Opinión Nacional

EL MIEDO: Primer disipador del caos social

Sostuvimos en nuestro ensayo “Venezuela y las Leyes del Caos Social” que la primera fase del auto organización de las sociedades es la llamada ‘Fase Controlentrópica’, el primero de los cuatro procesos que dinamizan las estructuras sociales. Decíamos que cuando los sistemas sociales son estables, se organiza la cohesión psico-social de una población alrededor de una institucionalidad estatal, que es orientadora y coherente con una narrativa discursiva, la misma que explica la necesidad del tipo de organización económica, que a su vez sustenta la materialidad del sistema y que permite un crecimiento demográfico de acuerdo con ella, en la medida que las condiciones ambientales, geográficas y sociales lo permitan.

Cuando estas instancias están en congruencia se habla de una fase en la que el sistema mantiene bajo su mando los mecanismos reductores de la entropía. Es allí cuando el sistema se encuentra en la fase controlentrópica, la que en sociedades democráticas y participativas, abre el crecimiento del sistema en su conjunto, impulsa un desarrollo económico que permite la satisfacción de las necesidades de las élites así como de la población, y estabiliza y fortalece de tal manera el inconsciente colectivo, llamado también carácter social que propicia el crecimiento demográfico, aumentando la población joven.

Pero cuando la controlentropía se ejecuta en ambientes sociales ‘cerrados’, dirigidos por un líder que controla a su vez el conjunto de subsistemas sociales y éstos responden a una visión única, mesiánica y revolucionaria, entonces esta fase cierra el crecimiento social (o lo condiciona), induce y dirige unilateralmente la economía, genera grandes insatisfacciones en la población y desestabiliza el inconsciente colectivo, provocando un cambio artificioso del carácter social que introduce profundas desviaciones en el contrato social previamente convenido y consensuado que llamamos proyecto país.

Para reafirmarse en los distintos colectivos y prologar lo más posible el estadio controlentrópico, las sociedades (a través de las instituciones gubernamentales, o de los entes formadores y forjadores del carácter social) utilizan diversos sistemas de control social que aquí llamamos ‘disipadores del caos social’. Pretendemos en este ensayo identificar los ‘disipadores del caos social’ más comunes y mostrar cómo y en cuáles fases de la controlentropía se utilizan.

0.- APROXIMACIÓN HOLÍSTICA

L
os ‘disipadores del caos social’ pueden ser considerados, a priori como elementos del control social, que es el conjunto de prácticas, actitudes y valores destinados a mantener el orden establecido en las sociedades. Aunque a veces el control social se realiza por medios coactivos o violentos, el control social también incluye formas no específicamente coactivas, como los prejuicios, los valores y las creencias.

Entre los medios de control social están las normas sociales, las instituciones, la religión, las leyes, las jerarquías, los medios de represión, la indoctrinación, los comportamientos generalmente aceptados y los usos y costumbres (sistema informal, que puede incluir prejuicios) y leyes (sistema formal, que incluye sanciones). La sociología moderna reconoce 6 tipos de controles:
1.- El Control físico que es la fuerza, la violencia, el castigo que se aplica al individuo que la sociedad determina está fuera de las normas establecidas y que se considera un peligro para la supervivencia de la sociedad y de sus integrantes. 2.- Control social primario y aquí nos referimos a la familia. Ésta controla y condiciona al individuo desde que nace. La forma que influye la familia sobre el individuo es afectivamente. Para que el niño aprenda recibe regalos o castigos. La imitación es la primera forma en la que el niño aprende de la familia, además, ésta tiene el deber de estimular lingüísticamente al individuo y de enseñarle los hábitos de limpieza. La familia inspira en el niño unos valores, es decir, que la familia “socializa” e introducir al individuo en la sociedad. 3.- El control político, que se ejerce a través de las leyes (legislativo), con la intervención del gobierno (ejecutivo) y con la aplicación de esas leyes (judicial). Hay que considerar que el control político también es ejercido en las sociedades por los medios de comunicación, que sin considerar aquí su rol (opositores, oficialistas, independientes) o su línea editorial, las sociedades occidentales les han atribuido un papel de ‘contralores comunicantes’, también llamado ‘Cuarto Poder’. El verdadero control social debería ser el control 4.- El control moral, palabra de origen latino (mos-moris) que se refiere a las costumbres. La influencia de las costumbres en el individuo va en función de su temporalidad, pues las hay pasajeras o perdurables. Las pasajeras (como la moda) son las menos importantes, pero las perdurables son las que llegan a controlar el comportamiento de los individuos a través de generaciones, porque las costumbres coaccionan socialmente y controlan el comportamiento. 5.- El control de clases, también llamado ‘de las ocupaciones’. Este control social se imbrica en la existencia de clases sociales medidas a partir de las pertenencias físicas, las zonas geográficas, la solvencia económica o el tipo de desempeño profesional de sus integrantes. Todos estos aspectos describen y determinan roles sociales que terminan estableciendo controles, como la mayor o mejor educación de los individuos, aunque la educación esté diseñada por el Estado para legitimar a los individuos. 6.- El control de las estratificaciones, un control que alude a otros aspectos, no solo económicos sino también culturales pues la sociedad puede estar estratificada en castas, como India o Japón, en grupos etarios, en grupos económicos, en asociaciones y clubes y en un sinfín de clases y sub grupos tan amplios como las divergencias que se puedan suscitar espontáneamente en una sociedad.

Aún a sabiendas que los controles sociales pueden ser variados en su tipo y diferentes en su aplicación, la Teoría del Caos Social, con su corpus de teoremas, leyes y normas, concibe a los controles sociales sólo dentro de las funciones controlentrópicas del proceso dinámico de las sociedades, que como hemos analizado en los ensayos precedentes, se trata de un proceso dinámico en cuatro etapas:

1.- La primera fase de la auto organización de las sociedades es la llamada Controlentrópica integrada por aquellos procesos que el sistema utiliza para controlar los mecanismos reductores de la entropía. Cuando los sistemas sociales son estables se organiza la cohesión psico-social de una población en una institucionalidad estatal, que es orientadora y coherente con una narrativa discursiva que explica la necesidad del tipo de organización económica que sustenta la materialidad del sistema y permite un crecimiento demográfico de acuerdo con ella, en la medida que las condiciones lo permitan. Cuando estas instancias están en congruencia se habla de una fase en que el sistema mantiene bajo su mando los mecanismos reductores de la entropía, el sistema se encuentra en la fase Controlentrópica, y se abre el crecimiento del sistema en su conjunto; impulsa un crecimiento económico lo que permite la satisfacción de las necesidades de las élites así como de la población, estabilizando y fortaleciendo de tal manera el inconsciente colectivo, llamado también carácter social y, permitiendo un crecimiento demográfico, aumentando la población joven. Lo que genera entradas de financiación fiscal al Estado, que potencian su expansión para satisfacer el crecimiento demográfico de las clases dominantes, dándoles trabajo al interior del Estado, lo que conlleva a la consolidación y el fortalecimiento de la institucionalidad y la narrativa discursiva que justifica y legitima toda la organización social.

