Opinión Nacional

Baraterías de segundones

Aparte de espetar insultos y repetir consignas, los encargados locales de la satrapía bolivarista –porque sus verdaderos detentadores residen de manera habitual en La Habana–, no se les ocurre más nada que tratar de refritar algunos de esos manoseados artilugios que el señor Chávez suele utilizar cuando los problemas aprietan.

El principal de ellos, no faltaba más, es la denuncia de magnicidio. Al respecto, costaría mucho trabajo el conteo de todos los episodios correspondientes en estos 14 años. Y a tan aparatoso e imaginario inventario hay que agregar ahora la más reciente de las conjuras magnicidas, la denunciada por el vice Nicolás Maduro contra él y contra Diosdado Cabello.

Un periodista un tanto irónico, comentaba que cuando escuchó la novedad, lo primero que pensó es que se trataba de una conspiración recíproca: el autor intelectual de la cosa contra Maduro sería Cabello y viceversa. Pero la denuncia que tramita con entusiasmo la Fiscalía General no es de ese tenor. Allí se le atribuye la responsabilidad –cuándo no—a la derecha apátrida, terrorista, golpista y etcétera.

Una de las primeras consecuencias de todo ello, es que se “reforzará” la seguridad de los mencionados funcionarios, amén de la de otros que aprovecharán la circunstancia. Y bueno, ya sería tiempo de reconocer que  la FAN tienen 6 componentes: Ejército, Armada, Aviación, Guardia Nacional, Milicia y Escoltas de los jerarcas rojos. En verdad, no es exageración…

Como tampoco lo es el identificar el ambiente social del país como de creciente y muy peligrosa anarquía. Y es que mientras Maduro y Cabello se dedican a sus consignas, insultos, denuncias de magnicidio y temas por el estilo, la situación real de la calle venezolana se deteriora de prisa, y no sólo por la agravada inseguridad, sino por los efectos económicos de la parálisis gubernativa y de la deriva nacional que en el presente se percibe más, entre otras razones, porque el Estado se encuentra acéfalo.

Los ministros y otros pesados personeros no se atreven a tomar decisiones, que no estén validadas por La Habana. Y allá no tienen demasiado tiempo para las materias administrativas o para lo que suene a políticas públicas, porque todo el cacumen se destina al montaje de la sucesión y a continuar el usufructo del patrimonio público venezolano.

Y la cuestión del magnicidio con la sucedánea desestabilización se entalla con el guión sucesorio. Por eso insistirán y aplicarán el “procedimiento operativo vigente” para esos casos: denuncia formal, investigación de la Fiscalía, indignación oficialista en la Asamblea y nombramiento de comisión investigadora, innumerables acusaciones en medios estatales, alguna que otra detención, y luego descanso hasta la próxima ocasión…

Por otra parte, si algo es genuinamente injusto es tratar de inculpar a la unidad opositora de esas tentativas. No es posible esmerarse más en ser escrupulosamente dialogantes, pacíficos, normativos e institucionales. Y sin embargo, ni Maduro ni Cabello ni sus superiores cubanos se dejan impresionar.

Las invectivas van y vienen y hasta dirigentes políticos aplomados y  muy distantes del talante aventurero, como Julio Borges y Ramón Guillermo Aveledo, son caracterizados como cabecillas de violentas y frenéticas confabulaciones.

Las baraterías de los segundones son tan fraudulentas como las acostumbradas del jefe. Pero sin ser más crasas o burdas lo parecen. Y no es sólo por el cansancio de un país ante tanta manipulación, sino por que estos segundones no convencen ni a ellos mismos.

 

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