Opinión Nacional

¿De quiénes son las barricadas?

 Sin embargo, me ha servido para reclamar la designación inapropiada que se hace —en los medios de comunicación— a las “trancas de calles”, a los cierres de vías, cuando se las llama “barricadas”. Allí exigía una distinción. Recordaba que aquellas nos transportaban inevitablemente a las jornadas heroicas que dio el proletariado comunero de París en 1871. También a las de febrero y junio de 1848, donde derramaron sangre, sudor y lágrimas defendiendo a la llamada República Constitucional francesa (La desvanecida República Imaginaria, a decir de Marx), para luego ser traicionados por la burguesía “republicana”, quienes terminaron encumbrando a Luis Napoleón.

Esas barricadas se levantaron para oponerse a los cañones y las cargas de caballería del ejército francés. Quienes las defendían eran mayormente obreros desempleados, permaneciendo en ellas día y noche, oliendo a pólvora y a sangre. Entonces mi reclamo viene por allí. Y es que se deshonra a las barricadas proletarias cuando se las asemeja a aquellas de la oposición venezolana, esas que colocan la pequeña burguesía en las urbanizaciones donde viven; auto-secuestrándose y sitiándose ella misma. En contrario, los barrios populares lucen sin conflictos y despejados.

Ahora bien, las trancacalles de la burguesía opositora venezolana tienen sus particularidades. La primera es que se autocalifican de “pacificas”, aunque son defendidas con suma violencia: con molotov, granadas de clavos (modalidad importada de Colombia), guayas degolladoras…y francotiradores [1]. La segunda: sus defensores son fuerzas de choque reclutadas en el sicariato mercenario colombiano. Son los que se enfrentan con las fuerzas del orden, si bien estos no arremeten ni con cañones ni con la “caballería”. La tercera, la burguesía opositora se limita “cómodamente” a recoger basura y cachivaches para las “barricadas”. Eso sí, marchando hacia sus trancacalles con la bandera nacional “patas arriba” y a la usanza de Hollywood: el asta inclinada descansando sobre el hombro, en una épica de pulchinela. Jamás defienden y pernoctan en sus “barricadas”, como sus émulos franceses. La cuarta: las consignas que los convocan son contradictorias. Llaman a tumbar al gobierno justificándose en la escasez de alimentos, en las colas para su adquisición y en sus altos precios. Sin embargo, con el sitio a sus urbanizaciones han logrado ¡mayor escasez, las colas son aún más largas y los precios han alcanzado los niveles de la especulación!

Pero no sigamos describiendo estos comportamientos, que si no hubiese ya más de una decena de muertes, pasarían a formar parte de la antología burlesca de nuestro país. No obstante, las particularidades de los acontecimientos son necesarias; pues me obligan a examinarlos con detenimiento. Así, la primera pregunta que salta en estas notas es: ¿estas “protestas pacíficas” son insurreccionales o no? Es evidente que sí lo son; puesto que el convocante principal de las mismas (Leopoldo López) lo confesó ante las cámaras de televisión, diciendo: “Hasta que caiga este gobierno”. Por otro lado, protestas con balas es insurrección. Otra pregunta, atada a la respuesta de la anterior, es: ¿quién está detrás de esta insurrección? Aquí debemos recoger tres declaraciones recientes: la del secretario estadounidense Kerry, la de la canciller colombiana Holguín y la del embajador de Panamá en la OEA. Estos, casi al unísono [2], preparan a la opinión pública internacional para justificar la insurrección golpista opositora “en aras de la democracia y convivencia en Venezuela”. Sin embargo, el caso de la canciller Holguín es muy llamativo. Y lo es por dos razones: por la condición fronteriza de nuestros países y por su defensa instantánea al “ofendido” ex presidente colombiano Álvaro Uribe. Digo esto por la gravísima situación de perturbación del orden público en el estado Táchira, limítrofe con Colombia, y por las desafortunadas declaraciones del Gobernador de ese estado, capitán Vielma Mora. Aunado todo a los recientes sucesos en Ucrania.

Ya es bien conocido que, para dar el golpe de estado en Ucrania, los insurrectos neonazis ucranianos dispusieron —además del apoyo monetario de los EEUU, a través de sus ONGs— de aliviaderos en territorio polaco para atender “medicamente” a los “héroes de Kiev”. Aliviaderos ofrecidos sin pudores diplomáticos por el primer ministro de Polonia, Donald Tusk. No es azar que la ucraniana provincia fronteriza de Lvov haya solicitado, en medio del conflicto, su anexión a Polonia. ¿Coincidencia que las protestas en Venezuela hayan comenzado en el fronterizo Táchira? Así las cosas, no sería descabellado pensar en planes para el establecimiento de “corredores” que, una vez tomado literalmente el estado Táchira, proveyesen de bastimento, de mercenarios y de apoyo logístico a la insurrección en el resto del país. Es la misma estrategia estadounidense usada en Ucrania y en Siria. En el primero con los mercenarios neonazis entrenados por el Consejo de Defensa de la OTAN y, en el segundo, con los yihadistas wahabitas introducidos por Arabia Saudita. Allí podríamos encontrar las explicaciones, tanto a la violencia desequilibrada de los sicarios de choque en las trancacalles opositoras, como a la resistencia de la oposición a dialogar con el gobierno de Maduro. También a la defensa de Uribe por parte de la canciller Holguín, que es decir del gobierno colombiano. Por cierto, Colombia y Polonia tienen bases militares con valor estratégico para EEUU…

¿Y Vielma Mora? Qué papel juega. En verdad es una incógnita. Se me antoja de esos militares del chavismo que están más cómodos sin Chávez que con él. En ellos es notoria la dificultad prosódica que sufren cuando deben asumirse “socialistas”. Les sale como remordida esta calificación. Donde no hay incógnitas es en el patrón de las protestas insurreccionales en Venezuela: siguen el guion imperial de EEUU para derrocar gobiernos “incómodos”. Guión que mandó a cambiar de timón después del 14 de abril de 2013, cuando Capriles no pudo montar su plaza Tahrir para tumbar a Maduro, sucumbiendo a sus propias torpezas.

¡Ah!, ya para terminar, les cuento que esta mañana presencié el despeje de las trancacalles en la Av. Cuatricentenaria, única vía de acceso a la urbanización Country Club, de las más exclusivas de la ciudad de Valencia; la cual permanecía en gueto por la acción de un grupo de sus propios vecinos (sin alimentos, sin agua potable, sin escuela sus hijos, etc.). El despeje lo realizaron los vecinos del barrio popular de La Manguita, colindante al Country y, para más señas, mayoritariamente chavista. Dándole —a la burguesía opositora venezolana— una lección de fraternidad y convivencia ciudadana; y a mí, la respuesta a la interrogante que encabeza estas notas: ¡las barricadas son del pueblo, son proletarias y chavistas!

 

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