La estructura social de venezolana fue ‘Controlentrópica’ desde 1958 hasta los dos primeros años de la Presidencia de Jaime Lusinchi, lapso durante el cual los periodos de crecimiento, fueron procesos de fortalecimiento político y social. Estos procesos de fortalecimiento son lo que se conocen como la retroalimentación positiva, para diferenciarlos de la retroalimentación negativa o regulativa.

2.- La segunda fase, la Fase Entrópica, es económicamente hablando, de recesión larga, debido al decrecimiento agrícola y por otro, por la caída de la cuota media de ganancia en las sociedades capitalistas. La subsistencia de la población productora y de las elites dominantes ven bloqueadas sus posibilidades de acceso al Estado, el cual ve restringido los impuestos, situación que provoca déficit fiscales, que acompañados por las altas presiones demográficas de las elites jóvenes y de las insatisfacciones poblacionales, generan una importante crisis políticas del estado.

El paradigma cultural del ‘estado-nación’ establecida pierde eficacia orientadora en el conjunto social y el mecanismo de control psico-social se vuelve incongruente, entre lo que se cree y siente. La realidad percibida en el inconsciente colectivo comienza a fracturar la relación-sentimiento entre la fe en el proyecto político y la ineficacia que muestra la narrativa dominante para justificarse. La población se torna ambivalente. Las presiones demográficas, la crisis fiscal, la división de las elites jóvenes insatisfechas, la angustia inflacionaria y las presiones tributarias en el pueblo que generan la aguda ambivalencia psico-social, son los índices característicos que muestran que los mecanismos reductores de la entropía se vuelven ineficaces, conduciendo con ello a que una entropía global del sistema aumente aún más.

La entropización global es el periodo que vive la sociedad venezolana a partir del mandato de Luis Herrera Campins, una entropía política y social que está sincronizada con dos fenómenos: El desmoronamiento de la institucionalidad y el crack económico producido por el Viernes Negro, cuando se decreta un control de cambios y la estabilidad económica del país comienza un oscuro periplo que aún se transita en estos tiempos de la Quinta República y la Revolución Bolivariana.

3.- La tercera etapa es la llamada Fase Caótica. El espacio psico-social comienza a entrar en la denominada sobrecarga depresiva. Las anomalías paradigmáticas se trasladan al centro del sistema, aunque cierta gente sigue fiel al paradigma cultural, pero sus emociones le están mostrando sus profundas anomalías. El sistema ya no funciona. El paradigma cultural está mintiendo. Este periodo psico-social es como una recta ascendente que se aleja hacia el infinito, la cual llegado a un momento, atraviesa un umbral y traspasa un punto de no retorno, a partir del cual la población manifiesta abiertamente su rechazo.

La población comienza a reunirse espontáneamente, y los que ya están en un estado de exaltación, reconocen su afinidad y empiezan a formar grupos y unos y otros comienzan a protestar y rebelarse. Se renueva el antiguo paradigma o se comienza a elaborar uno nuevo, formándose así múltiples grupos, abriéndose así una fase caótica del sistema, caracterizado este periodo con una serie de rebeliones, insurrecciones y movimientos de todo tipo, (religiosos, políticos, sindicales, culturales, étnicos, etc.), al comienzo en la zonas, áreas y regiones periféricas del sistema, allí donde los mecanismos de control son aún más débiles. El sistema dominante comienza a perder respaldo público y seguidores, la gente comienza a desobedecer, el control comunicativo se rompe, se está en la fase de entropía comunicativa o caótica, surge ‘El Caracazo’ como entropía comunicativa y nuevas formas de solidaridad social comenzaron a auto-organizarse.

Surgió a partir de allí un nuevo paradigma poderoso: la desobediencia civil y comienza a encausarse en una nueva realidad. Este periodo de caos es una fase de la inestabilidad caracterizada por amplias fluctuaciones de todo tipo, que se traducen en posibilidades de cambio social, lo que en la Teoría del Caos se conocen como bifurcaciones. En la fase caótica o de entropía comunicativa, de fluctuaciones y bifurcaciones, surge espontáneamente la auto-organización del sistema, a través, de una figura, que en la Teoría del Caos se conoce como atractor extraño o atractor caótico.

Chávez encarnó el papel de ‘atractor extraño’ en un momento de nuestra historia. Chávez fue como una figura geométrica compuesta por varias cuencas de atracción, por las cuales orbitan y circulan los elementos considerados, en nuestro caso, como movimientos sociales. Los diferentes sistemas, que cada uno se desarrollaban por su cuenta, comienzan a encontrarse y a reconocer afinidades, a reconocer que se encuentran en una experiencia fundamental, que es la vivencia de un estado mental colectivo exaltado y entusiasta, lleno de sentido la cual los activa en su movimiento social. Con todo, los diferentes movimientos se reconocen entre sí y comienza un periodo de alianzas, allí donde multitud de activistas transitan de organización en organización o crean nuevas hasta sentirse identificados.

Otra manifestación de las orbitaciones se da cuando los movimientos que surgen a propósito del caos social comienzan a justificarse, buscando precedentes en la historia: Héroes, episodios o ideologías con las cuales identificar el proyecto político mientras genera una amalgama conceptual-sentimental con el dintorno social. Llevado esto a la matemática cuántica, se trata de orbitaciones en el espacio semiótico, allí donde el pasado y el presente está siempre presente, por lo cual es fácilmente atraíble al nuevo atractor.

La caotización de la formación global genera las inestabilidades, o más bien el comienzo del derrumbe de los Estados y, aquí solo estamos hablando del primer periodo, cuando el estado aún está en pié. Al jurar sobre ‘La Moribunda’ y emplazar al país hacia la Quinta República, Chávez no hizo otra cosa que ratificar el destino que le tenía preparado el Principio de la Turbulencia de la Ley del Vórtice.

