Opinión Nacional

Cuestión de Reyes y de Iglesia

Hacía tiempo que este articulista no publicaba en este medio. Una larga permanencia por tierras europeas, realizando investigaciones históricas, no le permitió escribir sobre los avatares de la Quinta República —que ya entró en fase de Consulado para llegar pronto a Primer Imperio bajo el mandato de Hugo El Breve.

El Internet, sin embargo, permite que, dondequiera que uno se encuentre en el planeta, siempre es posible que uno se entere de lo que ocurre en todos los rincones de Venezuela —hasta en Sabaneta de Barinas. Poquelin ha sido informado de la lucha encarnizada de Hugo Rafael Chávez Frías contra la Iglesia Católica Apostólica y Romana y se siente ahora impulsado a expresar algunas ideas sobre el raciocinio mental del caudillo llanero del siglo XXI.

En los tiempos en que el hijo de Hugo de los Reyes tuvo una celda por morada en las calurosas tierras de los Valles del Tuy, alejado como estaba de sus compañeros de prisión que no confiaban en él —y a quienes, por lo demás, él despreciaba—se dedicó, cual monje del medioevo, a leer, leer y leer. Después de todo, Ceresole, su Robinson, le había aconsejado culturizarse para que pudiera contar con una sólida base cultural que le permitiera tomar las riendas de la revolución iberoamericana. Hugo leyó, leyó y leyó a los grandes escritores, desde los de las épocas más remotas hasta los de la más reciente vanguardia. Se enteró de las gestas más gloriosas de héroes, mártires, reyes, emperadores, libertadores. Supo de la existencia de la poesía revelada por el bardo Tarek.

La falla principal, sin embargo, de esas lecturas, fue que se realizaron a través del método abreviado de las Selecciones del Reader’s Digest, apoyado por las técnicas de lectura rápida que asimiló al asistir a cursos del Control Mental Silva y de Dale Carnegie. No pudo, desgraciadamente, asimilar las enseñanzas de la historia y esa carencia se hace patente en su gesta como gobernante. Hubiera sido preferible, tanto para él como para los venezolanos, que se hubiera limitado a leer y asimilar la «Revolución de la Inteligencia», de Luis Alberto Machado.

Ya en ejercicio del mandato del «soberano», Hugo trajo a su mente todas las historias de reyes que había leído en prisión. Al regresar de sus celebrados viajes por el mundo se ufanó de su amistad con reyes y emperadores. En sus interminables alocuciones [Nota del editor: ¿No será más bien «alocociones»?] «urbi et orbe» nos hablaba de su amistad con el Emperador de los nipones, con el Rey de España. Denotaba, en el fondo, una gran admiración por las monarquías y los imperios. Pero, como siempre, surge la inconsistencia en sus ideas y sus actuaciones. En su pleito con la Iglesia, emuló al Rey que no debía, en vez de decir, como Enrique Cuarto rey de Navarra «París bien vale una misa», optó por actuar como Enrique Octavo, Rey de Inglaterra, rompiendo con la Iglesia Católica, Apostólica y Romana y amenazando con la creación de una iglesia católica venezolana, sin ningún nexo con la Santa Sede. Suerte tiene Hugo el Breve de no vivir en tiempos del Santo Oficio pues ya le habría dictado un auto «de haeretico comburendo». Pero, mayor suerte vamos a tener los venezolanos cuando, dentro de muy poco se dicte otro auto —no precisamente de la Inquisición—, el «de idiota inquirendo».

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