Opinión Nacional

Confiscación

Hace unos meses iba manejando por la autopista del Centro, mientras la radio avisaba de un accidente. Una gandola se había volteado esparciendo su mercancía: un líquido tóxico. Exactamente, cuando el locutor iba a decir la ubicación del accidente, la transmisión fue interrumpida para dar paso a una cadena de radio y televisión.

Por más de una hora todos los que viajábamos por esa carretera no tuvimos ninguna información sobre un hecho que nos afectaba de muchas maneras. No supimos si habría alguna forma de esquivar la cola que se estaba formando en el lugar del volcamiento. Tampoco nos enteramos de cómo había sucedido y de sus consecuencias. Si algún médico estaba cerca no podía saber cómo llegar al sitio para auxiliar a los posibles heridos.

La emisora que había comenzado a dar el parte ha colocado a lo largo de la autopista algunas vallas que informan sobre su dial y la cobertura que da a lo que ocurre allí. En ese largo lapso fue enmudecida para que la voz de quien por esos momentos era la única voz dejara en el limbo informativo a todos los usuarios de la vía y a los miles de habitantes de la zona. En esa hora y pico, ningún radioescucha logró comunicar algún detalle a la radio para que esta retransmitiera lo que estaba pasando. De nada servía la buena voluntad de la emisora.

Por esos largos minutos nadie pudo tomar las previsiones que ameritaba la situación. Y algunas vidas corrieron peligro porque no se contaba con la información oportuna que, en condiciones normales, podrían haber dado la radio o la televisión.

Situaciones como esta ocurren a diario en Venezuela. Ya han pasado algunas graves, como ocurrió el 12 de abril de 2002, cuando Chávez encadenó las transmisiones mientras en las calles de Caracas francotiradores asesinaban a ciudadanos. Todavía los tribunales no han evaluado ésta acción de Chávez, quien alevosamente desinformaba mientras ocurrían las muertes de algunos venezolanos que protestaban contra su gobierno.

Las cadenas no son un accesorio para el régimen chavista. Son una parte central e imprescindible de su diseño autoritario y su vocación totalitarista. Ellas están inscritas en la idea de confiscar la palabra a los venezolanos mediante la inundación del discurso único del poder. Es el poder el que utiliza los medios estatales como si fueran órganos del partido oficialista, donde se usan los métodos más disímiles para borrar la argumentación de la disidencia: desde el insulto más vulgar hasta la fijación de tarifas arbitrarias y estratosféricas a la publicidad de la heterodoxia chavista. (El canal estatal VTV entregó al partido PPT un presupuesto que duplicaba las tarifas del canal “imparcial” Venevisión).

Las cadenas buscan desmoralizar a quienes no estamos con el militarismo, arrinconar la crítica y manipular la realidad que viven los venezolanos.

Con su aparición diaria, Chávez cree que puede hacer desesperar a los que no lo siguen. Que su palabrería hará tirar la toalla a quienes se le oponen, que renuncien a señalar las fallas y las consecuencias nefastas de su administración. Su sobre-exposición ha logrado todo lo contrario. Hasta dentro de quienes integran las filas gobierneras, hay un verdadero cansancio. Lo que antes era una novedad, que el Presidente hablara llanamente sobre los temas más diversos, hoy es visto como un verdadero abuso, una intromisión en las vidas de los venezolanos al no permitirles informarse oportunamente o ver y escuchar sus programas favoritos.

El desgobierno chavista existe para hablar, mentir y hacer propaganda. Nunca antes la palabra gubernamental había estado tan devaluada. Sobre todo se ha devaluado, ha perdido importancia, por su despilfarro, de tanto usarla.

Pero hay que agregar al abuso que atenta contra la libertad de expresión que significa oír de manera obligatoria a Chávez cada día, la irresponsabilidad de dejar al país incomunicado, sin radio ni televisión mientras tenga fuelle para hablar paja.

En estos días Chávez ha explicado con la mayor jaquetonería (¿Adónde quedó el humilde arrepentido de aquel abril?) que él hacía cadenas porque él era el Presidente y que si alguien las quería hacer que llegara a la Presidencia. Que se recuerde nadie que haya ocupado la Presidencia de la República ha dicho semejante barbaridad.

Según Chávez, la confiscación de las señales de los medios de comunicación que con tanta frecuencia hace -ahora más, en tiempos electorales- obedece únicamente a su capricho. No hay ninguna evaluación previa sobre la pertinencia de la transmisión. Ni el ministro de Comunicación Izarrita tiene velas en ese entierro. Es sólo el antojo del caudillo quien decide dejarnos sin radio y sin televisión por el tiempo que le dé la gana.

Pero la verborrea no cambia la trágica realidad.

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