4.- La cuarta etapa, o Fase Negentrópica es la del Estado naciente visto como una reorganización de todo el campo de la solidaridad o de la cohesión del sistema. Es una auto-organización del sistema. Si las condiciones son las propicias para la reorganización global del sistema, se está frente a un proceso de revolución cultural, lo cual implica una reordenación del campo social, político, económico y paradigmático e incluso ecológico. Es lo que se conoce como la fase negentrópica del sistema y que es el momento cuando Chávez se vuelve dominante o está en el centro del sistema. Es un periodo de creación ilimitada de las fantasías, donde se multiplican las bifurcaciones, generando una atmósfera de entusiasmo; se está, entonces, frente a una nueva realidad sociopolítica.

El lugar estructural donde se desenvuelve el estado naciente es la instancia psico-social, el inconsciente colectivo, el de las pasiones motores de la activación de los grupos, del cohesionador psíquico del sistema. Esta instancia es captada por el liderazgo insurgente de Chávez como un campo propicio para la solidaridad popular espontánea, un espacio dinámico organizador de energías e información, con una gran capacidad de cohesión de los grupos humanos.

La Quinta República venezolana, se auto organiza en atractores locales de ciclo límite. Atractores que justamente conquistan la plusvalía psíquica de la población y que retroalimenta al atractor principal (Chávez), produciéndose centros y periferias de dominio y control. De acuerdo con los postulados modernos de la psicología social, esta plusvalía psíquica tiene un fundamento neurofisiológico, ubicados en neurotransmisores cerebrales que generan la satisfacción; la endorfina, la excitación; la dopamina y la unión de oxitosina y vasopresina. “Esta plusvalía psíquica satisfactoria y unificadora” – sostiene el renombrado psicólogo brasileño Aroldo Rodrígues – “se traduce semióticamente en la fe que la población deposita o reviste a los líderes de ciclo límite o lo que es lo mismo, dota a la institucionalidad de la autoridad, de legitimidad. “
Actualmente, Venezuela vive en un periodo de transición socio institucional retrógrado, que transcurre inversamente desde una fase ante presente, totalmente Negentrópica aún no consolidada en su totalidad (La Revolución Bolivariana) hacia una etapa Controlentrópica que, en teoría, debería estar consolidada, que no es otra que el proceso de refundación de la República que sucedió en 1999 con la aprobación vía Referéndum nacional de una nueva Constitución. Este escenario provoca instancias de caos, pero no de cualquier tipo, sino de un modelo particularísimo, el ‘caos controlentrópico’, aquel que es provocado y administrado por el ente controlador, el Estado, en dosificaciones específicas, cuya posología administran diferentes entidades gubernativas y del Estado cuando ellos se ven sometidos a un Poder Ejecutivo autocrático y mesiánico.

Son dos los aspectos sociales que identifican a la Venezuela actual en esta época cuando los postulados de la Quinta República, aún sin consolidar en el imaginario colectivo, chocan con una novísima revolución socialista bolivariana apellidada ahora ‘Del Siglo XXI’. El primero de ellos es la inestabilidad. Las instituciones públicas y privadas de Venezuela, con todos sus imaginarios, sus esperanzas de crecimiento y su pasado como referente histórico y cultural está sujeto a la contingencia de lo imprevisto, a la siniestralidad y los egoísmos que motorizan más los ánimos y lo auto exhortativo de un líder mesiánico, que lo trascendental que emana de lo colectivo. Estamos, a no dudar, en un fraccionamiento que nos clasifica como ciudadanos de primera o de segunda, que nos divide entre ‘patriotas’ y ‘escuálidos’, y que simultáneamente nos desdibuja como Estado, convirtiéndonos en ciudadanos frágiles y dependientes ante aquello que va más allá del horizonte inmediato.

Curiosamente, no es la ruptura social moderna, esa que explicitan los sociólogos industriales seguidores de las doctrinas de Weber. Estamos en presencia de la ruptura del tejido epitelial social que imposibilita a los ciudadanos la reconstrucción de un todo, llamado proyecto país; que los inhibe de pensar en sistemas sociales alternos y los cohíbe para que se vinculen complementariamente, en la interrelación de las ideas que conduzcan hacia una concepción colegiada de futuro, que no es otra que la Venezuela posible y de oportunidades verdaderamente democráticas, en la que todos soñamos vivir. La fragilidad social está presente en la descomposición que nos borra la nitidez entre aquello que es razonable y lo que no lo es.

El segundo aspecto que dibuja el perfil de la crisis local es el paralelismo institucional, suerte de ‘Segundo Yo’ institucional utilizado para abordar la solución de los problemas sociales, pero que ocasiona una visión distorsionada de la realidad. Cuando un Gobierno autoritario y personalista no encuentra las fórmulas para alcanzar los objetivos trazados ni logra en unas medidas medianamente aceptables las metas de los grandes planes, recurre al Estado paralelo, a la gestión equivalente, para deslastrarse de la institucionalidad que lo obliga a respetar determinadas reglas y procedimientos. Cuando un régimen no puede controlar por vía electoral una circunscripción de ciudadanos, se enfrenta a un conato de crisis social, a la entropía que antecede al caos y entonces fragua una autoridad paralela, aunque con ello se debilite institucionalmente tanto al Estado mismo como al adversario. Entonces, lo paralelo termina por instalarse como cultura, desdibujando la institucionalidad e imponiendo un proyecto de país a contra corriente de la voluntad generalizada, criminalizando la disidencia de quienes no comulguen con el ‘Segundo Yo’ institucional que impone la pseudo cultura lo paralelo.

Inestabilidad y paralelismo social se convierten, por así decirlo, en los dos principales disipadores del caos social en Venezuela, aunque paradójicamente ambos provengan de una entropía cogestionada entre Gobierno y Partido gobernante. El resultado esperado con ambos disipadores es el mismo. El Miedo. El miedo social paralizante que es la respuesta de los individuos cuando son colocados en el dintel de un vórtice social de consecuencias impredecibles. Un miedo que lo genera un ‘caos controlentrópico’, cuyo daño colateral ha sido cuantificado y se halla bajo control… Por ahora.

