Opinión Nacional

El mensaje

El impacto y la difusión global que tuvieron tanto el pronunciamiento de militares activos en contra de la actual gestión, así como las movilizaciones convocadas por amplios sectores del país, entre ellas las del 10 de Diciembre, la del 23 de Enero y las ocurridas en protesta por la celebración oficial del 4 de Febrero, han contribuido al aumento de la presión social y económica interna, y en instancias multilaterales, sobre una forma de gobernar y de ejercer el poder.

Para hacer frente a esta reseña de medios extranjeros sobre lo que está aconteciendo en suelo patrio, algunos representantes diplomáticos venezolanos han esgrimido diversas respuestas, ante las inquietudes de vecinos cercanos y distantes.

El embajador venezolano en Colombia, Roy Chaderton, ha declarado, para restarle importancia a los últimos sucesos, que “el presidente Hugo Chávez no se va a dejar tumbar ni por la fuerza ni por las vías legales, porque él librara su batalla política para lograr desarrollar su programa, y porque la oposición en el país no tiene líderes.” (El Nacional, 09-02-02).

Intentar minimizar las manifestaciones de descontento y rechazo de varios sectores de la sociedad, además de los actores políticos de oposición, hacia el gobierno de Hugo Chávez, alegando que en Venezuela la oposición no tiene líderes, si bien pudieran resultar convincente, desvía la mirada de la esencia de la circunstancia de malestar, ofuscación e ingobernabilidad en que está entrando Venezuela, y de las causas de dicha realidad.

El inmenso capital político que le permitió a Chávez llegar a Miraflores, alimentado del deseo de cambio radical de todas aquellas prácticas que minaron el anterior modelo político-económico, ha sido malgastado por una actuación que lejos de superar, corregir y eliminar todos los vicios del Estado, ha continuado, reincidido e ideado nuevas prácticas ilícitas, demagógicas, populistas, que salpican e involucran, lamentablemente, a algunos sectores de la Fuerza Armada Nacional.

El mensaje que el electorado dio en diciembre de 1998, trascendió una candidatura y fue tajante: se debía reformar el sistema político, sanear al Estado, deslastrar influencias partidistas en la administración de Justicia, y crear nuevos esquemas de representación política para superar los que, en buena medida, habían sido responsables de la crisis de un modelo político-económico agotado. El liderazgo monolítico, caudillesco y centralizado; la llamada disciplina partidista, el clientelismo que asfixiaba y anquilosaba a la Administración Pública, fueron rechazados con esa elección, pero hoy, tristemente, dichos rasgos lucen vigorosos y con buena salud, en filas partidistas oficiales y gubernamentales.

La crisis del liderazgo político venezolano, auspiciada por dinosaurios que impidieron el necesario relevo generacional e ideológico, explica en cierta forma, la inexistencia de líderes conocidos (preparados y capacitados profesionalmente abundan) dentro de las estructuras partidistas sobrevivientes, con credibilidad, propuestas serias y con opciones reales de llegar al poder. Si algo debemos criticar a la actual clase política opositora (con escasas excepciones), es la recurrencia de una crítica que no supera la mera descalificación o el llamado a sacar a como dé lugar a Chávez del poder, (creo que de esta tarea se ha encargado el propio Presidente, sin ninguna ayuda) en lugar de plantear ideas, estrategias, propuestas serias de políticas y soluciones viables a los problemas del país.

No obstante, han surgido en el país en distintos ámbitos, organizaciones, agrupaciones, prácticas y experiencias asociativas y participativas, con otro discurso, otras motivaciones, y con la suficiente claridad (ausente en otras mentes) de que el cambio que el país quiere, no tiene nada que buscar en personajes ni en prácticas políticamente superadas y enterradas, ni con las definen la presente gestión, que como astillas, van desinflando el globo de esta “revolución”.

El reciente mensaje presidencial, en el que el tono comedido y de seriedad contrasta con la prepotencia y arrogancia normalmente exhibidas, fungió como pretendida anestesia para el anuncio de una serie de medidas fiscales y cambiarias (crónicas de un ajuste anunciado) para hacer frente a un entorno difícil y recesivo a lo externo. Olvida el Presidente, sin embargo, que buena parte de la incertidumbre no es sólo económica o global, sino que es el resultado de una polarización y una división estimulada por él, que internamente, contribuyen a mantener la zozobra e intranquilidad del país.

Cierto consenso entre especialistas y analistas económicos, a pesar de congratular al Jefe del Estado por una regular coherencia macroeconómica evidenciada en las medidas, señalan, no obstante, la inviabilidad e insuficiencia en el mediano y largo plazo de dichas medidas para enfrentar el hueco fiscal, la escalada cambiaria y la aceleración inflacionaria esperada. El mensaje, aunque comedido, parece poco creíble.

Si persiste la inestabilidad política, el aumento de las críticas no sólo civiles sino de militares activos y la deserción de funcionarios otrora aliados al Presidente, (claves y capaces, como es el caso de Guaicaipuro Lameda) dichas medidas se desvanecerán con la fugacidad de las buenas intenciones. En todo caso, parece ser tiempo de escuchar el mensaje que está enviando el país.

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