Opinión Nacional

El café y el viaducto: Contraejemplos de políticas públicas

La manera en que la revolución ha manejado los temas del café y el viaducto N°1 de la autopista Caracas-La Guaira, constituyen un par de ejemplos perfectos de cómo no deben manejarse los asuntos públicos, es decir, son dos contraejemplos. Las escuelas que dictan cursos de gerencia pública como el IESA, la Universidad Metropolitana, la UCV, la USB y otras, no deberían pelar ese boche y tendrían que incorporar en sus cursos la historia de cómo se han gerenciado los dos problemas. Estoy seguro de que si se explican adecuadamente no habrá gerente público o director de ministerio que vuelva a cometer los mismos errores, con lo cual introducir estos dos contraejemplos en los pensa de estudio le hará un gran servicio al país.

Comencemos con el café. Desde que llegó la revolución, en 1999, se le ocurrió una brillante idea que marcaría todo el tratamiento con que se han manejado las políticas cafeteras en estos siete años: Que el café es un bien de primera necesidad y en consecuencia debe ser regulado (?). Habría que preguntarle a nuestros indígenas como hicieron sus antepasados durante siglos para vivir sin el café, hasta que lo trajo el imperialismo europeo. Bajo esta concepción, se le fijo un precio artificialmente bajo que ha desincentivado su producción hasta el punto de que de 200 mil hectáreas cosechadas que encontró la revolución a su llegada, hoy sólo quedan 50 mil. Una política generadora de pobreza que ha dejado en la ruina a innumerables familias cafeteras.

Cosa muy distinta hubiera sido considerarlo un bien “normal”, igual que se hace con otros productos más importantes para la vida de los pobres que el mismo café, como los zapatos. De esta manera, se podrían liberar los precios del café y al mismo tiempo abrir el mercado hacia el café importado, para proteger al consumidor de alguna componenda oligopólica por parte de la industria local. Al día de hoy el sector habría ganado en calidad y competitividad, con una oferta diversa tanto en productos como en precios. Pero este no es el camino, lo único que se ofrece son más medidas de fuerza y autocracia.

El tema del viaducto es distinto. Su desplazamiento es de vieja data y está vinculado a la falta de mantenimiento y a la irresponsable anarquía urbanística que permitió la IV República y ha glorificado la V. Pero resulta que la IV, después de años de titubeos, había encontrado una solución. Había otorgado una concesión para la operación y mantenimiento de la autopista, que contemplaba la construcción de una vía alterna al viaducto.

Obviamente, aquel contrato (que no conozco) tenía que contener una serié de condiciones y garantías que estimularan al inversionista a meter sus reales en Venezuela, con tantos riesgos que tiene invertir aquí, cosa que se demostró con los acontecimientos posteriores. Pues bien, la revolución, guiada por la mano de varios adalides que no vale la pena mencionar, consideró que el contrato era “leonino” y “contrario a los intereses del país”, procediendo a anular la concesión.

Hasta aquí todo está bien, se consigue un contrato leonino y se revoca, que no se diga que el proceso actúa en contra del interés nacional. Pero ¿Qué solución alternativa se aplicó durante estos siete años? Hay que decir que, lamentablemente, ninguna. Inclusive, exacerbando el populismo, a la primera ocasión se elimino el peaje. Con aquel concepto bárbaro según el cual el pueblo no tiene que pagar por los servicios públicos.

¿Cuál es el resultado? Lo que algún día tenía que suceder: el puente colapsó. Hoy podemos ver como el viaducto nos está saliendo más caro que aquel contrato leonino y todavía algunos funcionarios tiene la cara tan dura que le echan la culpa a la naturaleza, “Esto podría pasar en cualquier país después de unas lluvias tan fuertes”.

Dos contraejemplos de librito para un curso de políticas públicas.

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