Opinión Nacional

El gran reto de Rosales

No cabe la menor duda, la candidatura unitaria de oposición de Manuel Rosales arrancó con buen pie. Y una cosa importante a destacar es el apoyo popular despertado. Desde hace mucho tiempo no se veía al pueblo participando, de manera entusiasta, para respaldar con su presencia militante a algún candidato presidencial distinto a Chávez. La gente quiere democracia. Está cansada del discurso mendaz, provocador, del mandamás de Miraflores.

Ahora bien, son muchos los obstáculos a afrontar para construir la masa crítica necesaria que permita llegar hasta el final de la contienda con el aliento del vencedor. No solamente será menester sortear el deleznable control del régimen sobre el Consejo Nacional Electoral y el uso obsceno y abusivo de los inmensos recursos del Estado a favor de la candidatura oficialista, sino también motivar a muchos sectores de oposición que, por múltiples razones, no creen en la efectividad del voto como mecanismo de expresión popular. Además, el poco tiempo de campaña obliga a no cometer errores que contribuyan a desacelerar el impulso logrado hasta el momento.

Los elementos anteriores están íntimamente relacionados entre sí, por lo tanto no deben ser considerados por separado. La respetable posición abstencionista de muchos venezolanos, demócratas por convicción, es consecuencia de los Jorge Rodríguez que han estado al frente del organismo comicial, y traicionado la democracia al congraciarse con el generoso mandamás de Miraflores. Trampas, abuso de poder, rectores dóciles, marcaron todos las elecciones desde la llegada de Chávez al poder.

Sin embargo, después del descalabro del revocatorio de 2004, la oportunidad se presenta nuevamente, ahora con un líder al frente de un renovado movimiento democrático. Las cosas no se antojan fáciles, lo sabemos. Pero la lucha por el futuro de Venezuela reclama la presencia activa de todos, sin excepción. Es impostergable desvanecer la oscura y pesada nube de pesimismo estrechamente ligada a la situación general del país. Desaliento explicable por las circunstancias, pero nunca justificable. Trabajar duro, convocar al pueblo a la lucha, hacer frente a la contingencia, es tarea prioritaria, no solamente cuando la situación es propicia, sino también –y tiene un mayor valor- en momentos de peligro, de dificultad.

Sacudir a aquellos venezolanos abandonados al fatalismo, inducidos por la propaganda totalitaria y alienante del chavismo, requiere de un esfuerzo especial de parte de Rosales y de quienes tienen responsabilidades de dirección en la campaña electoral. Todo no puede recaer exclusivamente en el candidato.

Este atípico proceso electoral obliga a no mecerse en la dulce ilusión autocomplaciente de la euforia del momento. Requiere de mucha imaginación para llegar al alma de los que piensan que los acontecimientos se producirán de acuerdo a una determinada línea de acción impuesta por el caudillo de la revolución. Es imperante dejar de machacar las cuestiones de pura lógica, de puro formalismo. Dejar de ser demasiado predecibles. Para pasar a la construcción del gran ejército democrático, capaz de enfrentar con fogosidad y vigor, las pretensiones hegemónicas y reeleccionistas de quien no cree en la democracia.

Nada se gana con desmovilizar a la sociedad. La pasividad sería un acto de abandono de nosotros mismos. Un acto de renuncia. De rendición adelantada, sin haber disparado un solo tiro. Eso no va con el espíritu rebelde de los venezolanos.

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