Opinión Nacional

Democracia en medio de la subversión

A mediados de 1963, Venezuela estaba en plena campaña electoral. Respecto a Acción Democrática, cabe recordar que tanto en política internacional, que fue llevada a cabo en favor de los intereses específicos de la naciente democracia venezolana, como en su proyecto nacional de cambios importantes, tanto sociales como económicos, el Presidente Rómulo Betancourt no contó con un partido unido. El fraccionalismo hizo su inquietante aparición, a veces contra la preservación del sistema democrático.  En el cisma del MIR se fue la energía de extracción juvenil y universitaria y el Grupo ARS entabló el enfrentamiento con la llamada Vieja Guardia por la candidatura presidencial.
 
     El Grupo Ars había logrado, dentro de las reglas de la democracia interna, alcanzar la mayoría de los puestos del Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática, con la participaión de líderes destacados como José Manzo González, José Angel Ciliberto, Manuel Alfredo Rodríguez, Elpidio La Riva Mata, Héctor Vargas Acosta, César Rondón Lovera, Manuel Vicente Ledezma y otros de veterana actuación durante la resistencia contra Pérez Jiménez. Contaban también con 24 diputados y numerosos concejales y diputados regionales. Se creía que era una fuerza cierta dentro de AD, de penetración entre lideres medios, obreros y campesinos, bajo la conducción de Raúl Ramos Jiménez, bien dotado de carisma y honestidad personal.
    
     A este grupo se opuso en forma rotunda y vehemente la Vieja Guardia que liderizaban Raúl Leoni, Gonzalo Barrios y Luis Beltrán Prieto Figueroa, con el apoyo del Secretario General Jesús Angel Paz Galarraga y el liderazgo sindical del partido. Betancourt dio su aval a la Vieja Guardia. Esta segunda división de AD dio pié a dos candidaturas presidenciales “adecas”, cuyos símbolos y derechos se disputaban.
 
     El nuevo cisma tuvo serias implicaciones políticas porque la coalición ARS-PCV-URD-MIR llevó a la Presidencia de la Cámara del Diputados a Manuel Vicente Ledezma, asumiendo las vicepresidencias representantes del MIR y de URD, mientras proseguían la violencia, la guerrilla y el terrorismo urbano, aunque ya para entonces resultaba evidente la derrota y el fracaso general del esquema de lucha armada. Como lo diría el comunista Nuñez Tenorio en su autocrítica ulterior: “No se puede jugar a la insurrección. Fuimos a una lucha frontal contra Betancourt sin estar elementalmente preparados… A pesar del triunfo de la nueva división de AD y la aparición del Grupo ARS, a pesar de nuestra influencia entre los militares jóvenes de nuestras Fuerzas Armadas, no debimos precipitar los acontecimientos, debilitando así los elementos embrionarios que comenzaban a cuajar. Ese era un cuadro político que necesitábamos cuidar como la niña de los ojos, en lugar de jugarlo a la ruleta de la insurrección. No fue así. En los primeros cinco meses de 1962 mandamos todo al diablo. Nos precipitamos. Nos faltó pulso táctico. Nos fuimos de bruces. Esa es una responsabilidad histórica de todos los dirigentes revolucionarios, incluyéndome personalmente”.
 
     Aunque la violencia continuaría hasta muy avanzado el próximo gobierno, el proceso electoral fue iniciado por Jóvito Villalba a instancias del propio Betancourt, quien le hizo ver la conveniencia de abrir las operaciones cívicas para restaurar la confianza en el voto y en la alternabilidad.  Así, el líder urredista recorrió el país con la consigna “Votos sí, balas no”, infundiendo ánimos cívicos a los suyos, que a la sazón parecían encandilados por el sol de Cuba y las andanzas guerrilleras de Fabricio Ojeda.
 
     En honor de la verdad, Jóvito atendió el llamado del Gobierno de Coalición en el sentido que debía de realizarse una campaña electoral normal, a pesar de las provocaciones de la extrema izquierda y de los coletazos del perezjimenismo en trance de conjura. En tal forma, se aisló progresivamente al frente izquierdista empeñado en mantener la lucha armada. Betancourt recalcó en el Congreso una verdad histórica: que ni la campaña subversiva, ni la pugna política legal, ni las pasiones desatadas, habían alterado la marcha normal del gobierno, ni el proceso de desarrollo económico y de conquistas sociales. En defensa y preservación del sistema democrático, utilizando la violencia contra la violencia, muy a la venezolana, Rómulo salió airoso.
   
     En 1963 se pretendió aprovechar la situación de violencia y la debilidad de AD, después de dos cismas importantes y en medio de la confrontación ideológica, para impedir que otro líder adeco sucediese a Betancourt. Se especuló que Rómulo quizás hubiese preferido consolidar la coalición por otro período, sobre la base de la postulación de Rafael Caldera o de un independiente, como Juan Pablo Pérez Alfonzo. El caso es que la candidatura de Raúl Leoni estaba muy bien respaldada dentro de Acción Democrática.
 
     AD decidió proclamar la candidatura de Raúl Leoni, llevando a la oposición a una abigarrada lista de candidatos que se distribuirían esos votos. Los otros candidatos fueron: Rafael Caldera, por Copei; Jóvito Villalba, por URD; Arturo Uslar Pietri, por el Frente de Unificación Nacional, que había de transformarse en el Frente Democrático Nacional; Wolfgang Larrazábal, por Fuerza Democrática Nacional;  Raúl Ramos Jiménez, por AD Oposición, que más tarde sería el Partido Revolucionario Nacionalista; y Germán Borregales, del Movimiento de Acción Nacional.
 
     En medio de las actividades complotistas del FALN y de la izquierda subversiva, el gobierno tuvo buen cuidado de no reprimir a la oposición legal, que participaba con sus efectivos en la campaña electoral y cuidábase de no coincidir con la oposición armada. Los mismos opositores constitucionales condenaron diversos atentados, como el asalto al Museo de Bellas Artes, la toma del buque “Anzoátegui”, el secuestro del futbolista Di Stefano, la voladura de un oleoducto  en Puerto La Cruz y, sobre todo, el asalto al tren de El Encanto, donde murieron mujeres y niños, además de varios Guardias Nacionales. Estos hechos provocaron medidas radicales por parte del gobierno, como la detención de Gustavo y Eduardo Machado, García Ponce, Ortega Díaz, Gallegos Mancera, Jesús Faría (del PCV) y de Domingo Alberto Rangel, Américo Martín y Américo Chacón (del MIR), a pesar de la condición de parlamentarios de algunos de ellos, y también a pesar de que casi todos condenaron los hechos de El Encanto.
        
     La campaña electoral pudo haberse desarrollado como un hecho político marginal en el cuadro de la violencia, pero en honor a la verdad fue un debate animado e interesante por los planteamientos de los aspirantes a la presidencia. Leoni prometió la concordia y la paz, dando seguridades sobre la formación de un gobierno de amplio entendimiento; Caldera también hizo de la pacificación una bandera, pero “sin caer en claudicaciones frente al terrorismo”; Uslar Pietri hizo una campaña vistosa con la colaboración de Ramón Escobar Salom, Pedro Segnini La Cruz y Ramón Quijada, el antiguo líder agrario de AD; Jóvito también ofreció la paz y la amnistía, pleno empleo y la eliminación de la Digepol; Raúl Ramos Jimeenez hizo énfasis en el programa de reforma agraria y en la creación de nuevos empleos; Wolfgang Larrazábal prometió un nuevo Plan de Emergencia…

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