1.- TEORÍA DEL MIEDO COMO CONTROL SOCIAL

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asi todos los investigadores coinciden en afirmar que, de una manera u otra, el miedo mueve la historia. Julio César, Napoleón, Calvino, Hitler, Franco, fueron los dueños del miedo unipersonal, mientras que las leyes teocráticas, las organizaciones para-gubernativas y los regímenes políticos se apropiaron del miedo como institución controladora. Angustia, asqueo, depresión, hastío, incertidumbre, intranquilidad, rabia, tristeza, son las sensaciones de quienes están sometidos por el poder en cualquiera de sus manifestaciones, específicamente cuando este poder ejecuta las acciones que disipan probables o posibles entropías sociales; vale decir, cuando utiliza para su provecho el miedo social, porque al inducir el miedo facilita el ejercicio del poder como control político y social.

Los Gobiernos, sean cuales fueran sus orígenes y sus sistemas gubernativos, han utilizado desde siempre la amenaza y el miedo como arma de dominación política y control social, pues el miedo impulsa a la victima a obrar de determinada manera para librarse de la amenaza y de la ansiedad que produce. Entonces, quien suscita miedo se apropia hasta cierto punto de la voluntad de la víctima e intenta conseguir que la otra persona ponga en práctica una de las conductas ancestrales para huir del miedo: la sumisión.

Ese es precisamente el objetivo de todo régimen político: Disipar los indicadores de la entropía, en especial aquellas que apuntan hacia las bases estructurales del sistema y que pueden provocar el vórtice social que antecede al caos, desmoralizando a los posibles seguidores de sus contrarios, desmovilizando a la sociedad toda y desmotivando cualquier intento de desestabilización. Básicamente generando una sensación de «plaza tomada». Para alcanzar tal grado disipativo los regímenes, desde los abiertamente dictatoriales y teocráticos, hasta los comprobadamente democráticos y parlamentarios, han desarrollado una estrategia en la que el terror, abierto o velado, se cuela por todos los ámbitos de la estructura social hasta alcanzar a sus organizaciones fundamentales: El grupo, la vecindad, la familia.

En la medida en que el miedo puede restar autonomía decisoria al sujeto, llega a ser un eximente de responsabilidad, pues el poder está estrechamente relacionado con la capacidad de atemorizar y es por eso que el miedo es utilizado en todas aquellas relaciones humanas en las que el afán de poder está presente. El poder, es decir, la capacidad del poderoso para conseguir que alguien se someta a su voluntad, se sustenta en tres capacidades: conceder premios, infligir castigos y cambiar las creencias y sentimientos de la víctima.

La represión política ha privilegiado el uso de métodos psicológicos, métodos invisibles, en el control político de una sociedad. La represión política se manifiesta de diferentes maneras, sin embargo, su carácter arbitrario generaliza la amenaza política a toda la sociedad, siendo percibida por la mayoría como una amenaza vital. El asesinato físico o moral de algunas personas, sean activistas políticos o no, refuerza la percepción de que cualquiera está amenazado. La existencia de una amenaza política permanente produce una respuesta de miedo crónico: éste deja de ser una reacción específica a situaciones concretas y se transforma prácticamente en un estado permanente en la vida cotidiana, no solo de los afectados directamente por la represión sino de cualquiera que pueda percibirse amenazado. La relación entre la amenaza política y la respuesta de miedo individual o social forma parte de procesos psicológicos y procesos políticos que se influyen recíprocamente. El miedo internalizado y crónico ha delimitado invisiblemente el espacio de la existencia. El gran antídoto contra el miedo es la acción pues con la valentía es como pueden obrar las organizaciones sociales opositoras a cualquier régimen político como si no tuviera miedo, sentimiento que es distinto de la insensibilidad y la temeridad, ya el valiente siente miedo, pero actúa como cree que debería actuar.

El miedo es uno de los factores que definen de forma más clara eso que llamamos la identidad nacional. Se refiere a qué cosas le tiene miedo una sociedad, que no siempre son los mismos miedos que desde el poder se procura sembrar para inhibir la identidad. Precisamente, cuando miles de personas son amenazadas simultáneamente dentro de un determinado régimen político, la amenaza y el miedo caracterizan las relaciones sociales, incidiendo sobre la conciencia y la conducta de los ciudadanos. La vida cotidiana se transforma. El ser humano se hace vulnerable. Las condiciones de la sobrevivencia material se ven afectadas. Surge la posibilidad de experimentar dolor y sufrimiento, la pérdida de personas amadas, pérdidas esenciales en relación al significado de la propia existencia o la muerte.

Se induce a la sociedad a tener miedo de su entorno, como una forma de controlar los impulsos de sus integrantes. La definición en el diccionario de ‘miedo’ es conceptualizada como una “Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Esta acepción clarifica el hecho de que en Venezuela vivamos rodeados de miedos imaginarios, y es en esos miedos donde políticos y medios de comunicación encuentran el filón de donde obtener mayores beneficios.

Hay otros autores que han desarrollado esta teoría de la cultura del miedo. Uno de ellos es el sicólogo norteamericano Martin E.P. Seligman (Albany, Nueva York, 12 agosto 1942) Seligman es un psicólogo y el escritor conocido por sus trabajos y sus contribuciones en el campo de la Psicología Positiva, como el enfoque que realizó en su texto “La teoría del temor”. Allí Martín Seligman sostiene que es más fácil aprender unos temores que otros. Seligman sostiene que estamos preparados por la evolución para desarrollar con facilidad temores a ciertos estímulos, como serpientes y arañas, y aunque es más probable que otros objetos comunes causen dolor o daño (como un martillo, un ventilador eléctrico, un enchufe, etc.), es menos probable que se desarrollen fobias por esos objetos que por las arañas o serpientes. Según Seligman estos estímulos representaban peligros en los inicios de la historia humana y por medio de la selección natural, se han vuelto estímulos condicionados muy efectivos.

Pero el miedo que sentimos los venezolanos no se circunscribe al ‘miedo – presente’ como el que se desató en Estados Unidos con el derrumbamiento de las Torres Gemelas en New York; lo nuestro es un miedo más ancestral, se remonta a la época en que en este país vivía una población de blancos criollos militaristas que, en los 86 años transcurridos desde la Guerra de Independencia a la primera Gran Dictadura del Siglo XX -la del Generalísimo Benemérito- , incrementó su presencia y su poder político de forma desmedida, y que hoy, luego de 45 años de ejercicio democrático, regresa como el fantasma olvidado en nuestra niñez republicana, cargado con los mismos miedos y fobias, y las mismas promesas y los mismos vandalismos, avasallando como otrora, con promesas de pasado. Un miedo institucionalizado que provoca y patrocina el gobierno y que funciona desde los medios de comunicación públicos que ha secuestrado y también desde otros, privados y comunitarios que ha incautado, con un lenguaje agresivo y una puesta en escena provocadora de cierta violencia simulada, dentro de una representación del poder (el término es del antropólogo George Baladier) que no demanda disparar los fusiles, pues mostrarlos resulta suficiente para sembrar el miedo en el colectivo que le adversa.

