Opinión Nacional

De cómo ser pobre y no morir en el intento

Quizá fue la pobreza la que le dictó estos versos al poeta peruano César Vallejo; decía: «Hoy me gusta la vida mucho menos -/ pero siempre me gusta vivir».

El Cholo (que así se le conocía en París) vivió momentos de penuria donde el pan escaseaba y los cobres se le negaban, a tal punto que soportar el duro invierno de la capital francesa era una proeza en la que podía írsele el respiro, o sea la vida. Sus poemas humanos le hacían repetir constantemente: Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.

Y es que la relación de Vallejo con la pobreza no fue un asunto de sensibilidad. De allí que el haberla padecido intensamente le abrió una “senda de diálogo” con ella en la que prevaleció la dignidad y la inteligencia de un hombre dedicado a la actividad intelectual. Por eso insistía que su condición era la de un hombre pobre; y hacía diferencia entre la miseria y la pobreza. De la primera era imposible salir porque ésta se instalaba en el alma como el clavo a la madera. La segunda era más fácil de derrotar porque obedecía a factores exógenos, cuando no a desviaciones morales, también, perfectamente corregibles.

En Venezuela el caso de la pobreza tampoco es, como en Vallejo, un asunto de sensibilidad. Sus causas están bien identificadas, y el cómo se expresa también. Repare usted nada más en esos niños que merodean por entre los estacionamientos de las grandes cadenas de comida rápida, y permítase un pensamiento que supere la condena al Estado o a la irresponsabilidad de los padres de ese niño; deténgase más allá del No con el que pospone la compra de un paquete de agujas o de chocolate mientras disfruta un café en alguno de los centros comerciales de la ciudad; o, si prefiere, mírele la cara a la señora que extiende ante sus ojos un arrugado papel donde – dice la señora – se le prescribe las medicinas para combatir una terrible enfermedad, y se dará cuenta que la llaga supura el mismo olor al que se acostumbró la Madre Teresa de Calcuta: la pobreza.

Si sigue al “pie de la letra” lo indicado arriba, se dará cuenta que la pobreza está instalada en la dura y diaria realidad del venezolano, que puede convivir con nuestra relativa seguridad económica o que, más lamentable, uno de esos golpes que da la vida – al decir del mismo Vallejo –pudiera lanzarnos hacia el estadio que rodea el día a día de esos, nuestros hermanos. Golpes, que serían, dados como de la mano de Dios.

De forma que lo peor que pudiera sucederle al “caso pobreza” en Venezuela (ese que salió por la puerta de los ranchos, y hoy sube las escaleras y ascensores de los edificios donde vive la clase media), es que se sigan profundizando sus causas y que algunos inescrupulosos utilicen su presencia entre nosotros para fomentar el resentimiento social; y en consecuencia, “cobrar” para su parcela política el número de votos necesarios para mantenerse en el poder.

Estas líneas no acuden a la estadística, no profundizan en las causas del problema, no proponen solución alguna, tampoco remiten a estudios o autores que hayan ensayado sobre el tema, muchos menos señalan o acusan a alguien. Para quien las escribe queda claro que la pobreza no es una fatalidad, que podemos superarla, que entre las variables para lograr esto último se encuentra la erradicación del desempleo, el desempeño eficiente de un Estado que le dedique el mayor de sus esfuerzos a la salud, la educación, la construcción de vivienda. También estoy cierto que el solo crecimiento económico no es suficiente, y que una sociedad “picada” por el virus de la solidaridad y la caridad tiene como que más oportunidades de salir del tunel.

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