Opinión Nacional

e llegó tu hora

Es imposible no sentir en esta hora el peso de la responsabilidad de lo que uno debe hacer o decir. En estos días todos hemos tenido cuidado especial con nuestra cédula de identidad. De vez en cuando abrimos la cartera para confirmar que sigue allí, estamos atentos a que nos la devuelvan después de cada trámite, subrayamos su importancia, como si de ella dependiera todo.

Nuestra cédula, nuestra identidad, lo que somos y también, bendito sea el Altísimo, lo que podemos ser: ese país hermoso, tolerante, amable, justo, educado y seguro con el que uno sueña cada vez que el delito, el desgobierno, la arbitrariedad o el abuso cotidiano te golpean en el rostro, en la conciencia.

Un momento crucial este, trascendente. Un momento en el cual los humoristas hablan particularmente en serio, más que nunca, como subrayando la gravedad del instante. Un momento que marca, que define. ¿Por qué uno siente estos escalofríos en esta hora? ¿Por qué uno tiene la certeza de que no va a dormir bien el sábado y menos el domingo de acostumbrada toma fija en la barandita del CNE? Pues nos sentimos así porque a todo pueblo le llega una hora decisiva en la que las palabras no son suficientes, en la que hay que demostrar con hechos qué queremos, hacia dónde vamos. El momento de la verdad, que llaman, por fin se topa con nosotros, la última frontera, la hora esperada. Uno de esos recodos de la historia en que dos caminos se abren ante nosotros, dos destinos, dos formas de concebir nuestro futuro.

De la decisión que tomemos dependen tantas cosas, tantas pequeñas y grandes cosas, vidas y sueños, esperanzas y realidades.

Frente a este tremendo peso que la Venezuela que vendrá pone sobre nuestros hombros es imposible sentir que «la vaina no es con uno». Sí, es con uno, es contigo, lector que sigues estos escritos y contigo que los desprecias y también con el que no sabe leer y también con el que nada le interesa y cree, inocentemente, que a él no le toca. Este domingo es el día en que la democracia se hace palabra viva, se hace carne en nuestros cuerpos fatigados en las largas colas que nos tocarán, en el corrientazo que te da en la espalda en el sagrado momento de votar, en el llanto que se te ahoga en la garganta al manchar tu dedo con el deber cumplido, en la larga vigilia ansiosa, expectante. Es el día de los «hijos infinitos», que llamaba Andrés Eloy, los que están y los hijos de los hijos que han de venir. El domingo es, también, el día de los que se nos fueron con sueños inconclusos, truncados, de los que han dado su vida por sus ideas, por esta tierra, nuestra tierra. Es la hora en que, como diría Kennedy, debes preguntarte no lo que Venezuela hace por ti, sino lo que te toca a ti hacer por Venezuela. La hora ansiada, el propio momento.

«Hace mucho tiempo, en un pueblo muy lejano había un gran sabio. Y un grupo de muchachos querían engañarlo y establecieron un plan para lograrlo. Fueron al pueblo y se reunieron con el sabio. Llevaban un pájaro vivo en sus manos, el que sostenía el pájaro detrás de la espalda le preguntó: «Hombre sabio, ¿el pájaro está vivo o muerto?» Si el sabio contestaba que estaba vivo, él mataría rápidamente el pájaro y diría entonces que estaba muerto. Si el sabio respondía: «El pájaro está muerto», el joven le enseñaría el pájaro vivo. El sabio permaneció en silencio durante un tiempo, luego se agachó a la misma altura del joven y le dijo: «La vida que sostienes está en tus manos, será lo que tú quieras que sea».

Este domingo el destino de Venezuela está en tus manos, venezolano sabio… será lo que tú quieras que sea.

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