Opinión Nacional

Desde los jardines Metafísicos de la luz aleccionadora (II)

Paz leyó siempre más que entre líneas la historia política de su tiempo y nos ha dejado una importante semblanza de los principales actores de la misma que le tocó tratar. Conoció a Nehru y trató de cerca a Indira, sacrificada en un capítulo más de esa serie de ominosos signos de separatismo que aquejan al subcontinente indio. Su vida en Delhi estuvo marcada por el rigor profesional que impuso a su representación diplomática y es bien sabido que cumplió a satisfacción con las minucias, a menudo fatigantes o absurdas, de la vida social. Alternó la rica convivencia de algunos amigos locales y extranjeros con momentos de extrema creatividad y disciplina. Viajó en circunstancias muy difíciles por carreteras infames y caminos vecinales, para descubrir las maravillas dejadas como huellas por varias civilizaciones. Allí se preparó largamente para comprender hechos futuros de su propia historia personal, muchas veces coincidentes con los avatares de su propio país. La India significó para Paz una permanente enseñanza y se aplicó a honrar esa dimensión aleccionadora con todo el fervor del que es capaz un poeta rebelde y visionario; allí recibió otro don preciado en su dimensión emocional e íntima: el encuentro con Marie José, una mujer que fue amor, pasión, inspiración y la compañera de sus últimos instantes. Durante una cena en el homenaje a Carlos Barral en una villa pescadora catalana me atreví a decirle que sin ella y sin la India el Nobel habría demorado más. Marie José, por elegancia discordó de la importancia de su papel pero coincidió en que el encuentro del maestro con este país marcó de manera definitiva su destino poético y le proporcionó hondura a su visión del mundo y de la vida.

Cuando el profesor Dhingra de la Universidad “Nehru”, de cuyo consejo de la facultad de letras formé parte, me propuso que participara con algunas páginas en la valiosa recopilación sobre la influencia de la India en Paz, pensé que podría valer la pena trazar una semblanza de una esporádica relación de dos décadas y contar anécdotas de algunos encuentros que me enriquecieron intelectualmente y me proporcionaron verdadero júbilo existencial.

Así pues, comienzo el breve recuento: el poeta baja la escalinata de sus oficinas en un edificio de los años cuarenta, localizado en la principal avenida de la Ciudad de México. Hablo de una tarde a principios del año de 1972. Un joven de diez y ocho años, recién llegado a la capital, lo aguarda durante varias horas en el Paseo de la Reforma, a lado del «Excelsior», con un sobre lleno de poemas bajo el brazo. El poeta, solo, aparece por fin ya entrada la noche y baja la gran escalera. El joven está muy nervioso, consciente de que está a punto de cometer una osadía. Entre el ritmo de la taquicardia y la torpeza del abordaje apenas encuentra palabras para explicar que ha venido desde un puerto del Golfo de México para entregar los originales que pretende presentar en un concurso de poesía. Paz de manera comedida, superado el susto, agradece la entrega pero explica que no puede recibir material que le someterán para su juicio.

Años más tarde el mismo joven se atreve de nuevo a buscar un diálogo con el poeta. Ahora durante el intermedio de un concierto de Ravi Shankar, en el palacio de Bellas Artes de la ciudad de México. El poeta, cordialmente intercambia algunas frases con el intruso y se aleja de prisa. En el aire se escucha la cítara magistral del maestro de los Beatles. Lo que son las cosas, al propio Shankar y a su hija, una citarista muy talentosa los llegaría a tratar familiarmente.

Once años más tarde los pasos se cruzan se nuevo con los del poeta o dadas las circunstancias, más bien al contrario. Pero ahora el joven provinciano es un diplomático, en funciones de Cónsul General en Río de Janeiro y el gran poeta y su esposa, realizan su primer viaje a Sudamérica, comenzando por el Brasil. Los primeros momentos del encuentro son reveladores de lo que sería un riquísimo diálogo, largamente anhelado por mi parte. El traslado del aeropuerto, de la isla del Galeón al hotel, fue salpicado de referencias literarias. Paseamos por los lugares donde vivió Don Alfonso Reyes y recordamos, en una bella glorieta frente a la playa de Flamenco, la donación de una réplica del monumento a Cuauhtémoc que llevó a Río, José Vasconcelos»en 1922, acompañado por Carlos Pellicer, ya entonces un prometedor poeta.

