Opinión Nacional

Detrás de la renuncia de Benedicto XVI

Es quizá lo más resaltante y valiente que ha hecho durante su pontificado, un paso histórico. Tal vez sea su mayor legado, que podría marcar nuevas tendencias insospechadas en la Iglesia Católica.

Sucedió en el Consistorio en el cual se canonizaba a los 800 mártires de Otranto, Italia y a dos fundadoras de congregaciones religiosas. Sin embargo, esa reunión entrará en la historia pues allí anunció el papa Benedicto XVI, que dimitía como Obispo de Roma a la sucesión de Pedro. Expresó, que después de haber reflexionado numerosas veces ante Dios,  “…es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado” (para gobernar la barca de San Pedro).  Así concluyó el pontificado, que según su propia voluntad, nunca debió haber comenzado.

El mundo se sorprendió, creyentes y no creyentes. Consternación, tristeza y lágrimas. ¿No mueren, acaso,  los papas en su ejercicio pontifical? Pero, ¿es la persona o es el cargo? ¿No deben estar ambos fusionados en un solo ente? La decisión de Benedicto XVI fue la simple comprobación de que el tempo y los debates de la Iglesia del presente lo habían superado. 

Nacido en una familia católica conservadora de Baviera, Alemania, también su formación escolar estuvo profundamente marcada por la religión; fue alumno modelo. Siendo aún seminarista, fue obligado a formar parte de la Juventud Hitleriana y de allí fue trasladado al ejército como asistente en la defensa antiaérea durante la guerra. La breve presencia allí aparentemente no lo influenció.

El teólogo brillante.

Ordenado sacerdote en 1951, emergió como una estrella en el estudio de la teología y la filosofía. Habilitado como profesor a los 30 años, enseñó en prestigiosas universidades alemanas como Bonn, Münster y Tubinga. Pero fue en el Concilio Vaticano II (1962-1965) cuando brilló, al ser nombrado Perito, es decir, teólogo oficial del Concilio. Pocas reuniones como ese Concilio pudieron haber modificado tan profundamente a la Iglesia Católica en siglos recientes: la Iglesia se abrió al mundo postmoderno y Ratzinger estuvo entre los teólogos que promovieron tal paso, aun cuando numerosos Cardenales rechazaban esa apertura.

Esta liberalidad limitada del teólogo Ratzinger se transformó radicalmente cuando, después de regresar a su ejercicio docente, tuvo que enfrentar las masivas protestas estudiantiles de 1968, el año del mayo francés, en la liberal Tubinga. Los estudiantes querían palpar interpretaciones políticas de la Iglesia y consideraban a la cruz de Cristo como un artefacto sadomasoquístico. Luego describiría que ese irrespeto provocó un profundo impacto sobre él y la iglesia. El indignado profesor buscó, entonces,  refugio en la contemplativa universidad de Ratisbona. Esto fue demostración del desconocimiento político en el abordaje de situaciones críticas.

En los años siguientes, el hasta cierto punto teólogo progresista dio paso al clérigo cada vez más conservador. Ello fue evidente cuando, siendo arzobispo de Munich y Freising, fue trasladado a Roma por el papa Juan Pablo II, como Cardenal, para conducir la Congregación de la Fe, la antigua y temida Inquisición, como su Prefecto. Allí permaneció más de dos décadas.

El dúo Juan Pablo II – Ratzinger llegó a ser la punta de lanza de un movimiento de retroceso en la Iglesia. El Concilio fue expuesto e interpretado por ellos tan conservador como fuera posible. Quien buscaba una carrera como teólogo, obispo o cardenal no podía presentarse como seguidor del Concilio, sino preferentemente como mariano y fiel a Roma. La teología de la liberación, acusada de estar manchada de marxismo, fue implacablemente combatida por Ratzinger. Los obispos católicos pertenecientes al Consejo Estatal para el Embarazo en Alemania debieron renunciar. Ambas situaciones fueron señales inequívocas para toda la Iglesia y así fueron comprendidas. Obviamente, en Roma soplaban otros vientos.

Juan Pablo II y su Cardenal Ratzinger ocuparon, durante el largo pontificado del primero, el Colegio de Cardenales con religiosos conservadores. La elección de  Ratzinger a la silla de Pedro no se esperaba necesariamente, ya que, generalmente, las personas del combate frontal dentro de una dirección política definida en la Iglesia no son elegibles. Pero el discurso de Ratzinger, hábil y programáticamente claro, sobre la Dictadura del Relativismo poco antes del Cónclave que lo elegiría Papa, así como su incuestionable lealtad hacia los Cardenales, contribuyeron sin duda a dirigirlo hacia el papado.

