Opinión Nacional

Capriles en La Carraca

Ante el anuncio de Iris Varela, flamante ministra de Asuntos Penitenciarios, de que le prepara la celda a Henrique Capriles, por negarse a aceptar unos resultados electorales viciados (que suponemos ella califica como instigación a la violencia callejera), y que hacen a los comicios presidenciales del 14-A nulos de toda nulidad, no nos queda otra cosa sino prepararnos para asumir con gallardía las arremetidas del régimen en sus peores expresiones de intolerancia e irracionalidad.

Ya durante estos últimos días hemos sido testigos de la irracionalidad por parte de algunos personeros del gobierno, que buscan a toda costa criminalizar la protesta y sembrar el miedo entre los opositores para amedrentarnos, para amilanarnos, para que nos quedemos callados frente a lo que el mundo ha percibido como una burla al electorado, que con su voto dio el necesario giro de timón frente a un proceso que lleva al país a la hecatombe.

Quienes tenemos la tribuna de la prensa para expresar nuestro parecer ante lo que acontece, hemos clamado por el diálogo de las partes y que cese de inmediato esta arremetida fascista del régimen contra la oposición y contra los trabajadores, quienes se han convertido en carne de cañón de un régimen que se cae a pedazos y ve truncado en las urnas su deseo hegemónico castro-comunista. Sin embargo, no es posible dialogar con una pistola en la cabeza, ni con el agua al cuello, porque más que diálogo ello implica imposición y chantaje, y así no hay entendimiento posible.

Mientras Nicolás Maduro dice en los medios que aquí no hay persecución política y hace reiterados llamados a trabajar por el país y por la paz, casi de inmediato salen otros representantes del oficialismo a desdecir al Presidente, mediante amenazas e insultos a los que no están en su acera, instigando al odio y a la retaliación, sembrando en la sociedad vientos de guerra que podrían desencadenar grandes tempestades.

En su obstinación, el gobierno desoye algunas tímidas voces, que como la de José Vicente Rangel (que no es santo de nuestra devoción), buscan hacer entender que es hora de la verdadera política, y que existe un líder que representa a una importante porción de los venezolanos. Ni decir del clamor de la Iglesia católica para que cese de inmediato la negación del otro, como vil instrumento para invisibilizarlo y destruirlo. Hacerse los locos frente a esta realidad, amén de suicida, es torpeza política, que pronto lamentarán; quizás hasta el final de sus días.

Es tal la inconsistencia del gobierno en esta materia, que Maduro acaba de nombrar una comisión para el diálogo con la oposición (y mientras la nombra, se deshace en descalificaciones contra los que pretende dialogar), y no sabemos si se trata de una burla o de una gruesa ironía (una raya más para un régimen cruel), ya que incluye en la misma a dos personajes que se han caracterizado por ser extremistas y acérrimos enemigos de quienes piensen distinto a ellos: Diosdado Cabello y Cilia Flores. Ambos, en sus gestiones en la Asamblea Nacional (AN), han sido sectarios, groseros y no han transigido en nada que implique un acercamiento con el «otro». ¡Por Dios!, en esa comisión tienen que estar personas universales, abiertas a las ideas, y no negadoras contumaces de los derechos de sus detractores políticos.

Al mismo tiempo, se están dando algunos pasos que propician un freno a la agresión verbal y física contra los diputados opositores en la AN. Esto está por verse, porque mientras no cesen el lenguaje insultante y provocador que busca denigrar y desconocer al otro, el atropello a los trabajadores y a los medios, las amenazas de prisión contra Capriles y otros líderes opositores, cualquier llamado al diálogo por parte del gobierno se verá como un mal chiste, como un peine que busca cerrar esta ominosa fase electoral, que terminó en el banquillo por las miles de irregularidades detectadas y denunciadas en todo el país.

A lo mejor ya esté por allí algún joven artista plástico preparado (al bate, como decimos acá) para inmortalizar un lienzo, pintando a Capriles metido en la celda preparada con primor por la ministra, como lo hiciera Arturo Michelena en 1896 con Miranda, reflexionando sobre su trágico destino en La Carraca. Quizás, el consuelo que nos quede a quienes luchamos por la democracia, es que, a pesar de la humillación y la injusticia, el nombre de Francisco de Miranda pasó con honores a la posteridad, y el de sus carceleros fue presa del olvido.

 

 

 

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