Opinión Nacional

Cuando el río suena….

Escribir sobre el descontento entre los militares siempre resulta especialmente
difícil. Por la naturaleza misma del tema es difícil hallar fuentes, y los protagonistas
principales son renuentes a hablar. Por ese motivo, mucho de lo que se escribe
acerca de presuntos ruidos de sables suele basarse en una combinación de chismes,
rumores y conjeturas, ni confirmados ni confirmables. Aun así, durante las últimas
semanas, las señales de descontento en la Fuerza Armada se han hecho tan ostensibles
que hasta el observador más escéptico tendría dificultades para negar que algo
significativo está sucediendo. El hecho de que ahora sea posible escribir sobre
el clima de tensión entre los militares sin basarse únicamente en susurros es
un síntoma evidente de hasta qué punto es grave la situación.

Considérense los siguientes hechos:

• En una ceremonia celebrada el 30 de junio, la mitad de los oficiales que pasaban
a retiro y que iban a ser condecorados por el Presidente, ni siquiera se molestaron
en presentarse.

• Un capitán de la Guardia Nacional hace público su descontento en una controversial
grabación de video. El Presidente pasa cinco horas tratando de persuadirlo personalmente
de que cambie su relato.

• El mismo Presidente supervisa una «prueba de aptitud física» para oficiales
de alta graduación que esperan ser ascendidos, lo cual es considerado humillante
para muchos oficiales de mediana edad (y decididamente no tan en forma).

• Un general del Ejército manifiesta públicamente su descontento por haber sido
disminuido a «distribuir pollos y cebollas» en el Plan Bolívar 2000.

• Después de hacer una declaración moderada señalando los numerosos rumores de
descontento entre los militares, y de sugerir que «cuando el río suena, piedras
trae», Monseñor Ignacio Velasco, arzobispo de Caracas, es objeto de un agresivo
e iracundo ataque por parte del ministro de la Defensa.

• Un coronel de la Fuerza Aérea se declara a sí mismo «resentido institucional»,
afirmando que sus señalamientos de corrupción no son tomados en serio por los
investigadores internos.

• En respuesta a las declaraciones antichavistas de un grupo de oficiales retirados,
llamado Frente Institucional Militar (FIM), un grupo rival de ex oficiales progubernamentales
repentinamente sale a defender la doctrina militar de la «revolución pacífica».

Eso es lo que se sabe a ciencia cierta. Dada la naturaleza de la cultura militar,
si es posible percibir tantas grietas en la superficie, sin duda habrá muchas
más ocultas a la vista.

Ciertamente, el Presidente ha promovido con fuerza una serie de políticas que
sólo cabe esperar molesten a la institución militar.

Tómese, por ejemplo, el desfile altamente controversial del pasado 5 de julio.

Fue prácticamente un catálogo de afrentas, pequeñas y grandes, al papel tradicional
y a los valores de la Fuerza Armada. Después de reiteradas y públicas advertencias
de que varios generales resentían el hecho de tener que cuadrársele a un oficial
uniformado de menor rango —aunque se trate de su Comandante en Jefe— el Presidente
insistió en vestir su uniforme de gala (N° 1) de teniente coronel en el desfile.

A pesar de un flujo constante de quejas de oficiales hastiados de verse reducidos
al papel de abasteros, el desfile del 5 de julio incluyó hasta una carroza del
Plan Bolívar 2000 que festejó su programa de «mercados populares», con todo y
soldados pesando cebollas y tomates, y vendiéndolos a consumidores agradecidos.

Y como para lucir la sordera gubernamental para con sus críticos, el comentario
oficial transmitido conjuntamente con el desfile, estuvo salpicado de arengas
políticas en las que se alababan las virtudes de los «cambios profundos» introducidos
por la «revolución pacífica». Para rematar, el desfile cerró con un discurso
francamente político de un obeso general activo del Ejército, Manuel Rosendo,
alabando las virtudes del programa chavista.

El Presidente nunca ha hecho un secreto de su visión ceresoleana de la Fuerza
Armada como elemento político activo. La nueva Constitución ciertamente abre
la puerta a una Fuerza Armada con mayor participación política. Al otorgarle
al Presidente la responsabilidad absoluta de los ascensos militares, Chávez adquirió
un poderoso mecanismo de patronazgo y se estableció a sí mismo como el punto
focal del descontento de los oficiales pasados por alto en los ascensos.

La terca negativa del primer mandatario a llegar a un avenimiento en cuanto a
temas delicados, o de hacer alguna concesión para aplacar a un estamento militar
cada vez más disgustado, ha sido puesta ampliamente de manifiesto últimamente.

Lo único que esta actitud de confrontación puede lograr es echarle más leña al
fuego, en un momento en que el Presidente debería más bien estar tomando medidas
para apagarlo.

El presidente Chávez agarró una rabieta ante la publicación en El Universal de
dos fotos, uno del año 1950 con los miembros de la Junta Militar de la época
en uniforme de gala, presidiendo al desfile del 5 de julio de ese año, y otro
con el presidente Chávez y el Alto Mando Militar, en idénticos uniformes, durante
el desfile de este año. Entre otros, el Presidente calificó a Andrés Mata, dueño
de El Universal, de «oligarca» que no le importa los problemas de los pobres.

El tema -se me oponen los oligarcas- reapareció ayer, cuando el Presidente trataba
de esquivar responsabilidad en el caso de La Razón.

La Razón, el semanario, y su editor, Pablo López Ulacio, están en la vanguardia
de la batalla por la libertad de expresión. La semana pasada, un juez ordenó
el arresto domiciliario de López por rehusarse a asistir al tribunal, para lo
que López dice ser un proceso inconstitucional donde, entre otras cosas, se ha
violado su derecho a la defensa.

Para sorpresa de todos, el Inspector de Tribunales René Molina no sólo está de
acuerdo, sino que ha recomendado que el juez, David Pérez Perera, sea destituido.

Para aún mayor sorpresa de todos, el presidente del Congresillo Luis Miquilena,
acusó a Molina de actuar así por temor de que La Razón revele que es pederasta.

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