Opinión Nacional

Corrupción e impunidad verdugos de la revolución chavista

Ciertamente, la corrupción no es el vicio humano mejor guardado, ni el
tema que políticamente menos dividendos produce. He allí la razón del
acto de fe anticorrupción que infaliblemente hace todo hombre público
al asumir su mandato y de la primera oferta electoral de cuanto
candidato presidencial asoma sus intenciones a las masas. A medida que
la corrupción avanza y se hace más evidente la coraza protectora de
la impunidad, la lucha contra la corrupción pasa a ser el centro de
la oferta electoral.

Más adelante, cuando la creencia popular percibe la corrupción como
monstruosa y blindada por la impunidad, el terror apocalíptico
aflora en la población produciéndole una mezcla de sentimientos que
van: desde la impotencia, hasta el resentimiento generalizado, pasando
por la fatalidad o la resignación. Ese es el justo momento para blandir
la solución final: es cuando llega el tiempo de «LA REVOLUCIÓN», de
los mesías, de la tragicomedia. Entonces, buenos son todos los
calificativos, acciones, discurso, argumento, prédicas o cuanto esté al
alcance, para descalificar cuanto existía en el pasado, porque es
necesario establecer una infranqueable barrera entre lo que no se hizo
o se hizo mal, y todo lo grandioso que se va ha hacer. Allí se transita
inexorablemente hacia el voluntarismo a ultranza, el populismo
exacerbado, el desenfreno verbal, el autoritarismo que se justifica en
lo anticorrupción, sin percatarse que esa desviación nos lleva al
abismo.

Basta con solo ver América Latina para encontrar generosos ejemplos,
que con mayor o menor nitidez, justifican lo que antecede. La
situación, evidentemente, es de una extrema gravedad, porque se
conjugan simultáneamente demasiados conflictos, en una población que
evidencia signos terminales de fatiga socio-política. En paralelo, su
dirigencia ha perdido la iniciativa, acosada por recurrentes y no
resueltos escándalos de corrupción, magnificados por el desorden
administrativo, la denuncia insatisfecha y la impericia. Así surge la
ingobernabilidad, para contrarrestarla, los políticos inventan
fantasías suicidas, para saciar las desahuciadas esperanzas populares,
sin aportar soluciones reales, olvidando que para remediar los
desequilibrios actuales es necesario innovar más no improvisar.

El caso de Venezuela es patético, pero no único, porque en cierta medida
está reeditando lo ya sucedido en países cercanos, con la única novedad
de un pretendido aroma de movimiento o revolución bolivariana, que para
colmo de males amenaza hacer metástasis en el tejido político andino,
de las manos: de Chávez y del neonato brazo político de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). ¡De qué quitarle
el sueño a muchos! Sobre todo ahora, con una Colombia en
pre-catalepsia a causa de su extravagante violencia; un Ecuador que
difícilmente se soporta a sí mismo; un Perú que entre chino y cholo
puede chamuscarse y una Bolivia que revive con angustia los viejos y
atormentados espíritus de la inestabilidad, y en todos un denominador
común: La corrupción.

Para pocos era un secreto que en la corrupción Chávez encontraría uno
de sus verdugos más despiadados, y no podía ser de otra manera, porque
el pueblo lo compró exclusivamente como antídoto anticorrupción, no
había más nada que buscarle. Allí estuvo el descomunal fracaso del
comandante, cuando quiso enfrentar la corrupción con métodos
simplistas, irresponsables e ineficientes, algo que le es
característico. Recuérdese como logró seducir al pueblo para solo
ofrecer promesas y se dedicó al devaneo político dilapidando el tiempo y
la confianza de muchos, creyendo que con buenas intenciones, abominables
discursos y mucha «revolución», la corrupción, por arte de magia,
desaparecería.

Ante semejante improvisación y concentración de poder, la impunidad
hizo de las suyas. Las dudas afloraron por doquier. Primero el
inauditable plan Bolívar 2.000, infeliz engaño que comprometió todo el
estamento militar con millonarias inversiones que se transformaron en
pírricas, cuando no invisibles, limosnas a los necesitados. Otro
militar, esta vez del Seniat, fue arrestado infraganti estafando. En el
alto gobierno se oía de la esposa de un ministro que se convirtió en
la «mecenas» más prospera del país, llevando su arte por el mundo.

Luego vino la denuncia contra el Padre del presidente y como era obvio
el denunciante fue preso. Y la ayuda internacional para Vargas ¿En qué
se invirtió?. Ya para ese entonces todos se preguntaban ¿Dónde está el
dinero? ¿Y los ingresos adicionales del petróleo?

Vino el inefable día, aquel en que los tres hermanos comacates
lanzaron sus denuncias y de repente toda la miseria humana nos ahogó,
porque se cuestionaba la honorabilidad de los pilares del régimen,
asegurándonos que existía un émulo de Don Corleone al frente del
congresillo bufón; que Rangel, no sin razón, era un conspicuo
«puntofijista», impensable ofensa del chavismo para uno de sus
dilectos mentores, porque estaba reservada exclusivamente para el más
deleznable de los enemigos. En los días siguientes al presidente se le
recordó que los bienes nacionales no debían ser utilizados para
proselitismo político. Justo en este marasmo, la entidad financiera
Cavendes, del «patriota» Vallenilla, brazo financiero de Chávez, fue
intervenida por un pequeño descuido, «por ahora» de algunos millardos,
pero posiblemente de dólares. Y hasta la fecha, investigaciones van y
promesas vienen, sin que haya un solo responsable, pero no importa el
pueblo ya juzgó y los responsables saben que ya «su soberano» los
condenó.

Díganme ¿Dónde está la diferencia? Salvo nuestro inmenso deterioro de
las condiciones de vida, los disfraces y el omnipotente dedo
presidencial, ¿Cuál es el cambio? Porque muchos sentimos que, contra
la corrupción, están tan activos Chávez como lo estuvo Lusinchi, e
igualmente efectivos Elechiguerra (por ahora) que Adelso González.

En ausencia de pronunciamiento judicial es tan honesto Fernandez
Daló como Miquelena y similarmente políticos Rangel y Morales
Bello; y en la campaña : como Jaime, Hugo es como tú.

A pesar de las mejores intenciones y una insuperable oportunidad,
nuevamente la corrupción se burló de Miraflores. Ojalá que con esta
recaída tengan claro que la lucha contra la corrupción, no es una
vulgar herramienta política, sino una tarea inmensamente compleja, que
obliga la convocatoria de todos y en especial a los más talentosos,
vinieren de donde vinieren. Basta ya de burdas mentiras, revoluciones de
pacotilla, autoritarismos más o menos disfrazados o esa deliberada y
hasta aberrante insensatez del gobierno, que se empeña en no darle al
angustioso clamor popular, una lectura acorde con la realidad de una
población que se siente abusada en todas sus formas y que con su
creciente violencia, solo implora un cambio de rumbo que comprenda las
realidades palmarias de su apurada situación.

De continuar por éste camino extraviado, el único destino que nos
espera es el infortunio colectivo. Entonces, se habrá conformado un
claro y monstruoso delito moral, del que la posteridad,
inexorablemente, condenará al presidente y los suyos, sin que justicia
alguna encuentre razón para exonerarlos. Pero, recordemos, que las
únicas víctimas somos nosotros y para nosotros, lamentablemente, no
hay posteridad que se digne repararnos todo lo que hemos perdido; pero
sí habrán generaciones posteriores que con vehemencia nos
interpelarán por el daño irreparable que hemos permitido que se
cometa contra Venezuela.

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