2.- EL BENEFICIO POLÍTICO DEL MIEDO
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ejemos por un momento los miedos históricos y presentes y regresemos a la sociología del miedo. Un escritor uruguayo, Eduardo Galeano, autor de “Las Venas Abiertas de América Latina”, (libro tristemente célebre, a propósito del ejemplar que regalara el Presidente de Venezuela a su homólogo estadounidense en la Cumbre de Trinidad 2009) nos recuerda que “el poder come del miedo”. Sin los demonios que crea, el poder perdería sus fuentes de justificación, impunidad y fortuna. «En el pasado nuestros políticos nos ofrecían soñar con un mundo mejor. Hoy prometen protegernos de las pesadillas. La más inquietante de ellas es la amenaza de una red terrorista internacional. Pero igual que los sueños no eran verdad, tampoco lo son estas pesadillas”.

Entre los distintos elementos y sentimientos que configuran nuestra historia, se encuentran el odio y el miedo como engranajes de la práctica política. Tanto el odio como el miedo siempre han resultado efectivos para establecer controles disuasivos en los conglomerados sociales. En palabras de Napoleón, éstas son las dos únicas fuerzas que unen a los hombres, por ello el discurso dominante en la cultura política diaria está lleno de características pasionales y melodramáticas, y cuyo reclamo apunta más al descrédito y a la desarticulación de la búsqueda de unidad político-social de la población, basados siempre en el odio y el miedo al pasado o a lo-que-vendrá y a los personajes vinculados a éste.

La sociedad venezolana está siendo reconstruida sobre una base afectiva e indeseable: el temor. Gracias a él, imperios se han levantado y logrado sobrevivir. Hoy, un país como Estados Unidos utiliza esta emoción a su favor asegurándose, tal vez, una estabilidad económica y social. El miedo, como cualquier pasión, es un movimiento natural y por lo tanto neutral. Ni bueno, ni malo. Beneficioso para huir del mal y para el progreso moral, según el gran Salomón; causa de la cobardía y de la falta de constancia en el ánimo según Julio César, vencedor de las Galias.

En Venezuela asoma una neo teoría política sobre el mundo contemporáneo. Esta teoría no está formulada con el rigor que exhiben la filosofía política, sus autores canónicos, sus conceptos y marcos de referencia, sobre los que se vuelve una y otra vez. El estudio ni siquiera parece pretender el título de «teoría», pues en esta nueva versión sociológica, el punto de referencia de la política es la ciudad, la polis pero desnuda de elementos propositivos globales, como tampoco de un proyecto país consensuado. En la actualidad, la ciudad es el espacio donde se imbrican la guerra y la política, ya sea siguiendo la famosa sentencia de Clausewitz —»La guerra es la continuación de la política por otros medios»—, ya sea siguiendo la inversión que hizo célebre Michel Foucault: «La política es la continuación de la guerra por otros medios».

Pero el «miedo social» es una de las armas más poderosas que tiene el poder para enfrentar la lucha popular, desarticular las resistencias, y frenar la marcha. El miedo no nació de manera espontánea en nuestro cuerpo colectivo. Lo fabricaron a fuerza de reiterados golpes, de violaciones cada cual más violenta a nuestros cuerpos individuales y a nuestras vidas, de mutilaciones de nuestros sueños, de negación de nuestro poder grupal y social, como colectividades de intereses, de sentidos, de identidades, y como pueblo.

La propuesta hobbesiana (el miedo como fundador del orden político) se enmarca en la coyuntura del hundimiento de las sacralidades y de las viejas visiones metafísicas del mundo antiguo y medieval, que fundamentaban el orden de la sociedad en referentes extra temporal, mística y revelada. En consecuencia era preciso fundar el orden político sin recurrir a los argumentos de naturaleza teológica y sustentar sobre tesis racionales la justificación filosófica del mando y la obediencia, que entre otras cosas es el problema político por excelencia.

La desaparición forzosa de personas es uno de los mecanismos de disipación del caos social utilizada frecuentemente por los regímenes autocráticos y dictatoriales. En un principio como una ‘operación focalizada’ pero luego de manera generalizada, cuando las sociedades implotan como respuesta a la represión. La desaparición forzosa fue un mecanismo diseñado por el terrorismo de Estado en países latinoamericanos para vulnerabilizar la subjetividad de los opositores al régimen de turno, para deteriorar sus impulsos solidarios, aislarlos y paralizarlos. Para desaparecerlos como amenaza a los intereses de la dominación, para tranquilizar a los poderosos que detentan el poder político.

Pero aunque las dictaduras pasen, el miedo queda alojado como un fantasma latente escondido en el desván histórico de las pesadillas sociales. Queda marcado en la piel de sus víctimas, en sus huesos, en los instintos de la sociedad toda. Quienes apelan a la represión y al miedo lo saben, y una y otra vez vuelven a recurrir a él, lo despiertan, lo sacuden. No necesitan ya del despliegue material de la maquinaria terrorista. Les alcanza con poner en escena algunos símbolos que activen en el inconsciente colectivo el alerta frente a lo que se asume como unas fuerzas oscuras, ingobernables, inmanejables, imparables, que supuestamente llegan y se van de acuerdo a designios que los ciudadanos nunca logran descifrar.

El miedo hobbesiano, esa pasión humana que explica la guerra y la paz, que es el principio estructurante del orden político y de la soberanía del Estado, es un miedo esencialmente moderno. Miedo a los otros hombres en tanto que son libres e iguales. Miedo racional que calcula, prevé y obra en consecuencia. Miedo que se presenta y se imagina lo que el otro puede hacer, porque todos tienen las mismas pasiones y deseos. Miedo secularizado que no puede esperar recompensas y por eso el propósito central de los seres humanos es preservar la vida hasta que la propia naturaleza defina cuál es el momento de la muerte, pero ante todo, se trata de un miedo al desorden, al caos, a la incertidumbre y a la contingencia de vivir sin un único principio de orden en la sociedad.

