Opinión Nacional

El duelo contra el totalitarismo

A Francis Fukuyama

«Para los países occidentales, el colapso del liberalismo y de la
democracia y la adopción de un sistema totalitario parecen ser
síntomas pasajeros de una crisis por la cual sólo pocas naciones
pasan, mientras quienes viven dentro de la zona de peligro consideran
esta transición como un cambio en la estructura misma de la sociedad
moderna

Karl Mannheim, Libertad y Planificación Social, México 1942

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1.- En un reciente y muy fructífero encuentro con el pensador
norteamericano Francis Fukuyama, le explicaba el creciente temor que
manifiestan sectores importantes de la vida política e intelectual
venezolana ante la amenaza de un régimen totalitario en Venezuela, así
como el avanzado estado de implementación que el montaje de un régimen
de esa naturaleza habría alcanzado al día de hoy. Con la asesoría y
dirección del único régimen totalitario que ha conocido la región: el
castro-comunista cubano. Los síntomas son más que evidentes:
desaparición de la autonomía de los poderes públicos, práctica
liquidación del voto y consecuentemente de la alternabilidad como
herramientas insustituibles de la vida en democracia, concentración
absoluta y total del Poder en manos del presidente de la república que
gobierna mediante mecanismos clásicamente autocráticos, ausencia de
oposición en todos los organismos rectores de la vida política
nacional – desde la asamblea legislativa hasta los tribunales de
justicia y desde el Consejo Nacional Electoral hasta la Contraloría,
la Fiscalía General y la Defensoría del Pueblo -, criminalización de
la oposición rebajada a disidencia, conversión de la justicia en
aparato de persecución política, manejo indiscriminado de los dineros
públicos con el fin de fortalecer y entronizar al presidente de la
república en su cargo, etc., etc. Dada la precaria situación jurídica
en que se encuentran los medios – hoy prácticamente arrodillados – y
los ataques contra la educación, las organizaciones auto sustentadas
de la sociedad civil y el riesgo a perder todo espacio de reproducción
autónoma de la cultura, la ideología y la educación liberales,
estaríamos verdaderamente al borde de pasar la línea de sombra tras la
cual toda oposición es vana o meramente decorativa y el Poder del
autócrata se hace total y absoluto. El segundo caso en América Latina
luego de Cuba. Con muchas semejanzas y muchas diferencias. Pero con un
guión cuya esencia es en rigor el mismo.

2.- Luego de algunos días en Caracas, a Fukuyama no le parecía
hallarse en una sociedad a punto de traspasar el límite entre una
autocracia de corte cívico-militar y una sociedad totalitaria. Me
provocó preguntarle directamente si tenía algún conocimiento del
aspecto visible que muestran los regímenes totalitarios. Imaginé que
haría alusión a la aparente libertad de expresión, educación y
tránsito que vivió entre nosotros. Preferí ahondar en una cuestión que
me pareció más relevante, a saber: discutir acerca de los patrones
conductuales que pueden ayudarnos a calificar a una sociedad de
democrática o totalitaria, al margen de la autoconciencia que de ella
tengan sus dirigentes o incluso los ciudadanos que la sufren. De la
capacidad mimética del gobernante como para criminalizar y arrinconar
a la oposición en feudos cada vez más intrascendentes, fútiles y
carentes de significación. Inútiles espejos sociales carentes de la
capacidad de accionar mecanismos correctivos a los males dominantes.

Ya se sabe: ninguna sociedad autocrática, despótica,
tiránica o totalitaria – por establecer una gradación entre la
democracia y el totalitarismo de cómoda comprensión para el lector –
acepta no ser espejo de justicia. Muy por el contrario: los más
totalitarios de los regímenes políticos aseguran ser los regímenes más
democráticos del mundo. Si bien la insistencia en calificarse de tal
es prueba en contrario. Tome cualquier país que inscriba el adjetivo
democrático en su denominación bautismal y tendrá casi con absoluta
seguridad un régimen dictatorial. Alemania Oriental, Hungría, Polonia,
Checoslovaquia, Rumania y todos los regímenes sometidos a la órbita
soviética en la segunda mitad del siglo XX juraban ser absolutamente
populares y democráticos. Eran burocráticos, policiales y ferozmente
totalitarios. Lo mismo sucedía con otras repúblicas comunistas, como
China y Corea del Norte. Sin contar los casos de inmundas dictaduras
africanas que destacan ser tanto o más democráticas que el más
democrático de los regímenes occidentales. Cuba no se queda a la zaga.

