Opinión Nacional

De Safari por el centro de Caracas

No concesión o cierre / puede ser el punto de quiebre

A pesar del férreo control que mantiene sobre la inseguridad el ministro del pe pe para el Interior y Justicia, capitán P. Carreño, unos amigos de lo ajeno y supongo de la revolución, visitaron nuestro apartamento y se llevaron algunas cosas, en realidad pocas, aunque mi señora cada vez que lo comento me corrige y dice “nos llevaron muchas cosas de valor” y yo para mis adentros, nunca contradigo a mi señora por sabios consejos que recibí de mi difunto padre, pienso: calentera van a coger esos tipos cuando traten de vender lo que se llevaron y no les den ni un bolívar fuerte. Pero nos llevaron los pasaportes que eso si es realmente de valor en este país y, cosa rara, nos dejaron el apartamento tapizado de propaganda del gobierno. La policía de Baruta, a quien llamamos para poner la denuncia, me preguntó si es que yo era alguien importante de la oposición y les respondí que mi única actividad oposicionista, es esta humilde columna. Bueno el caso es que por lo del robo de los pasaportes tuve que ir a PTJ a poner la denuncia donde me pidieron que hiciese una carta, yo mismo, ya que ellos no tenían posibilidades en ese momento para hacerla, pero que no pusiera robo sino extravío, todo lo cual acepté.

En vista de los días que vive la república por aquello de patria, socialismo o muerte, del cambio de la ley de educación, de inquilinato, de la patria potestad, de libre tránsito y demás rumores, uno debe tener al día su pasaporte “porsiacaso” hay que tomar las de Villadiego y hacer como hicieron los cubanos después que las olas del mar de la felicidad les comenzaron a bañar sus bellas playas. Así que nos dirigimos a la ONIDEX, en el centro de Caracas, para solicitar que nos anulasen los pasaportes “extraviados” para poder iniciar nuevamente el tedioso proceso de ingresar a la página web de ese organismo para formular de nuevo la solicitud correspondiente.

Para los ciudadanos que vimos en el sureste caraqueño ir al centro de Caracas es como ir de safari. Uno se viste un tanto “niche”, incluidos blue jeans y zapatos tenis, nada de prendas ni relojes y se encomienda al Todopoderoso. Así lo hicimos. Bien de madrugada nos fuimos, dejamos el carro en el Colegio de Ingenieros y allí tomamos el metro hasta Capitolio. De la Bolsa bajamos hacia la plaza Caracas. ¡Oh Calcuta! exclama uno cuando ve aquel mar de tarantines, borrachitos amanecidos, indigentes, niños de la patria, botellas, latas, desperdicios y pestilencia, en fin que solo faltaría la Madre Teresa. Hago memoria y recuerdo unas recientes declaraciones del teniente coronel donde comentaba que había paseado por el centro de la capital y por lo limpia que estaba felicitaba a Bernal, ¿sería que lo pasearon por plaza Francia, en Altamira? me pregunto. Prejuicios a un lado llegamos al edificio de la Onidex. Nos metimos en la cola de la tercera edad a pesar de la renuencia de mi señora. Noto a muchos sentados en unos banquitos de plástico, pregunto y me dicen que debo contactar al señor que los alquila. “Maestro son mil bolos”. Entablo conversación con el tipo y le comento que debe ganarse un buen dinerillo y me dice “bueno maestro es que yo soy TSU en sillas”, hay otros que son TSU en guardar puestas, en datos filiatorios, en estampillas, y así sucesivamente me menciona las diferentes profesiones de la revolución. La cola duró poco e ingresamos al interior del edificio, nos dieron un número y tomamos asiento. Todo el personal rojo, rojito, pero muy atentos. La espera no duró mucho, nos atendieron bien. “En quince días puede solicitar de nuevo su pasaporte”. Gracias señorita y nos fuimos de nuevo al mundanal zaperoco. Hay hambre, pero antes de meternos en una cafetería que esta justo en frente, me detengo en una venta de leyes. Quiero reponer mi constitución porque la que tengo de tanto manosearla o violarla, esta vuelta “sereta”, como el país dijera alguien. Cuanto vale esa constitución pregunto. “Ocho mil la grande”. Dame una, pero le comento a mi señora: la verdad que voy a perder esos reales porque el comandante la va a cambiar nuevamente. “Eso cree él” me dice el vendedor, “nosotros no vamos a permitirle eso”, y se ha destapado a hablar mal del gobierno, de la revolución, a todo pulmón. Le hago la observación de que tenga cuidado porque supongo que estamos en un nido de chavistas. “Mire amigo aquí los únicos chavistas son los camisas rojas que lo atendieron adentro, que los cambian cada dos meses para enviarlos a Cuba o a Bolivia, y para que sepa yo vivo en los Altos de Lídice y allí es la misma cosa. Esta revolución se volvió pura pata y no se pudo parar”. Pago y nos vamos, me como una arepa de amarillo y mi señora una empanada.

Camino a la estación Capitolio, entramos a la Iglesia de San Francisco, turismo endógeno que llaman. Visitamos la nave de las llagas del santo amigo de los animales. Muy acogedora. Pido para que nos proteja de sus amigos. Al tomar nuevamente el metro, literalmente nos metieron al vagón. A mi señora se le quedó atrapada la cartera y gracias a que las puertas respondieron a su sistema de seguridad no pasó nada grave. En la estación de La Hoyada se enganchó el asa del bolso de una señora en mi cinturón-celular y ella empujaba para salir y yo para quedarme en el vagón, casi me dejan. Un joven, con pinta de evangélico y supongo asiduo usuario del metro, nos comenta que es que ahora hay menos vagones y pasan mas espaciados, amen que el mantenimiento deja mucho que desear. Cosas de la revolución, pienso. Llegamos al CIV, cojo mi carro rumbo al sureste y llegamos sanos y salvos. Una experiencia más para contar a nuestros nietos.

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