Quienes apelan al miedo como disipador del caos han hecho creer que esas fuerzas reaccionan como bestias «civilizadoras», para castigar los desórdenes de quienes estigmatizan como ‘opositores escuálidos’, ‘pitiyanquis vende patria’. Por eso, funcionan tan bien como disciplinadoras de una gobernabilidad en la que los intereses y necesidades de los sectores populares se deben subordinar siempre a los mandatos del poder, o de las facciones de aquél que gobiernan en cada localidad, siempre a nombre de… o como intermediarios del poder omnímodo y centralizador.

El miedo que según Hobbes funda el orden moderno no tiene que ver, en principio, con los miedos ancestrales o metafísicos, como el temor a la ira de los dioses, o a las fuerzas desatadas de la naturaleza, ni a los castigos que provienen del cielo metafísico ni a las penas en ‘la otra vida. Esos “miedos perpetuos” como los llama Hobbes tendrían que ver, ante todo “con la oscuridad que reina entre los seres humanos, con la ignorancia sobre las causas que producen los desastres y la mala fortuna…” Es decir, con temores pre modernos que Hobbes aseguraba se irían desvaneciendo en la medida en que la humanidad explicase las razones que los producen.

Estos “miedos perpetuos o metafísicos” sólo tendrían repercusiones políticas cuando fuesen usados como recursos de dominación. El miedo del que se ocupa Hobbes es el que suscita en cada individuo la existencia de los otros con los cuales se relaciona y convive; miedo secular, mundano, que adquiere su sentido en el aquí y el ahora. Miedo propio de la naturaleza humana y de su condición, que le teme a sus semejantes porque sabe que no son diferentes a él y por lo tanto persiguen objetivos similares. Miedo que nace de la convivencia porque el hombre no es un ser solitario y está obligado a vivir en contrapunto con los deseos y las pasiones de los otros y por tanto en permanente discordia con ellos.

Es necesario entonces reconocer que el miedo existe como disipador de caos. Que hay un miedo construido desde el poder y cultivado por el silencio de quienes se sienten intimidados por la estructura represiva y no se animan a plantearlo como un problema a resolver, tanto como el hambre, o la falta de trabajo, o el analfabetismo. Que el miedo exista como control social no significa que las escenas que éste multiplica y amplifica, tengan la dimensión con que éstas se presentan bajo su lente. El miedo distorsiona las imágenes de la realidad.

Lo que se está realizando entonces en esta Venezuela revolucionaria y presuntamente socialista -o en vías de un modelo neo socialista tropical – es una pulseada en la que se juega quién detenta el monopolio de la violencia, los límites de la misma, y qué poder tiene cada fracción del bloque dominante a la hora del disciplinamiento social
3.- EL MIEDO COMO ESTRATEGIA DE CONTROL SOCIAL
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l miedo, según Hobbes, sería el fundador del orden político, la justificación racional del mando y la obediencia y la condición para el logro de la vida en sociedad. Pero si por miedo al desorden y la anarquía los seres humanos crean el dios mortal, unitario y soberano, que los sustituye y está en lugar de ellos asumiendo la totalidad de su poder (El Leviatán de Hobbes, con todas sus caras y sus gentes, apretujadas ‘en’ pero integrándose ‘con’ un cuerpo literalmente multifacético, gigante y horroroso), pudiera pensarse que esta estrategia política iría dirigida a suprimir el miedo de vida de los hombres, a erradicarlo o a situarlo en lugares marginales o casuísticos pero no es así: El miedo, esa pasión racionalizante e imaginativa, secular y moderna no desaparece con la creación del Estado. Lo que se conquista con El Leviatán hobbiano es la seguridad pues está muy claro que para Hobbes la paz es seguridad y nada más, pero el miedo sigue allí, latente, serpenteante, omnipresente y justificando una estructura de mando y obediencia que de otra manera, de acuerdo a Hobbes, sería imposible mantener.

La incertidumbre es inherente a los sistemas políticos autocráticos y dominadores, de allí la importancia de crear contextos de posibles amenazas, reales o imaginarias, la importancia del ‘enemigo único’ y del forjamiento de temores. Sin embargo, más efectivo es crear la ilusión de que los opositores al régimen están solos, que la organización y movilización social no existen o por lo menos carecen de sentido.

De lo que se trata desde el poder, es de resquebrajar toda forma de tejido social; para ello el sistema recurre a diferentes estrategias, una de ellas: crear los marcos interpretativos que constituyan y legitimen las representaciones del miedo atravesando lo más colectivamente social hasta lo más íntimamente personal.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu sostiene en una entrevista que “…no debemos menospreciar las cosas fútiles que los gobiernos dictatoriales y autocráticos presentan en la televisión, pues estos mensajes son, en realidad, muy importantes en la medida que ocultan cosas valiosas”. Las representaciones de la violencia cotidiana, ocultan la violencia estructural. La amenaza se torna algo permanente. Por eso es importante que, de cuando en cuando, ocurra algo, violento y castrante pues ese el rito que vanagloria al felón y que consolida su régimen, que demanda una víctima, un acto del sacrificio. La paz, la calma, la tranquilidad no pueden ser duraderas, es necesario alimentar el imaginario con actos, alimentar el miedo con experiencias que la gente comente y retroalimente. Esta es una de las funciones de la cultura del miedo, orquestado y diseminado desde el poder establecido y sus dispositivos de disuasión y persuasión, como el uso abusivo e intempestivo de los medios públicos y comunitarios de comunicación de masas.

4.- LA CONSTRUCCION SOCIAL DEL MIEDO
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a circulación de la violencia, las palabras, los rumores, el miedo representado e impregnado en personas o cosas cotidianas vuelven a éste una epidemia que corroe las raíces mismas de la sociedad, rompe con la cotidianidad y, en su lugar, dispone de nuevos códigos que harán de las relaciones sociales una convivencia en tensión permanente, en desconfianza, en inseguridad.

Es posible hablar de una nueva ciudadanía, una ciudadanía basada en el miedo donde confluyen más de un discurso y más de un símbolo. En sociedades mutiladas por la angustia queda el silencio como la única protección, la única garantía de vida. Entonces, se debe pretender que, si se ve, se oye y se calla, nada pasará. Es mejor no preguntar quién murió y menos por qué. Todos lo saben pero nadie lo dice. “¡Fuenteovejuna, señor!” clamará, subyugado, el colectivo.

