Opinión Nacional

El estudio de lo absurdo

De vez en cuando, cuando los jefes de redacción de los periódicos creen que no está ocurriendo nada en el mundo, publican notas que creen serán del interés de la sociedad: «Dan a pingüino coronel grado de Caballero Real en Reino Unido», «Comparece perro ante corte por alterar el orden público», «Panda bebé adoptado y amamantado por gata muere», «Mona araña celosa arremete a esposa de su dueño», «Serpiente pitón de 2 m. emerge de retrete en Australia», «Colocan chip a elefantes para contener su furia» o chifladuras por el estilo que casi siempre terminan por colocar como personaje protagónico a un animal. Luego las aguas vuelven a su nivel y George Bush sale al quite inventándose un nuevo enemigo acérrimo y regresamos a los encabezados de toda la vida, o sea, de guerras y muertes. Sin embargo, como todos sabemos, no existen guerras que duren cien años, y es en esos lapsos de tregua o de coroneles cansados de oprimir botones luminosos cuando nos enteramos en primera plana de que en una universidad de la India han nombrado rector al dios mono o que una barredora automática se tragó a un perro o que un hombre se casó con una perra.

Por desgracias no todo es miel sobre hojuelas, o lo que es lo mismo, no todos los animales que andan en cuatro patas nacen con el IQ de Albert Einstein, así que los editorialistas no tienen más remedio que recurrir a otro tipo de «noticias», y cuando se entrecomilla la palabra noticias por lo general uno se refiere a los encabezados que el lector debe resignarse a leer en una y otra y otra y otra página del periódico (durante muchos días consecutivos) con los resultados de investigaciones completamente inútiles: «Según estudio, británicos son mucho menos cool de lo que se creía», «Dinamarca y Puerto Rico los países más felices del mundo, México, el 18», «El verde es el color preferido de los niños de cuatro años y medio en Chechenia». «Los holandeses comen 14 nueces de Macadamia al mes».

Sí, son días como hoy, flojos en materia de guerras, en los que despierto un tanto filosófico y con miles de interrogantes en la cabeza, como por ejemplo, ¿alguien habrá descubierto ya el verdadero motivo que impulsa a un ser humano (y convencer a otros tantos) el invertir incontables horas de su vida para conocer cuántas nueces de Macadamia comen los holandeses en un mes? ¿Alguien se ha preguntado por qué existen personas empeñadas en investigar y hacer públicos datos completamente irrelevantes para la existencia humana?
Recuerdo que en la universidad tenía una maestra de mercadotecnia a la que le fascinaba el universo compuesto por los estudios de mercado que arrojaban resultados y cifras totalmente inservibles. Un día, muy emocionada (sonreía y se frotaba las manos), nos platicó que la Coca-cola invirtió muchos meses de estudio e investigación (y millones de dólares) para averiguar cuántos hielos ponían en sus vasos los consumidores de Coca-Cola en Estados Unidos. Ante esta revelación, más que impresionarme como el resto de mis compañeros debo admitir que me asusté y luego por mi cabeza atravesaron cientos de preguntas que desde luego jamás externé públicamente, como las siguientes: ¿Realmente habrá existido alguna diferencia sustancial en las ventas de Coca-cola luego de que los dueños descubrieron el misterio de cuántos hielos ponen sus clientes en sus vasos? ¿Acaso será que los dueños de la Coca-Cola tienen pensado comprar las acciones de las empresas que venden hielo? ¿Se habrá convertido en millonario el astuto charlatán que timó a los dueños de la Coca-Cola para convencerlos en gastar millones de dólares en una investigación cuyo resultado estaba destinado a ser rotundamente subjetivo?
Imagino que ahora querrán saber cuál fue el resultado de dicha investigación. Lástima, por desgracia he olvidado cuántos hielos ponían los gringos en sus vasos a finales de los años noventas antes de servirse una Coca-cola. Esta laguna mental la atribuyo al hecho de jamás me ha robado el sueño el saber cuántos hielos echo a mi vaso. ¿Acaso alguien lleva la cuenta de los hielos que echa en su vaso? En mi caso podrían ser cinco o seis hielos, o tres o cuatro, quién podría saberlo. Seamos sinceros, si nos pusiéramos en los zapatos de las personas que fueron encuestadas por esas personillas sonrientes que prometen no robarte mucho tiempo pero que en realidad terminan robándote media tarde con preguntas idiotas como cuántos hielos le pones a tu vaso de Coca-cola, lo más probable es que ocurriesen tres cosas: a) le daríamos un golpe en la nariz al encuestador b) inventaríamos el primer número de hielos que nos viniera a la cabeza para que el sonriente encuestador nos dejara de molestar c) intentaríamos recurrir a la memoria para dar una respuesta correcta, traducción: nos internaríamos en ese peligroso cajón lleno de bifurcaciones sinuosas que son los hechos pasados para descubrir con horror que por lo general las preguntas más simples vienen cargadas con las respuesta más complejas y ambiguas, y esto es debido a que (aquí expondré mi caso particular) el poner determinado número de hielos en mi vaso está supeditado al clima reinante en el ambiente, el cual es directamente proporcional a mi estado de ánimo, es decir, si hay 40 grados centígrados me siento muy irritado y entonces le echo a mi vaso entre 6 y 8 hielos, si hay 38 grados centígrados me siento menos irritado y por tal motivo le echo a mi vaso 5 hielos, si hay 30 grados centígrados me siento melancólico y le echo a mi vaso 3 hielos, naturalmente todo esto a expensas de la hora del día en que haya decidido tomar una Coca-Cola, porque las cantidades de hielo que mencioné con anterioridad las utilizo solamente entre la una y las tres de la tarde, ya que mis múltiples estados de ánimo varían diametralmente a partir de las seis de la tarde, cuando mi organismo se vuelve más impredecible que nunca.

Desde luego hay otras interrogantes que me atormentan con relación a las «noticias» que publican los periódicos. Una sería, ¿por qué los editores sienten la obligación moral de publicar resultados de investigaciones realizadas por universidades con nombres impronunciables como podría ser «Las universidades Ahrenviölfeld y Herzogenaurach, tras minuciosas investigaciones científicas afirman que los mexicanos son los terceros mejores amantes del mundo»? Y la otra es, ¿por qué la gente será tan estúpida para creer como una verdad absoluta todo lo que lee en los periódicos?
No sé por qué pero tengo la ligera sospecha de que todos estos resultados de investigaciones chifladas (y uno que otro encabezado como «Posan gobernadores fronterizos al estilo Terminator») están directamente relacionados con las guerras que explotan en el mundo.

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