Es la gran diferencia entre las dictaduras totalitarias
otrora sometidas a la órbita soviética o actualmente al integrismo de
toda catadura y las dictaduras pasajeras puestas en acción en los
sistemas capitalistas en crisis, según la conocida tipología de Karl
Mannheim. Estas no tienen empacho en reconocerse dictatoriales, a
secas. Y luego de superada la crisis que les dio origen terminan
desfalleciendo para dar paso a la regeneración de los sistemas
democráticos que aplastaran y cuyo riesgo de muerte las invocara.

Aquellas son irreversibles y no aceptan coexistir con nada que no sea
su Poder absoluto; éstas facilitan su propia superación. Véase los
casos emblemáticos de la Cuba castrista, de aquel lado, y del Chile
pinochetista, de éste. Una diferencia nada desdeñable a la hora de
calificarlas y enfrentarlas.

3.- Venezuela no está al borde de una simple
dictadura, que ya existe de facto y bajo el control del aparato
militar, político y policial cubano. Venezuela está al borde de
convertirse en la clásica república socialista de partido único, de
economía estatal, de educación única, de cultura totalitaria.

Militarizada hasta el tuétano, controlada por el Estado policial hasta
en sus más íntimos resquicios y adosada a un poder omnímodo y
vitalicio. Miente, como siempre, el sátrapa cuando pretende su
reelección. Lo que en verdad pretende es terminar por aplastar los
últimos vestigios de oposición militante y montar su Estado
totalitario hasta que el cuerpo le aguante. El Poder por el Poder.

Sigue, al pie de la letra, el guión de Fidel Castro, quien no sólo ha
gobernado la vida de los cubanos durante medio siglo de su propia
vida. Pretende gobernarlo desde su lecho de enfermo terminal y, más
allá de su muerte, mediante los vínculos de sangre que asienta como un
monarca a la Kim Il Sun.

Ése, no otro es el proyecto de Chávez. Posible no sólo
por la monstruosa maquinaria que ha puesto a funcionar, sustentada
para los sectores populares en el terror de la violación, el
secuestro, el desempleo, el hambre y el asesinato y para el resto de
la población mediante la coima, la compra de conciencias, la quiebra
de sus negocios, la amenaza de su aniquilación material. Posible
también por la estupidez, la cobardía y la complicidad de aquellos
sectores políticos que sabiéndolo se aferran como a un clavo ardiente
a una coexistencia imaginaria gracias a elecciones amañadas,
intervenidas y secuestradas por el régimen en connivencia directa con
los aparatos de control cubanos.

El conflicto bélico que hoy sacude al mundo, el del
Estado de Israel contra la Hezbollah, ha costado desde su inicio
muchísimo menos muertes en el mismo lapso que la guerra impuesta por
el régimen de Hugo Chávez en los barrios populares de Venezuela para
imponer sus afanes totalitarios. Sin que medien aviones, tanques de
guerra, tropas invasoras ni misiles teledirigidos. Es la guerra
totalitaria a punta de cuchillo y machete, de pistola y metralleta
contra los más desvalidos, sumidos hoy en el terror ante un régimen
forajido. A la clase media, por su parte, se la combate con el
desaforado poder de la imaginación: masacres virtuales, secuestros
puntuales y asesinatos en grupo, persecución judicial, amenaza de
expropiaciones, leyes contra la libertad de educación, aplastamiento
impositivo, poder popular.

Al garrote vil, el premio. A quienes se subordinen entre
los desheredados, almuerzos, misiones, becas, latrocinios. Se les
convierte en cofradías mendicantes. Al empresariado servil:
negociados, participaciones, contratos. Es el garrote de un Estado que
llevó desde siempre el germen del totalitarismo en sus entrañas y no
supo o no quiso construir su contraparte: una sociedad civil madura,
conciente y decidida a defender sus derechos. Y frente a lo cual las
élites políticas dominantes no supieron, no pudieron o no quisieron
desarrollar los correctivos y anti cuerpos adecuados.

Estamos viviendo una cruenta, silenciosa y solapada
guerra asimétrica, la del Estado totalitario contra el individuo en
soledad. Frente a la cual cabe citar textualmente la observación de
una víctima del Estado totalitario nazi, Sebastián Haffner, al
comienzo de su dramático relato escrito en 1939:

«La historia que va a ser relatada a continuación versa
sobre una especie de duelo. Se trata del duelo entre dos contrincantes
muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado.

Y un individuo particular pequeño, anónimo y desconocido.»[1]

Ya sabemos cómo acabó el duelo: en holocausto y
conflagración mundial. ¿Es lo que nos espera?

________________________________
[1 Historia de un alemán, Barcelona, 2000.

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