Opinión Nacional

Balada del soldado más lento

 (A Roberto Enríquez, con aprecio)

Alcaldías, gobernaciones, AN, consejos regionales y concejos municipales, maquinaria del Estado, un millón de millones de dólares, tres cuartas partes del aparato comunicacional, Poder Judicial, CNE. Con casi el poder total en manos de Godzila, la oposición, con muchas tarjetas, hizo épica al ganar las parlamentarias. Derrotó también la quinta columna dedicada a conspirar e inventar genialidades semanales, que de aplicarse la hubieran hecho morder polvo: abstención, primarias soviéticas, «tarjeta única», «350», «constituyente». Algún encuestador inventó los NINI para ganar un dinerito adicional, pues el kit traía contrato a precio razonable y recomendaba no dar dinero a la oposición «que sacaría treinta y cinco diputados». Total: 52 a 48 por ciento.

En 2006 se derrotó el abstencionismo y las banderas democráticas -raídas por la antipolítica- avanzaron de cero a 38%. Con múltiples tarjetas se obtuvo al mejor resultado histórico de la oposición el 28-S-2010, pasando por el éxito de gobernaciones en 2008.

A pesar de las experiencias teóricas y prácticas, reaparece el vestido envenenado, ahora como «tarjeta única» con argumentos softh -«¡para que la gente no se confunda!»- en un país que ha votado por décadas en enormes tarjetones reales o virtuales. Es una de esas novedades geniales que han abonado al desquiciamiento político de estos trágicos veinte años que el país se quedó sin conducción. El nuevo capítulo de Locademia, hermosa serpiente en la cesta que puede mordernos de nuevo en 2012. Otro ramalazo de colectivismo, que repudian los factores dinámicos (conseguir votos, llegar de primero en una competencia, obtener ganancias, sacar mejores notas) y podría conducirnos a una entrega franciscana al fracaso. Por mucho que los partidos sean defectuosos, que no respondan como probablemente debían hacerlo, es grave que todavía se piense que deben «sacrificarse por los intereses del país», cuando el interés del país es precisamente que se fortalezcan y mejoren.

La Mesa Unitaria es una categoría práctica que conjuga intereses colectivos con los de las partes, punto de arranque de todos los juegos competitivos-cooperativos según el teorema de Nash, porque al esforzarse para ser el primero, cada partido incrementaba el fondo común de votos. Los promedios históricos en las Olimpíadas bajan porque cada competidor se lacera, suda sangre todos los días para ganar. Ningún entrenador diría al atleta «no importa que pierdas si gana el deporte», ya que el deporte sólo gana cuando cada uno juega lo mejor posible para triunfar, salvo el «hombre nuevo» guevarista que actuaría por sentimientos gregarios. Los precios son bajos donde son competitivos, no donde son «solidarios»; la vieja ingenuidad populista.

La peligrosidad del unanimismo está en su dulzura, ¡agárrense de las manos!, ¡yo quiero tener un millón de amigos!, la generosidad contra intereses políticos «mezquinos». La libertad existe para estar en desacuerdo, no para estar de acuerdo, y los partidos (las empresas, los equipos de pelota, los corredores de fondo) para competir dentro de las reglas, no para colaborar.

En la base social de la tarjeta sin identificación, -no me refiero a dirigentes políticos en la idea- predominan quienes tienen la política más como afición que como oficio y organizaciones que por algún motivo comprensible -debilidad, situación interna- pero de su interés exclusivo, quieren postergar la competencia. El paso del soldado más lento. Es paradójico que la mayoría de los unanimistas se dedican a sus negocios, sus profesiones y estarán de acuerdo -pero no hacen link– conque la sociedad abierta progresa precisamente porque los individuos buscan sus fines y la totalidad se enriquece. Derrotado el régimen en 2012, -digo, es un decir-, el presidente democrático requerirá fuerzas políticas poderosas que den la cara y muevan gente organizada para apoyar la democracia, no parapetos vagarosos.

Los que quieren capitanear en esa turbulencia recuerden que sólo los partidos llevan gente a las mesas y montan la organización para cuidar y contar votos. En las aldeas distantes del país, lejos de los altos mandos capitalinos, los que se movilizan en los procesos electorales son los militantes de partidos. Diluirlos, eliminar su identidad, disipar su liderazgo, es suicidio frente al poder económico de la maquinaria del Gobierno. En este momento lo que obstaculice reconstruir el sistema de partidos es perjudicial para el país.

@carlosraulher

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