Opinión Nacional

Caracas luego existio

Novia y puñalada tú, Caracas. Madre excesiva. Valle de temblores y lágrimas, sobrada de aguas, verdes, luz, azules y senos. Ansiedad habitada por insectos que se deslizan entre cemento, gamelotal y gente que se estorba entre sí. Quedamos frente al Ávila que invasivo escamotea la mirada hacia horizontes más lejanos donde bosteza el mar tan próximo que somos y no aceptamos ser. Porque el caraqueño cuando se traslada hacia la Guaira, Macuto, o Los Caracas, conducta ya no tan habitual, lo hace como si emprendiera una expedición hacia quién sabe dónde. Para tal aventura, de apenas 30 kilómetros por autopista, se acicala, perfuma, llena las maletas del carro hasta la cacha con cavas, vituallas y menjurjes con los que evitar contacto con el exceso de precios y penurias, y del sol que achicharra.

Esta ciudad, llagada de toda plaga, enseña con desdén sus basuras, sus muertes, sus desidias y caos, todos nuestros. Nos parecemos tanto a lo que no quisimos ser que fíjese usted que hasta hace poco nos tuteaban como la sucursal del cielo y otros piropos que de tan parecidos a la realidad no dejaban de ser sino meras redundancias.

Pero a eso no vinimos, a regodearnos en la cantinela de lo que no hemos podido. Acudimos aquí más bien a susurrarnos a los ojos, entre tanto barullo, lo que la música hecha por lugareños nos silba desde la calle de lo entrañable y cómplice. Y es que esta última entrega de Tesoros de la Música Venezolana, dedicada a Caracas es una voz que le habla a cada quien de lo que quiere oír o callar o reír o borrar para siempre. En todo caso es un radar. Por ello es que al entonar de memoria lo que nos ofrece esta antología se respira y suda al unísono lo que pertenece al pueblo común, tan solidario como solitario, de tiempo tan chiquito y tantas veces desdeñoso de lo que le atañe más allá de narices y polvos.

Yo que soy caraqueño luego existo, y además cobro religiosamente quince y último para mostrar mi fe de vida, me doy el lujo malsano de padecer del masoquismo de adorar a Caracas a pesar de que ella tenga la pérfida costumbre de tragarse a sus hijos. “¡Es que los quiero tanto!”
La música que ha recogido con varita mágica Ilan Chester y sus panas pareciera construirse, mientras la vida pasa a millón, a lomo del caballo que galopa detrás de lo que ya no será jamás pero seguimos, irremediablemente persiguiendo para nunca más volver. ¿Pero qué importa que no se pueda? Regodearnos en lo imposible es nuestro mayor éxtasis y por eso dejamos las puertas entreabiertas no obstante tanto zancudo, malandro y demás alimañas, para que pueda entrar lo que nos falta. Y finalmente, para expresarlo en palabras de García Márquez, más caraqueño que Cristóbal Colón, “era difícil ser feliz pensando en Caracas, pero era imposible no pensar en ella”, damos las gracias a Ilan por habernos hecho merecedores de este obsequio que llega en momento oportuno en el que salir huyendo no es de lo más elegante que se diga.

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