Opinión Nacional

Educar ciudadanía

Posiblemente, el título de este artículo hubiera sido “Educar a los Ciudadanos” o quizás “Enseñar Urbanidad” en lugar de “Educar Ciudadanía”. Pero hemos escogido el término en cuestión para indicar que queremos abordar el tema de la Educación Ciudadana más allá de la moral, las buenas costumbres y las normas de cortesía. Y ello es porque mas allá de lo deseable, de lo admirable, de lo plausible, queremos hacer énfasis en lo necesario, en lo que le urge retomar a la población desde el punto de vista formativo, para que podamos encarar como comunidad de connacionales el éxito de nuestra vida colectiva cotidiana. Se trata de colocar el énfasis en real valorización de la vida, del valor de la seguridad, de la sana alimentación, de la solidaridad, del valor de la paz y el respeto al desarrollo personal, al estudio, al trabajo, el respeto a la persona humana independientemente de su condición social, género, raza, edad. o ideología, el respeto al lenguaje y su cordialidad, al buen trato con las otras personas. El valor de la cooperación, de la libertad de expresión pero no de la libertad de agresión.

Estos valores no tendrían sentido sin la precisión de los antivalores, vale decir, esos patrones negativos del comportamiento humano como el odio, el resentimiento, la vulgaridad en el lenguaje, la agresión, la violencia, el irrespeto en todos sus órdenes.

Por otra parte, pareciera que queremos sustituir los valores humanos por los valores de la máquina, haciendo prevalecer a ésta por encima del ser humano, deshumanizando nuestra condición de vida y convirtiéndola en un artefacto más, en un accesorio más de una máquina o de una serie de ellas. Nos convertimos en esclavos del vehículo, del televisor, del DVD. Poco apreciamos el hacer ejercicios aeróbicos o leer buenos libros. Luego, cuando se presenta una arritmia en nuestros equilibrios naturales o cuando falla la memoria o se traba el habla, no sabemos a que se debe.

“La ciudadanía es, antes que cualquier otra cosa, un status jurídico. Todo ciudadano tiene un peculiar conjunto de derechos y libertades. Cuáles sean tales derechos y libertades es algo que reclama urgentemente una reformulación objetiva, que no pretenda-como pide Dahrendorf-esconder turbios intereses. Limitémonos a recordar las diversas generaciones de derechos que se han producido en los últimos dos siglos, a la vez que realizamos dos observaciones. La primera es que no hay derechos y libertades que no estén unidos a deberes y responsabilidades. La segunda es que el status jurídico a que nos referimos es de la persona individual. Hablar de ciudadano significa, efectivamente, dar una supremacía al individuo frente a sus grupos de pertenencia. Ahora bien, una cosa es atribuir la preeminencia al individuo y otra muy distinta creer que sólo el individuo tiene derechos”, la cita es de José A. Ibáñez-Martín, Universidad Complutense de Madrid.

En efecto, se trata de entender que la búsqueda del confort, de la comodidad, no confieren por si solo el bienestar que aspira el ser humano. Para la consecución del bienestar, condición dinámica de la armonía física y mental en el Ser, es preciso entender que existe una labor permanente en la observancia de deberes y responsabilidades que no pueden descuidarse, ya que su abandono significará sin duda la reaparición de males y anomalías de todo tipo que se creían superadas. Esto se deba quizás al concepto que tenemos de la tarea terminada, el cual extendemos a todo lo que hacemos, esperando que luego de haber hecho el trabajo nada cambie, todo permanezca igual. Esa falsa expectativa a que nada cambie es justamente la condición mental que origina la reaparición de los males que creíamos superados.

La convivencia entre los derechos del individuo y los derechos de los grupos, junto a la necesidad de buscar metas comunes que unifiquen en un determinado sentido la acción de los ciudadanos es el reto más complejo ante el que se encuentra la sociedad actual, y en cuya solución habrá que considerar la realidad histórico-social de cada país.

Educar ciudadanía implica el esfuerzo por superar el aislamiento, para promover la comunicación de la civilidad, pues el aislamiento lleva a la desconfianza, a ver siempre al otro como enemigo.

La ciudadanía implica una decisión de solidaridad con los restantes «paisanos», manteniendo una actitud de ayuda, que comienza en el respeto y la comprensión –por encima de las diferencias no sólo de grupos de pertenencia sino también de condiciones personales, como talento o carácter, o de diversidad de funciones– y que abre la posibilidad para llegar a alcanzar altos niveles de amistad con cualquiera de los miembros del propio país.

Por ello tienen gran importancia tanto la Educación como los medios de comunicación de masas, en donde debe desarrollarse la promoción del espíritu de fraternidad y solidaridad entre todos los miembros de un país, por distintas que sean sus situaciones. Promover la solidaridad significa primeramente animar a no sentirse indiferente ante los problemas de los restantes ciudadanos, a no resignarse a que otros vean oscurecida su dignidad por la imposibilidad de procurarse la educación o los cuidados médicos básicos, por la situación de desamparo en que se encuentren sumidos, a causa del infortunio o de la extrema pobreza en que vivan. No se trata de ayudar al que tiene menos, simplemente porque tiene menos, ni, mucho menos, de fomentar clientelismos políticos. Sencillamente se trata de reconocer que vivir en sociedad implica un pacto social de equidad, que exige que todos tengan derecho a disfrutar de los bienes necesarios para la vida.

La ciudadanía es una llamada a la responsabilidad personal y una incitación a superar la extendida inclinación hacia el parasitismo. Responsabilidad en el cumplimiento de los deberes personales, que incluyen primeramente los de tipo familiar, profesional y social, con plena conciencia de que los derechos no están separados de los deberes: en última instancia no pueden promoverse buenos ciudadanos mientras no se haga notar que la mayor parte de los derechos y libertades ciudadanas están relacionados con el nivel de deberes que los ciudadanos asumen para sí mismos. La ciudadanía, además, no puede dar carta blanca a la tentación del parasitismo, al cómodo deseo de vivir a costa ajena. Y téngase en cuenta que el parasitismo no siempre es pasivo: también es parásito quien no se cuida de los daños que su capricho, su temeridad o su obsesión por satisfacer sus gustos o su afán de ganancia, causan a la comunidad.Naturalmente, los deberes de los ciudadanos son en parte iguales y en parte distintos. Todos están llamados a obedecer a las leyes justas. Todos están convocados a trabajar, teniendo en cuenta el bien del país.El ciudadano debe preocuparse por evaluar, según la justicia, las políticas públicas. La mayoría de los ciudadanos no formarán parte de los poderes públicos.

Educar ciudadanía tambien significa la promoción de la búsqueda honesta del bien común, lo que hace el Buen Ciudadano en la medida en que interviene en la constitución de una razón pública que, rechazando toda manipulación o sectarismo, se preocupa por apoyar a quienes trabajan bien –aunque no sean sus amigos– y por reconvenir a quienes se comportan torpemente, aunque estén ligados a ellos por cualquier tipo de lazos.

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