Fueron varios días de encuentros muy intensos, de la mañana a la noche, en los que no dejamos de discutir sobre cuestiones políticas y artísticas del momento; días de renovado atrevimiento, en que pude preguntar sobre sus posiciones, sus famosas polémicas, sus teorías, su quehacer poético; días privilegiados para un joven que al fin tenía la fortuna de mantener un largo encuentro con una de los autores literarios que más admiraba. Ofrecí comidas y cócteles; cordiné reuniones con los más importantes escritores brasileños; acompañé a Paz y Marie Jo a varias universidades, y traté de mostrarles un Río de Janeiro fuera de los mapas turísticos. Aconteció entonces un hecho que habla de la extremada discreción de algunos intelectuales o de su enorme timidez. Paz se interesó en conocer al gran poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade y le invité a una comida en el último piso del hotel más alto de la playa de Copacabana. Drummond se disculpó y me pidió que se le dijera a Paz que se encontraba terriblemente resfriado, no sin antes pedirme que le renovara su admiración por su obra. Le pregunté porqué entonces se resistía a dicho encuentro y el maestro brasileño me respondió contándome una anécdota: en una ocasión en Buenos Aires Drummond preguntó en una librería quién era aquél personaje al que celebraban ruidosamente algunos de los presentes. Le respondieron que se trataba, nada menos, que de Rafael.Alberti, el gran poeta gaditano con el que Drummond se carteó, sin encontrarlo nunca, durante muchos años. Drummond dio la media vuelta y desapareció.

Drummond, al contarme la anécdota de Alberti me pidió que no dijera nada a Paz de su extrema timidez, pero que aceptara en su lugar la presencia de su hija, la delicada escritora Julieta Drummond. La comida fue luminosa. No sólo por la luz extraordinaria del mediodía carioca en Copacabana. Allí estaban entrañables escritores como Nélida Piñon, Antonio Callado, María Collasanti y Afonso Romano de Santa Ana, quien publicó en el Jornal do Brasil y reprodujo luego en uno de sus libros una bella crónica de esa comida donde se contaron momentos inéditos de la experiencia de Paz en la España Republicana, cuando se encontró en Valencia con Cesar Vallejo, y Pablo Neruda, entre otros grandes hombres de las letras iberoamericanos antifascistas.

Paz y Marie José disfrutaron enormemente la noche que fuimos invitados a cenar por Fernando Ferreira de Loanda, brasileño de origen angoleño, uno de los poetas más excéntricos de la lengua portuguesa; dueño de una fábrica de jabones, vestía con cuidadoso desaliño y andaba por el mundo con un grueso fajo de billetes sujetos con una liga para pagar sus cuentas, ya que se rehusaba a utilizar cheques o tarjetas de crédito. El restaurante y bar “Antonios” era desde los años sesentas el sitio de reunión más célebre de la bohemia carioca. Allí se daba cita Vinicius de Moraes, con una pléyade de intelectuales de la época, entre ellos Pedro Nava y Fernando Sabino; en sus mesas escribió Antonio Carlos Jobim una de las melodías centrales de la historia de la Bossa Nova, la deslumbrante «Aguas de Marzo». Paz y Marie José, lejos siempre de los ambientes mundanos, disfrutaron divertidos de la noche carioca. Propuse que nos cruzáramos a una casa de baile y piano bar, llamada Peoples y Paz fue prácticamente arrastrado por Marie José al interior umbroso del salón donde nos encontramos con Chico Buarque y a Caetano Veloso. Para entonces la pareja se había contagiado de la euforia que produce cualquier rincón con música popular en el Brasil, con tal entusiasmo, que una fotografía que conservo en mi poder como una joya iconográfica los registra dando pasos de samba. (Sigue la próxima semana)

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