Nadie está a salvo, La era del terror, El planeta del miedo, Terrorismo, el nuevo enemigo o el mundo en jaque, fueron algunas de las muchas expresiones que circularon a propósito del ataque terrorista perpetuado el 11 de septiembre del 2001 contra las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York y dan cuenta del límite que desde entonces transita la sociedad. Aunque aún no alcancemos a medir a cabalidad su impacto en las maneras de entender y ser en el mundo, es claro que con el ataque a las torres no sólo murieron de manera infame miles de personas provenientes de más de 37 países del mundo, con su derrumbe quedaron en entredicho, ya para siempre, nociones bastante caras a las sociedades contemporáneas como la seguridad, la estabilidad y el orden. Las reacciones y sentimientos generados a propósito de este hecho, han permitido visibilizar, aún más, el papel del miedo como ordenador de las sociedades y el mundo actual.

El desorden social institucional, representado por una delincuencia organizada desde el Gobierno, es consecuencia del deterioro de la estructura social, una especie de “campo de cultivo” de la violencia, y se presenta como una forma de riesgo y vulnerabilidad e incertidumbre en la población. Los factores que inciden en la problemática son: la falta de garantías, la ineficiencia de la policía, el poco o nulo profesionalismo de los agentes del ministerio público y la ausencia o no ejecución de reglas, normas, leyes que se apliquen conforme a derecho legal y jurídico.

Pretendemos acá una elemental reflexión sobre la dimensión social del miedo a través de diferentes autores y perspectivas analíticas que transitan por espacios y tiempos también distintos; pasados y presentes que nos hablan del mundo occidental, sobre la forma como se construyen y circulan los miedos en las sociedades como instrumentos disipadores de la entropía social.

De modo que la privatización de espacios residenciales, la contratación de vigilancia formal y/o informal, el pago de vacuna, el porte de armas, las precauciones cotidianas, las conductas de inhibición, la organización de comités de seguridad vecinal, etc., no son sino respuestas de autoprotección o autodefensa (unas benignas, unas no tan benignas) desarrolladas en forma colectiva o individual. Ese es el resultado de la inexistencia del control adecuado de la inseguridad por parte de las instituciones establecidas para tal fin, lo que posiblemente esté llevando a vivir en actitud de permanente vigilancia de unos a otros y con riesgos adicionales a los generados por la actividad delictiva común.

Jean Delumeau nos ofrece con el artículo Miedos de ayer y de hoy, una perspectiva histórica para entender la permanencia y los cambios de los miedos en el mundo occidental. No son iguales los miedos pero hay continuidades que es necesario entender, como La dimensión política del miedo en las reflexiones propuestas por María Teresa Uribe sobre el miedo en Hobbes y Jorge Giraldo con el miedo según Santo Tomás de Aquino.

5.- LOS DOMINIOS SOCIALES DEL MIEDO
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as preguntas por el miedo y sus incidencias sobre la controlentropía social irremediablemente evocan la imagen del Leviatán; ese gran hombre artificial, cuyo cuerpo está formado por multitud de pequeñas figuras humanas que se apretujan en la vasta corporeidad del gigante, desdibujadas e imprecisas, como para darle realce y significación a ese nuevo dios mortal, que se alza majestuoso y amenazante sobre un horizonte de pacíficos entornos urbanos y rurales, blandiendo la espada de la victoria y el báculo de la autoridad. Esta imagen inquietante y perturbadora, propuesta por Hobbes para ilustrar la primera edición de su libro en 1651, despierta reacciones encontradas.

Día a día crece el sindrome del miedo. En las principales capitales latinoamericanas, así como en cualquier otra gran ciudad, el miedo agarrota los nervios y las mentes de las personas como un virus. El dominio social del miedo está representado en los asaltos, lo que lleva al ciudadano a convertirse en prisionero de su propia casa, cerrada con mil llaves, dotada de alarmas de seguridad y desfigurada visualmente por las verjas que cubren las ventanas porque el miedo es provocado por lo desconocido. El portero de la entrada debe exigir la identificación; el nombre y su procedencia el que se anuncia por intercomunicador; el visitante es espiado por el ojo mágico y finalmente las cerraduras infinitas de llaves dentadas especiales, desplazan postigos de acero, cuarterones y trampillas, una por una, mientras el miedo del que abre y el miedo de quien espera van in crescendo, llevados de la mano por la angustia, prima hermana de aquél.

Por ellos (el miedo y la angustia) la enfermedad de moda es la agorafobia: el miedo a los lugares públicos. Se teme que en la plaza haya ladrones escondidos detrás de los árboles y que los niños mendigos se transformen en peligrosos asaltantes al aproximarse al vehículo. Aumenta el número de personas que prefieren no salir de noche, que nunca usan joyas y que sienten pánico si alguien se acerca a ellas para preguntar una dirección. El hombre es, ahora más que antes, el lobo del hombre.

¿De dónde procede tanto miedo? De la sociedad en que vivimos, marcada por una abismal desigualdad. Si no somos iguales en derechos y en las mínimas condiciones de vida, ¿por qué asustarse ante semejantes reacciones? ¿Cómo exigir cortesía a una persona que siente en la piel la discriminación racial, y en la pobreza la discriminación social? ¿Cómo esperar una sonrisa de un niño que, en el tugurio en que vive, ve a su padre desempleado descargar el efecto de la borrachera pegándole a su mujer? La discriminación humilla y la humillación genera resentimiento, amargura y sublevación.

Esta alegoría del Leviatán, plena de imágenes y de metáforas, que inquieta e interroga al mismo tiempo, es la representación simbólica de lo que sería del Nuevo Orden; el orden político moderno; el Estado Nacional soberano y unitario, que gobierna sobre un conjunto social pacificado y desarmado, un corpus político constituido y resguardado de las dificultades de la vida en común, una vez que se conjurase el peligro de las guerras civiles y las violencias comunes. Esta alegoría que ilustra la obra del Leviatán está prefigurando el nuevo sentido del poder en la modernidad y el advenimiento de un orden diferente de mando y obediencia.

