cierre del segundo negro. Frase
final: «… ya volvemos con el Presidente Chávez, que a veces me
entiende…». La cuenta va en Catira 2 – Sabaneta 0.

Tercer negro. Lo obliga a sacarse chuletas de los bolsillos. A los catires
comentarios, el hombre se pone tenso, apoya la cabeza en sus manos. Sigue
dando explicaciones. En lugar de Presidente de la República parece un
hombre cualquiera tratando de convencer a una mujer que se case con él, aun
cuando ella con sus elegantes gestos y palabras no hace sino hacerle saber
que le es totalmente indiferente. Fin del tercer negro. Catira 3 – Sabaneta
0.

Cuarto negro. «Aquí estoy, rodeada de militares….». «¿Sabía usted que yo
soy nieta de general, del General Pérez Lucena?» Gracias. Nitu. Gracias por
darle un respiro, gracias por entender que no era cuestión de
ridiculizarlo, sino de enseñarlo. Que al fin y al cabo, es el Presidente, y
cuando se nos pasa la mano, podemos caer en procesos de autodestrucción.

Tercera de cuatro menciones de Nelson Mezerhane. El hombre hace lo que
suele hacer: manipulación de números, y tan bien lo hace que hasta suena
creíble. No importa cuantas preguntas duras haya hecho la Catira («¿Cuántas
casitas ha construido en este año y medio?….¿Usted no averigua,
Presidente?… ¿Qué pasa con la línea 4 del Metro? …), el hombre logra
levantar cabeza, y enseña cuadros y flujogramas, que el pueblo no entiende,
pero que suenan doctos. Tema de la seguridad. «A mí me han asaltado tres
veces en seis meses, y ya ni tengo reloj». Trastabillea, reza excusas, y al
final logra producir una respuesta coherente. Que se está trabajando en las
leyes, que se está reforzando a los cuerpos policiales, que se está
saliendo a las calles, que están bajando los índices. Hábil como es, sitúa
a la Catira en tierras de la oposición, esa que no ha hecho sino perder
últimamente. Y ahí descubre un filo, un argumento que lo coloca como
ganador. Mi impresión subjetiva sería que en este negro hubo tablas. Mas al
César lo que es del César. Catira 3 – Sabaneta 1. Frase final: » Regresamos
con el Presidente Chávez, que cree que esto cadena, y aquí hablamos los
dos…».

Ultimo negro. Recurrencia a hablar del pasado. Todo es culpa del
puntofijismo. Preguntas personales: «¿Cómo le afecta a usted personalmente
esta crisis?» . Respuesta que sólo puede dar. Tristeza, responsabilidad,
que no duerme por la angustia. Hubiera sido tanto mejor comenzar por
aceptar que cuando se es Presidente, no hay que preocuparse porque los
niños tengan comida, o salud, o educación, no hay que recortar gastos
domésticos, que no se sabe ni siquiera cuanto cuesta lo que uno se come. La
historia termina con una ramo de flores, que una mano anónima de algún
edecán acerca a Esteban de Jesús. La Catira se sorprende. Creo que ni en
sus más disparatados sueños cabría semejante acto. Se da cuenta sin embargo
que el hombre está tratando de cerrar el programa quedando como el
caballero que no es. Recibe el ramo, toma una rosa amarilla, símbolo de la
sinceridad, y le dice: «Tome, Presidente, para María Isabel, con mis
saludos…». Y pasa a narrarle una vieja tradición que existe en algunas
familias, incluida la de ella, y que esta escribidora recuerda bien de
lecturas: cuando un hombre agrede a una mujer, los hombres de su familia,
le envían flores a las mujeres de la familia del agresor. Y así, este negro
que podía haber perdido la Catira, terminó anotando el tanto.

Sólo quiero agregar algunos pensamientos trasnochados a estas líneas que ya
van extendiéndose demasiado. La entrevista de anoche debe ser no sólo un
aprendizaje para Esteban de Jesús y Cía., debe serlo para todos. Yo sé que
quienes nos sentimos hastiados de este autoritarismo sentimos que ya era
hora que alguien lo pusiera en su sitio, ya era hora que alguien lo
enseñara a respetar. Pero sé también que debemos aprender de la Catira que
los ataques sólo deben ser respondidos con inteligencia, que se gana cuando
se recurre a las neuronas, no a las hormonas. No hubo frases bíblicas, ni
insistencias en el ideario bolivariano. No salieron a relucir ni Sucre ni
Zamora. Sólo referencias a declaraciones papales recientes, que de tan y
nuevas que son, el mundo aún no ha procedido a completar su análisis. A
Esteban de Jesús algún fuerte recuerdo de la infancia debe haberle
sobrevenido cuando una mujer, probablemente en el mismo tono en que su
madre tantas veces debió usar cuando el carricito se le alzaba, le dijo
frente a este país curiosamente matriarcal y machista a la vez, «… Aquí
mando yo».

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