Opinión Nacional

El arquetipo estatista de Reforma Constitucional en Venezuela

Si algún rasgo ha tratado de marcar el gobierno que se inició con la elección del presidente Hugo Chávez Frías aquel domingo 06 de Diciembre de 1998, ha sido precisamente el echar mano de forma continua del “pueblo” y respectivamente intentar ampliar de alguna manera la participación del soberano en ciertos niveles del poder y toma de decisiones.

Y tanto es así la tesis de instaurar un gobierno etiquetado de popular que a éste último se le incorpora en una serie de funciones y roles a partir de la Constitución Bolivariana de Venezuela en la edificamos una suerte por lo menos en lo formal de “democracia participativa y protagónica”, donde la participación, el asambleismo y el desarrollo de la democracia tumultuaria es una cotidianidad. Es por ello que nos parece una contradicción en todos los términos, además de reñido con un quehacer y genuino espíritu democrático, el que se maneje la categoría y la presencia del soberano de acuerdo al momento y circunstancias.

Hoy nos encontramos frente a un proceso de Reforma Constitucional. El segundo que experimenta la corta V República y paradójicamente la Constitución Bolivariana de Venezuela de 1999, la misma que en opinión de muchos seguidores del proceso y la pseudorevolución bolivariana, que duraría por los menos doscientos años, dado su avance, su innovación y condición de Constitución vanguardista y casi que perfecta. Hoy a escasos años de haber promulgado y aprobado la Constitución, que a nuestro parecer y enfoque tiene avances, también fallas e inconsistencias, se plantea una reforma drástica desde el punto de vista que se modificaran la estructura de poderes, los principios fundamentales y demás.

Nos parece que el tema de la Reforma Constitucional, o más bien la redacción y elaboración de una nueva Carta Magna debería agrupar y concentrar la atención de todos los venezolanos sin excepción alguna. Es decir, estamos frente a un proceso que por su relevancia, sus efectos y consecuencias constituye un problema y tema de las mayorías y no de minorías como hasta ahora se presenta.

Por tanto, el presidente Chávez debería ser el primero en llevar la batuta del debate, de democratizar en el mejor de los términos un debate que repito no puede ser planteado por un grupillo, por una cofradía o por una minoría. El país nacional y los venezolanos respectivamente, integrado por las escuelas de derecho y ciencias políticas, los gremios, colegios profesionales, organizaciones civiles, culturales, religiosas y políticas, las cámaras, comerciantes, empresarios, sindicatos y demás, reclamamos legítimamente el que tengamos el protagonismo que en toda sociedad “moderna” tiene y más todavía tengamos el criterio y el coraje para detener o no apoyar una avanzada con rasgos netamente caudillistas, militaristas y autoritarios.

Además, un cuestión que no podemos dejar pasar por alto, estriba en los efectos inmediatos que tendrá para Venezuela y fuera de esta la Reforma Constitucional prácticamente impuesta por parte del presidente Chávez, alterando repito no sólo los principios básicos de la vigente Constitución Bolivariana de Venezuela de 1999, los poderes públicos, las atribuciones de PDVSA y del Banco Central, instituciones estás que quedaran dependiendo del ejecutivo, y donde su conducta no obedecerá a racionalidad y eficiencia, se ideologiza y politiza la educación, se modifica la división político territorial actual creando municipios federales y distritos insulares promoviendo ya no una distribución basada en lo local o municipal sino en lo comunal, donde exista una relación directa entre el presidente y los consejos comunales, se elevan los % exigidos para revocar los mandatos populares y se establece la reelección continua o indefinida del Presidente de la República y aumento de sus prerrogativas y atribuciones, en fin, lejos de avanzar y promover la democracia la cual supone la división de poderes, el imperio de la Ley, la celebración de elecciones periódicas, confiables y transparentes, el país experimenta un retroceso en dichos términos con un marcado estatismo como nunca antes experimentamos en la historia de la República.

La democracia es de todos y se construye y destruye cada día con nuestro accionar y naturalmente con el accionar de quienes ejercen el poder. Venezuela merece una clase política más digna, más sensata, coherente, sana, educada y “honrada” es intolerable ver como la clase política emergentes en distintos ámbitos, sectores e instancias depredan al país, depredan los recursos y donde el pueblo queda únicamente como una referencia hueca que sirvió en un momento para lograr un apoyo y la legitimación de un determinado gobierno, que con su accionar diario desvirtúa al soberano.

América Latina paradójicamente a lo que experimento en los ochenta con los procesos de transición, democratización y profundización democrática, observamos el resurgimiento de idolologías difusas, radicales, liderazgos fuertes y populismos de diverso cuño (encabezados por el presidente Chávez y la izquierda rancia) reñidos con la democracia y con nuestra cultura política. La democracia y el proceso político venezolano lucen indiscutiblemente inciertos para muchos venezolanos y latinoamericanos.

(*) Profesor de la Universidad de Los Andes Mérida

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