Opinión Nacional

Educar: tarea loable

Desde el inicio de la filosofía de la educación, concretamente en el libro VII de La República de Platón, constituye un tema inquietante el valor de la educación en la formación de los ciudadanos. En la propuesta de la paideia platónica se resuelve y opta que para garantizar la continuidad de la cultura griega se debe “inculcar” en los ciudadanos el “mismo ideal” de hombre moral que contenga las virtudes griegas.

La formación del ciudadano es, sin duda, una de las metas más importantes y prioritarias de las agendas político-educativas contemporáneas. Tanto en democracias débiles e incipientes como las nuestras o incluso en como en las democracias consolidadas, la construcción de una ciudadanía crítica y participativa parece ser la clave para resolver la diversidad de conflictos emergentes que reflejan la profunda crisis que afecta actualmente a este régimen: desigualdades, exclusiones y discriminaciones, en algunos casos; corrupción política, apatía y escepticismo cívico, en otros. Buena parte de las deficiencias y distorsiones tiene su origen en la educación. La salud del sistema, la supervivencia de sus instituciones y las condiciones de gobernabilidad, pero sobre todo de legitimidad, dependen de las acciones ético-educativas que se encaren a efectos de capacitar a cada ciudadano para la práctica responsable, racional y autónoma de su ciudadanía.

Tal y como ha descrito el profesor Eduardo Terrén, una educación democrática es aquella que posibilita el que los individuos puedan pensar y comportarse de forma autónoma, racional, creativa y solidaria; es decir, es ese tipo de educación que ofrece a los individuos los conocimientos y las competencias necesarias para juzgar por sí mismos, construir su proyecto de vida y gestionar su realización junto con los proyectos de los demás. En pocas palabras, asumimos que la educación democrática es aquella que permite a los individuos una vida que no está determinada por sus condiciones de origen, que no está atada a los modelos de interpretación heredados y que no esté limitada a la compañía de aquellos con quienes se nació y creció sino a su condición su ciudadanía. La condición indispensable de la democracia es la ciudadanía. Si no existe una actitud ciudadana en los habitantes de un país, tampoco puede existir una democracia sólida. La calidad de la democracia depende directamente de la calidad ciudadana y de sus instituciones.

La ciudadanía, como han señalado Adela Cortina; Victoria Camps y otros es mucho más que una condición jurídica que se alcanza al llegar a cierta edad. Un ciudadano o una ciudadana es una persona con compromisos hacia lo público, que traspasa la esfera de sus intereses más particulares o privados, involucrándose y participando en las esferas comunes a todos, en lo que interesa a todos y pertenece a todos. A ser ciudadano se aprende. El ejercicio de la ciudadanía es resultado de un proceso educativo, estimulado por las distintas esferas de socialización, especialmente por la escuela. Por ello resulta necesario incluir en los procesos educativos la enseñanza de la ciudadanía. Una condición necesaria, aunque no suficiente para ejercitarse en la ciudadanía es haberse apropiado de los valores ciudadanos más importantes, de manera que sean parte de la conciencia cívica y moral de las personas.

De tal manera que una de las mayores deficiencias que hoy mostramos es un déficit de ciudadanía y de educación respectivamente. Por tanto, poner en el centro del debate el rol de la educación como proceso que contribuye a formar y lograr ciudadanos constituye una decisión inaplazable. Ahora bien tal decisión no implica atropellar o más aún implementar cualquier propuesta populista, desproporcionada y bajo la óptica de masificar, en el caso de la educación superior no estamos hablando de cantidad sino de calidad.

Ojala el presidente Chávez y los ministros Aristóbulo Isturiz y Samuel Moncada comprendieran por donde van los tiros y que tan distanciados estamos en Venezuela de los programas exitosos implementados en países altamente desarrollados en materia educativa como Japón o sin ir muy lejos los caso de Chile y Colombia. Venezuela tiene recursos financieros que deberían ser invertidos en mayores proporciones en la educación en todos sus niveles y etapas, y en la aplicación de verdaderos programas para todos los venezolanos, y nos en unas misiones, que la historia tendrá que evaluar si verdaderamente fueron una alternativa efectiva de solución o simplemente un pañito caliente que costó y no solventó las grandes demandas de la sociedad venezolana sumergida en el caos.

(*) Politólogo

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