Se le consideraba el personaje más poderoso detrás de Juan Pablo II, pero en realidad era un hombre de la segunda fila, líder de una fracción en las luchas por el poder en la Curia Romana, pero no en la altura absoluta donde chocan y se reconcilian todos los intereses.  En ese mundo del combate, de la intriga, de los intereses encontrados Ratzinger, ciertamente,  pudo  penetrar. Lamentablemente, no era ese su mundo. Se dice de él, que fue Ratzinger por dentro y Benedicto XVI por fuera, una dicotomía que fue contraproducente para la Iglesia.

El destino del Cardenal Ratzinger se decidiría poco antes de cumplir 75 años, en 2002, cuando le solicitó a Juan Pablo II relevarlo de sus funciones en la Congregación de la Fe, debido a su edad. Quería recogerse para pasar sus últimos días como pensionado y poder meditar, rezar, escribir algunos libros. Pero el Papa Wojtyla rechazó la petición. Lo necesitaba todavía como el brillante teólogo que era.

Para la mayoría de los miembros del Colegio Cardenalicio,  Ratzinger era bastante conservador, muchas veces brillante pensador, probadamente apegado a la jerarquía. Y suficientemente viejo como para que después de Juan Pablo II, como nuevo papa, no marcara muy duraderamente a la Iglesia. Así, su elevación al papado era previsible.

Otras causas de la renuncia.

¿Fueron la edad avanzada y el cansancio la única causa de la dimisión del Sumo Pontífice? Sería ingenuo creerlo, lo que evidentemente conduce a explorar la necesaria existencia de otras y analizarlas.

Se sabía, que Benedicto XVI ya no controlaba la administración de la Iglesia. En el asunto de los Vatileaks, las cartas y documentos secretos del Vaticano extraídos subrepticiamente  hablaban siempre de las intrigas y luchas por el poder entre los Cardenales. Benedicto XVI no pudo detenerlos. Tampoco tuvo éxito en reformar al Banco Vaticano IOR Istituto per le Opere di Religione (Banco para las Obras de Religión), envuelto en obscuras transacciones de lavado de dinero, que condujeron a la destitución de su presidente Ettore Gotti Tedeschi, por haber fracasado en el cumplimiento de sus funciones primarias.

Según expresión de un viejo amigo de Ratzinger, Max Seckler, el Papa había sufrido mucho por las tantas cosas que conlleva ese oficio.  “Es difícil imaginar cuántas intrigas existen en Roma”. Se preguntaba, cuánto tiempo más podría su amigo soportar tal carga. El Papa es poderoso y el poder abre espacios para la intriga, luchas y confrontaciones.

También sufrió Benedicto XVI otro tipo de desencantos, como el descubrimiento de la traición de su mayordomo, Paolo Gabriele, quien extrajo documentos secretos y privados del Papa (2012), fue condenado y luego perdonado por el Papa. “¡Qué podemos hacer!”, se lamentó Su Santidad entre los más cercanos. “Debemos confiar en los individuos”. Algunos de estos documentos llegaron a manos del periodista italiano Gianluigi Nuzzi, quien los publicó en un libro (“Su Santidad: Los papeles secretos de Benedicto XVI”, italiano y alemán), ahora un best seller. Este asunto absorbió al Vaticano durante semanas. Se sospecha, que ello pudo contribuir a la dimisión del Papa, tal es el peso de la evidencia en los hechos, sus ramificaciones y el descubrimiento de las intrigas en el Vaticano.

Pero el teólogo Ratzinger no tuvo claridad  en muchos problemas eclesiales. No supo manejar el asunto de las cada vez más numerosas denuncias sobre los escándalos de pederastia por maestros y ministros de instituciones de la Iglesia, algunas de las cuales le fueron confiadas por las propias víctimas. Tampoco en la creciente brecha entre los creyentes de hoy y aquéllos conducidos bajo su ortodoxia en la inflexible Madre Iglesia. Oleadas de miembros se marcharon de la Iglesia, particularmente en las diócesis ricas de Europa y los Estados Unidos, de lo cual se beneficiaron sectas protestantes. En Alemania, su patria, Benedicto XVI fue más bien factor de polarización y desunión.

El asunto de la llamada Hermandad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo francés Marcel Lefebvre, conformada por ultraconservadores y obstinados enemigos del Concilio, fue cortejada por Ratzinger hasta el punto de gestionar una aproximación, fue combatida por los miembros de la Iglesia hasta el punto de dirigirse hacia un cisma. Uno de sus “obispos”, Richard Williamson,  es claramente antisemita y negador del Holocausto. Aparentemente, ninguno de sus colaboradores le informó oportunamente al Papa. De no haber sido por la confesión de antisemitismo, el escándalo no habría trascendido.

En un discurso dado en la universidad de Ratisbona en 2006, que más bien parecía una clase magistral de teología en su antigua universidad, Benedicto XVI se dirigió al Islam y, no por descuido, lo imputó de estar muy próximo a la violencia y alejado del sentido común, lo que generó enorme irritación en el mundo islámico. Hasta la Cancillera Angela Merkel intervino en el asunto al solicitarle un documento de disculpa para los afectados. Evidentemente, el Papa subestimó el impacto político de su discurso.