En tanto la violencia se enseñorea desde el orden estatal de la sociedad de masas; se producen las inversiones que trastrocan el orden jerárquico no solo entre vita activa y vita contemplativa sino entre la articulación misma de acción, trabajo y labor –con esta última ocupando el rango más alto- ; y por último, el espacio de aparición es sofocado por el ascenso de la sociedad y la esfera económica. Entonces, ¿cuál es el lugar del poder en la modernidad?
La búsqueda de un nuevo principio racional de orden político, que indujo a Hobbes, como antes lo había hecho Maquiavelo, a situar la mirada sobre el Hombre, sobre la naturaleza humana, sobre la condición de ser mortal, con derechos naturales, es verdad, pero también con deseos y pasiones; con odios y amores; con temores y esperanzas; con ánimos de competencia y con propósitos de gloria y honor. En suma, un ser humano común, un cuerpo pasional lleno de deseos que compite por ellos con otros hombres iguales a él y que por lo tanto desean y temen las mismas cosas.

Pero para pensadores modernos, como Hannah Arendt el poder no se funda en el miedo ni es violencia. “Hablar de un poder no violento constituye en realidad una redundancia”. La violencia, lejos de ser una flagrante manifestación del poder, es su opuesto; donde uno domina absolutamente falta el otro. Ahondando en esta distinción, escribe: “Poder corresponde a la capacidad humana, no simplemente para actuar, sino para actuar concertadamente. El poder nunca es propiedad de un individuo; pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras que el grupo se mantenga unido.” (1973)
Un gran contraste, este que genera la noción del poder en la post modernidad de Hanna Arendt en relación con el miedo hobbesiano, para quien el turbación que produce el miedo es una pasión humana que explica la guerra y la paz; miedo que él considera principio estructurante del orden político y de la soberanía del Estado. El miedo hobbesiano es esencialmente moderno; miedo a los otros hombres en tanto que son libres e iguales; miedo racional que calcula, prevé y obra en consecuencia; miedo que se representa y se imagina lo que el otro puede hacer, porque todos tienen las mismas pasiones y deseos; en fin miedo secularizado que no puede esperar recompensas en el más allá, porque no hay más vida que ésta y por eso el propósito central de los seres humanos es preservarla hasta que la propia naturaleza defina cuál es el momento de la muerte, pero ante todo, se trata de miedo al desorden, al caos, a la incertidumbre y a la contingencia de vivir sin un único principio de orden en la sociedad de la violencia.

La violencia aparece en la visión arendtiana como regida por la categoría medios-fin, como puramente instrumental, y por lo tanto, siempre necesitada de una guía y una justificación hasta lograr el fin que persigue. Podrá justificarse, pero nunca será legítima. La legitimidad queda reservada para el poder a la reunión inicial de quienes actuaron juntos en el pasado. De esta manera, el poder pertenece a la categoría de los absolutos, es un fin en sí mismo. El poder es la verdadera condición que permite a un grupo de personas pensar y actuar en términos de categoría medios-fin. El poder, entonces, corresponde a la esencia de todos los gobiernos, entendidos estos últimos como poder (no instrumental) organizado e institucionalizado. Pero cuando el poder se instrumentaliza, lo hace a partir de los miedos sociales e individuales.

Los dominios del miedo moderno suscitan en cada individuo la existencia de los otros con los cuales se relaciona y convive; la otredad provoca un miedo secular y mundano, que adquiere su sentido en el aquí y el ahora; miedo propio de la naturaleza humana y de su condición, que es propio de aquellos que temen a sus semejantes porque saben que no son diferentes a ellos y por lo tanto persiguen cosas similares; miedo que nace de la convivencia porque el hombre no es un ser solitario y está obligado a vivir en contrapunto con los deseos y las pasiones de los otros y por tanto en permanente discordia con aquellos.

A decir de Hobbes, son tres los motivos principales generadores del miedo: La competencia, la seguridad y la gloria, el primero hace que los hombres se enfrenten por las ganancias y los beneficios, por los bienes escasos diríamos hoy; el segundo hace que los seres humanos usen la violencia para defenderse e impedir que otros se apropien de lo que ellos tienen; es decir, para garantizar su propia seguridad y la de sus bienes; el tercero, la gloria o el honor, se refiere a la necesidad humana de ser reconocidos y valorados por los otros.

El miedo, según Hobbes, sería el fundador del orden político, la justificación racional del mando y la obediencia y la condición para el logro de la vida en sociedad; si por miedo al desorden y a la anarquía, los seres humanos crean el dios mortal, unitario y soberano, que los sustituye y está en lugar de ellos asumiendo la totalidad de su poder, pudiera pensarse que esta estrategia política iría dirigida a suprimir el miedo de vida de los hombres a erradicarlo o a situarlo en lugares marginales o casuísticos pero no es así; el miedo, esa pasión racionalizante e imaginativa, secular y moderna no desaparece con la creación del Estado soberano; lo que se conquista con el Leviatán es la seguridad pues está muy claro que para Hobbes la paz, es seguridad y nada más, pero el miedo sigue allí, latente, serpenteante, omnipresente y justificando una estructura de mando y obediencia que de otra manera, opina Hobbes, sería imposible mantener.

Es decir, el devenir del Estado y la pervivencia de la soberanía, se siguen fundamentando en el temor; el temor a lo que él mismo creó, al castigo que puede derivarse de las acciones u omisiones si es que viola las leyes, rompe los órdenes constituidos o intenta desobedecer, disentir o revelarse; si incurre en alguna forma de desobediencia, esta actitud lo situaría por fuera del orden, en los márgenes de la sociedad, en el limbo de la indeterminación y con todo el peso del Estado soberano sobre su propia humanidad. Por eso es el miedo el que mantiene al individuo sujeto al orden establecido y en una estructura determinada de mando y obediencia.

Cuando la soberanía está en vilo y se ha vivido por largos períodos en situaciones difíciles, el miedo se vuelve el acompañante de los ciudadanos en casi todos los eventos de la vida cotidiana y es explicable que la principal demanda social se dirija a exigir seguridad, orden, vigilancia y control por parte de los poderes establecidos o que al menos posean la titularidad jurídica de la soberanía estatal. Entonces, el miedo deja de ser uno de los elementos disipadores del caos social, para convertirse en el principal generador de las entropías que conducirán, inevitablemente, al caos, entendido no como la ausencia de orden, sino como generador de un orden nuevo, desconocido pero vital para el progreso mismo de las organizaciones sociales que convulsiona.

(*) Comumicólogo.

Asesor de Identidad e Imagen Corporativas.

Profesor de Mercadeo Electoral
Escritor

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