Estas fueron señales de que, en los últimos años de su pontificado, Benedicto XVI se encontraba abrumado y lento en sus reacciones. La gran política, acaso la política cotidiana, no era su asunto. Se decía en su medio, que él aparentaba no ser de este mundo.

En temas candentes de actualidad permaneció firmemente apegado a lo tradicional, tal como lo hizo Juan Pablo II: el celibato de los ministros de la Iglesia, la pregunta sobre la participación igualitaria de la mujer en la Iglesia, el aflojamiento de los derechos matrimoniales y la sexualidad, importantes preguntas sobre el ecumenismo, la lucha efectiva contra el Sida o el matrimonio homosexual. Estuvo en contra del aborto, la eutanasia (incluyendo el buen morir) y las técnicas genéticas. Expresó, en una posición todavía medieval, que la condena contra Galileo en 1633 era „racional y ajustada a derecho“ durante una reunión de la Universidad Romana de La Sapienza en 1990, con lo cual se impedía la plena rehabilitación de Galileo. La realidad científica cala tardíamente en el Vaticano, a pesar de la existencia de la Academia Pontificia de las Ciencias.

 

¿Cónclave con un ex-Papa aun vivo?

El  lapso temporal entre el anuncio de la renuncia del Papa y el inicio del Cónclave obviamente será empleado para lograr posibles acuerdos entre las fracciones o grupos de interés representados entre los Cardenales votantes. Joseph Ratzinger estará necesariamente atento a su desarrollo. Electo el nuevo Papa, Ratzinger observará sus primeros pasos, creando una convergencia de situaciones cuyas consecuencias serían imprevisibles por lo novedoso. Imaginemos un nuevo Papa reunido con un ex-Papa. ¿Podría Ratzinger, incluso, influir en los resultados? El Vaticano ha sido muy cuidadoso en manifestar que Benedicto XVI ahora y Ratzinger después de la fecha efectiva de la renuncia no intervendrán en la elección del nuevo Papa. Pero hay que considerar la realidad de la condición humana, según la cual los Cardenales difícilmente podrán sustraerse de la imagen cercana de un ex-Papa todavía vivo. Aun sin su presencia física en las reuniones del Cónclave, cuando se vote, Ratzinger estará espiritualmente destinado a influenciar el resultado. Esta situación, hasta ahora única, requerirá el análisis proactivo de una nueva bioética papal, extensiva al Sacro Colegio Cardenalicio, cuya existencia se ignora. Es, entre otras, la consecuencia de la renuncia de Benedicto XVI.

El legado.

Cuán significativa puede llegar a ser la dimisión de Benedicto XVI para la Iglesia Católica, lo dejó entrever el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, al expresar que no temía una división de la misma. Esto induce a pensar, que la controversia interna debe ser muy importante cuando su portavoz, generalmente cauteloso, elige tales expresiones. Con la elección de un nuevo papa hay quienes esperan un cambio de curso moderado, pero la mayoría escéptica cree que las políticas teológica y social, en esencia, se mantendrán.

Benedicto XVI nunca fue un pescador ni pastor de almas en el sentido evangélico. Fue un gran espiritualista. Un erudito. Un dogmático. Un mal político. Sin embargo fue siempre muy sensible, muchas veces encantador y tierno, lo que demostró tanto en su primera encíclica Dios es amor, como en sus sentimientos sobre el amor y el contacto interpersonal.

De sus tres encíclicas, que giran sobre la trilogía paulina de la Fe, Esperanza y Caridad, dos de ellas las inició con la palabra amor (caritas). Son estas encíclicas y los libros sobre Jesucristo los que conforman parte de su legado papal, sin olvidar que su obra escrita es abundante y prodigiosa: 600 títulos,  entre ellos 66 libros.

Con una visión optimista se vislumbra, que también en el Vaticano existe una nueva generación, más robusta y sana que las anteriores, pero no por eso menos creyente, y que en la Iglesia Católica mundial crecerá un ejército de jóvenes de acción con deseos de cambio.

Benedicto XVI llegó sonriendo y se marchó discretamente. Es raro que un poderoso de este mundo se despida con tanta dignidad, humildad y devoción. Una vez más, con su renuncia Benedicto XVI ha repintado las caricaturas que se hicieron de él en las paredes del mundo seglar. En un mundo que ya no conoce fronteras, el papa Benedicto XVI mostró las fronteras de la edad. Es quizá lo más resaltante y valiente que ha hecho durante su pontificado, un paso histórico. Tal vez sea su mayor legado, que podría marcar nuevas tendencias insospechadas en la Iglesia Católica.

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